"Mi marido olvidó nuestros 24 años de matrimonio"

Después de que su tumor cerebral borrara toda nuestra vida en común, tuvimos que empezar de nuevo si queríamos tener un futuro juntos.

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Durante nuestra primera cita después de la lesión cerebral de mi marido, nos sentamos en un pequeño restaurante mexicano que suele estar muy tranquilo durante las noches. Y es que ahora Richard, un hombre que antes era un charlatán encantador, prefiere la soledad a las personas porque tiene problemas para encontrar las palabras, porque no controla bien sus habilidades sociales y por estos y muchos más motivos debemos buscar lugares tranquilos.

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Los dos necesitábamos estas citas después de que le operaran de un tumor cerebral (fue una operación de más de 12 horas en las que casi pierde la vida). Richard se recuperó, pero sin memoria a corto y largo plazo. Por eso necesitábamos esas citas para reconectar, para volver a enamorarnos, después de 24 años de matrimonio.

Antes del cáncer, de la operación y de que perdiera la memoria, teníamos citas en hoteles de lujo y en senderos de montaña, o cenas a la luz de las velas y conos de helado. En una ocasión, Richard contrató a una niñera para que se ocupara de nuestros hijos, y me llevó, conduciendo durante la noche, a un hotel cerca del Barrio Francés de Nueva Orleans. Se despertó unas horas después solo para traerme un café con leche y una napolitana a la cama.

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Otro día, pensamos que iríamos de paseo hasta unas aguas termales, pero terminamos quedándonos en la cabaña, despiertos hasta tarde, comiendo toffes y hablando durante horas dentro del jacuzzi, hasta que se nos arrugaron los dedos. Estas citas no solo eran para llenar de pasión y romanticismo nuestra relación, eran una manera de reconocer nuestras alegrías y nuestras penas, de descansar de nuestros papeles como padres para apreciarnos a nosotros mismos.

En esta cita que os cuento del restaurante mexicano, un año después de la operación, todavía no hay un 'nosotros'. A pesar de ello, yo necesitaba fingir que nuestra historia continuaba. Necesitaba que nuestra cronología existiera. Richard está sentado frente a mí, en un soleado reservado, mirando el menú sin tener ni idea de los momentos que nos han unido.

Pienso sobre la primera vez que le vi después de la operación, una operación que casi le mata (o quizá ese hombre haya muerto en aquel quirófano). Tenía 13 tubos recorriendo su cuerpo. Su cara no tenía expresión hasta que me vio al otro lado de la UCI. Sujeté su mano. Un simple gesto que no requería contestación.

"¿Ya sabes lo que quieres?", le pregunté a Richard mientras el camarero pasaba por al lado.

Richard sacudió la cabeza. Durantes esos meses de recuperación, aprendí que mi marido tenía Afasia, una dificultad para expresarse a través del lenguaje. También que tenía muy pocas preferencias. No sentía un deseo particular por ninguna comida, experiencia o acomodamiento. Todo era nuevo para él.

"Te solía gustar el burrito", le dije, esperando ser útil.

Él asintió, miró la descripción, cerró el menú y cruzó sus manos sobre su regazo. Se sienta como duerme o se mueve, usando el menor espacio posible, como si nada en su cuerpo necesitase reafirmarse en su antigua masculinidad. Después de pedir, nos miramos a los ojos durante un rato largo. Me miró a los ojos de manera constante, sin pestañear, sin mostrar expresión alguna por culpa de la lesión cerebral. Pero esta mirada también le llenó, no tenía deseo de añadir ninguna palabra a ese momento.

Richard Bandy y Sonya Lea y sus hijos en Banff en 1988 (izquierda) y en 2000, cuando debieron diagnosticarle su cáncer.

"Echo de menos a nuestra chica", dije, escondiendo mis lágrimas mientras buscaba algo en el bolso. Nuestra hija se había ido a la universidad ese mismo mes, y estaba sola en el silencio de nuestro hogar por primera vez desde que perdí a mi sociable marido. Richard no se movió para consolarme. Todavía no le resulta natural calmar a otra persona, no he tenido la oportunidad de enseñarle a hacerlo.

