"Dejé de beber alcohol durante un mes y esto es lo que ocurrió"

Sin una copa de vino en la mano, lo aprendió todo sobre sí misma.

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"No dejé de beber alcohol porque tuviera un problema con él y lo necesitara, al menos eso es lo que yo creía". Así lo cuenta Betsy Farber en primera persona al tiempo que relata su experiencia con al alcohol.

"La idea me vino a la cabeza a finales de febrero, cuando una amiga me vino a visitar a casa. Decidimos, después de varias copas de Malbec, dejarlo por un tiempo". "Ojalá fuera capaz de dejar el alcohol durante un mes", dijo ella.

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"¿Hasta el vino?", pregunté yo. "A mí me parecía imposible en ese momento. Sin embargo, yo también necesitaba una desintoxicación, y poniéndonos al día de nuestras vidas nos dimos cuenta de que ambas llevábamos un tiempo bebiendo demasiado". Por eso lo tuvo claro: "¡Hagámoslo!", le dije.

"Pensé que si lo hacíamos juntas sería más llevadero y tendríamos más probabilidades de conseguir cumplir el reto. Las dos estábamos solteras y éramos adictas al trabajo. Tomarse una copa (o dos, o tres) ya era una costumbre, como una recompensa que nos permitíamos a nosotras mismas cuando la vida nos producía demasiado estrés (es decir, cada día). Pero ya estaba dicho y lo íbamos a cumplir, un mes sin alcohol sellando el trato con un chín chín y un apretón de manos".

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Al principio no resultó fácil. "Los primeros cuatro días fueron bastante difíciles. Me resultó hasta incómodo y desagradable no poder tomarme una copa de vino después del trabajo. Mi dosis de alcohol normal consistía en más o menos siete copas a la semana. Está claro que esta cifra varía dependiendo de la semana, si de repente surgía una noche de fiesta, una copa de vino se convertía en la botella entera. Suele pasar".

"No necesito alcohol para funcionar", cuenta que se recordaba a mí misma esa frase todos los días. "Y aunque me cuido bastante bien en casi todos los aspectos (comida sana, ejercicio de forma regular, etc.) no soy de las que se priva de algo que le hace sentir tan bien".

"Pero cuando realmente comprobé de qué pasta estaba hecha mi fuerza de voluntad fue durante el primer fin de semana, la fiesta de cumpleaños de un amigo era mi plan para el sábado noche. Iba a ser difícil no caer en tentaciones, pero iba mentalizada y sabía que podía hacerlo. Mi personalidad, que tiende a dejarse llevar y adaptarse a todo, se estaba viendo afectada y odiaba a mi nuevo yo. Estaba siendo ese tipo de persona que llama la atención negativamente por tener necesidades especiales al salir a cenar a un restaurante, como los veganos o los intolerantes al gluten. Esto de no tomar alcohol estaba fastidiando mi esencia y estilo. Si iba a hacerlo bien tenía que anunciárselo a todo el mundo, para que vieran que era un simple reto", recuerda.

Por eso, tiene en mente cuando "llegué al abarrotado bar en pleno Manhattan, en lugar de apuntarme al gran surtido de cócteles que ofrecía el camarero, pedí un vaso de agua con mucha confianza. Fue más duro después, cuando ya estaban servidas las bebidas y me veía obligada a observar el vodka Martini con las tres aceitunas que tenía en frente, "son sólo 30 días" me dije a mí misma para relajarme".

"Me hicieron preguntas como "¿No vas a beber?", "¿Estás enferma o algo?", "¿Estás embarazada?". A mí me resultaban crueles y me costaba responder: "No voy a beber durante un mes. Es solo una desintoxicación". Basándome en las distintas reacciones de la gente ante mi decisión de no beber alcohol durante un mes, podrías pensar que lo que estaba diciendo era que me iba a unir a una comunidad Amish. Era muy incómodo en algunos momentos, pero trataba de recordar el apretón de manos con mi amiga y mi voluntad permaneció intacta".

"Quitando algunos momentos en los que mis compañeros me intentaron presionar y durante conversaciones con gente borracha que no entendía por qué yo estaba sobria, conseguí terminar la noche sin una gota de líquido prohibido. Cuando llegué a casa, tuve la sensación de haber conseguido engañar a la tentación y me llené de orgullo", comenta.