"¿Te acuerdas del día en que nació?" Le pregunté, recordando felizmente la vista de las montañas mientras intentaba retrasar un poco el rápido nacimiento de nuestro segundo hijo. Compartí con él la historia, como si él fuera a sonreír y unirse con otra de las anécdotas.

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Nada.

"¿Y el día en el que nació nuestro hijo?"

Richard negó con su cabeza.

"¿Y el de nuestra boda?" No podía respirar. Todavía no podía creer, incluso después de que un neuropsicólogo diagnosticase su total incapacidad, que cada uno de los recuerdos hubiera desaparecido.

"¿Ni un fragmento?", le pregunté. Dejé mi bebida en la mesa y empecé a llorar. Cuando miré hacia arriba, Richard estaba aterrado. Parpadeaba para evitar que sus lágrimas también saliesen.

"Es como si hubiera creado la idea de nuestro matrimonio de todos estos preciosos momentos de nuestro pasado", dije. Empezó a mover los ojos de un lado para otro, señal de que no era capaz de expresar sus sentimiento con palabras. Dio un sorbo a su bebida, mientras yo lloraba.

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Sé que estoy en duelo por la pérdida de lo que fue, pero algunas preguntas empezaron a aflorar, pensamientos que nunca habría tenido. ¿Somos la historia que compartimos? ¿Está nuestro matrimonio definido por nuestro mutuo pasado? Si Richard ha olvidado nuestra historia, ¿significa que me ha olvidado a mí? Si dejo ir la idea de cómo iba a ser mi vida, y tener un marido sin memoria me empujaba en esa dirección, ¿podría ser feliz en un futuro no planeado y totalmente inimaginado?

Cuando volvimos a casa, nuestro apartamento estaba completamente en silencio. Abrimos la puerta corredera para que entrase el olor a artemina y chaparral desde el cañón del desierto y nos sentamos en el porche. Incluso en el anochecer rosado, el aire era cálido. La mano de Richard agarró mis dedos y los llevó a sus labios para darles besos, su aliento sobre mi piel fue un bálsamo mejor de lo que nunca había sido su humor.

"No sufres por la pérdida del pasado, ¿verdad?", le pregunté.

"No".

"¿Pero estabas llorando en la mesa?"

"Porque siento cómo te duele".

"No estás afligido".

"No tengo esa otra vida, por lo que no la echo de menos como tú haces".

En sus ojos azules, a los que he mirado desde que era muy jóven, hay inocencia, como si no necesitase ninguna validación.

"No sé quién está ahí", le dije. "No dejo de preguntarme quién eres".

Sonya Lea y Richard Bandy durante unas vacaciones después de la operación en 2012 a la izquierda y en 2013 a la derecha

Una noche, varios años después, quedamos en un museo, fingiendo que era una cita a ciegas. Richard esperaba mi llegada. Cuando le vi, me sentí aliviada al ver que me atraía, que ese juego había abierto una nueva manera de ver las cosas, algo más allá de lo que yo sentía como perdido. Sentí más curiosidad sobre quién es él ahora, no sobre quién desearía que volviera. Cuando nos sentamos para cenar, él pidió por los dos. Me miró directamente. Se inclinó sobre la mesa.

"¿Qué es lo que amas de tu vida?" me preguntó y extendió su mano hacia la mía.

Este hombre con una lesión cerebral, el que ha olvidado nuestra historia en común, me está enseñando a vivir en el presente. En comparación, yo estoy terriblemente cansada de intentar aferrarme a la historia de mi existencia. Él me ha traído aquí: nada de lo que soy en cualquier momento va a perdurar. Estoy asombrada por su paciencia, esperando a que yo me diera cuenta de que no podemos ser encontrados en el tiempo. Somos lo que somos en este momento. Ahí es donde está el amor.

Le cogí de la mano. Por primera vez, respondí a sus palabras con silencio.

Sonya Lea es una guionista, profesora de narrativa y autora de Wondering Who You Are, una memoria sobre el tratamiento del cáncer de su marido, a través de la cual perdió la memoria de su vida.