Por ello, quiso saber cómo lo llevaba su amiga. "Ese mismo domingo llamé a mi compañera de reto, que estaba en Los Ángeles. Comentamos acerca de lo despiertas que nos encontrábamos a todas horas, que estar sin beber tampoco era para tanto y estábamos de acuerdo en que la gente de nuestro alrededor se sentía incómoda con esto de no beber durante un mes. Aún así, también hablamos del estrés que produce a veces no poder tomar una copa y sentirse como un rechazado social. "De tanto hablar de no beber, ¡ahora necesito una copa!", dije. Y no pude evitar pensar que a lo mejor tenía realmente un problema de dependencia con el alcohol".

Lo empezó a dudar porque "a medida que avanzaban los días, las crisis también aumentaban". "Estoy en un restaurante con una amiga ¡y me apetece muchísimo pedir una copa de vino!" me escribió ella el día número 17. "¡Solo una por favor!". "¡NO!" la respondí furiosa. "¿Estás segura de que no me has engañado y te has tomado una copa?" me dijo en tono de broma con un emoticono guiñando el ojo".

"Te juro por todo lo que más quiero que no he bebido ni una gota. El trato sigue tan sólido como el roble", me dijo enfadada. "Y era cierto que para mí era algo serio. Casi hasta me sorprendí al ver la seriedad con la que me lo había tomado todo. Cuando me escribió en un momento de flaqueza, quise apoyarla y ser fuerte por ella. No sólo porque yo no quería rendirme, también porque quería ser una buena amiga. Las amigas no dejan que se rompa un trato así, sin más".

"A lo largo de las siguientes semanas, peleé contra todo tipo de tentaciones, y traté de concentrarme en lo bien que me sentía desde que había dejado el alcohol. Estaba durmiendo como un bebé, 7 horas cada noche ininterrumpidamente. Estaba como nueva. Mi piel, que en general tiende a estar seca y agrietarse, estaba ahora suave e hidratada. Las pequeñas arrugas alrededor de mis ojos desaparecieron. Y mi vista mejoró mucho. Puede que estos milagrosos efectos secundarios sean producto de mi imaginación y me esté volviendo loca, pero me sentía mucho mejor de lo que me había sentido en mucho tiempo. El único inconveniente físico era que comía más dulces de lo normal. Al no tener una copa de vino en las cenas, el deseo por el chocolate se descontrolaba".

"Quitando la necesidad de azúcar, me sentía físicamente invencible. El aspecto de mi vida que sufría más era el social. A la mitad de mis 30 días de sentencia, llegaron las fiestas del pueblo. Rechacé varias citas con amigos y así fue como mi vida social murió, (en ese momento pensé que para siempre). Porque sabía que no podía beber y eso me hacía no querer salir. No beber me hacía querer estar sola y mi claridad mental recién estrenada me obligaba a enfrentarme a mí misma, sin la distracción de ahogarme en una bebida o salir por ahí".

"Este tiempo extra que me dedicaba dio como resultado acabar el trabajo antes, leer novelas, etc. Mi amiga y yo continuamos hablando por teléfono cada día para contarnos nuestros momentos difíciles, las ventajas que habíamos descubierto de no beber y todo lo que estábamos aprendiendo. Si no hubiera sido por estas conversaciones, habría roto el trato numerosas veces", puntualiza.

"Al terminar el mes, ambas lo habíamos logrado. Me sentía victoriosa y revitalizada, pero lo que más me impresionó fue darme cuenta de lo mucho que dependía del alcohol, no necesariamente porque fuera adicta al alcohol en sí, sino porque podría ser adicta a esa manera de escaparse de la realidad, adicta a los hábitos que había creado mi mente asociada con la bebida".

"Beber está asociado con un montón de cosas, no sólo con mi estilo de vida, sino también con la cultura en general. Beber para celebrar, beber por estar cenando fuera de casa, beber para relajarse… Me di cuenta de que mis problemas eran psicológicos, no sociales o de ansiedad como me hacía creer antes del mes sin alcohol", comenta.

"Por suerte, el alcohol jamás ha tomado las riendas de mi vida de una forma negativa. Pero está claro que siempre, desde joven, he sido una persona que ha asociado el alcohol con ser sociable. Ahora había aprendido la lección y la recordaría siempre. No quería esconder mis inseguridades. Y con el reto de los 30 días a mis espaldas, me sentía más capaz de controlar mi vida y estaba más preparada para encontrar un equilibrio entre lo saludable y lo divertido".

Vía: womansday.com