"Estaba contenta con mi divorcio hasta que me hice amiga de la nueva esposa de mi ex"

Después de 20 años desde que su matrimonio terminó, lo último que esperaba era este mensaje en Facebook.

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El mensaje empezaba: "No sé si te acuerdas de mí, soy la mujer de Jonathan". Solo la conocí una vez, quizá haya hablado dos con ella, y fue hace más de una década, pero la recordaba. También me acuerdo que una vez su sola mención me enfadaba. No había sido la esposa de Jonathan desde hacía 20 años. Soy muy feliz como esposa de otro. Pero aún así. Como si fuera un apodo de la infancia que no había usado desde hace tiempo, las orejas se me levantaban con esas palabras. Las pocas y breves interacciones que había tenido con esta mujer eran tranquilas, así que no había necesidad de estar recelosa, pero por supuesto, yo lo estaba. Cualquier cosa relacionada con mi ex marido me hacía andar con pies de plomo.

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Parece que la precaución no era necesaria. Su mensaje breve mensaje de Facebook era de lo más amable. Había leído un artículo que había escrito, lo disfrutó y me lo quiso decir. Qué maja, muy amable por su parte. Me felicitó por mi carrera como escritora. Tuve la sensación de que me estuvo buscando. Por supuesto. ¿No es lo que todos hacemos en esta época digital?

Yo lo hacía de vez en cuando, buscaba a mi ex marido , pero no a su mujer. El final de nuestro matrimonio no fue terriblemente amargo, pero tampoco amigable. No seguimos en contacto ni tenemos amigos en común. Mi ex tampoco dejó ninguna huella en Google. Así que toda la información que encontraba sobre su vida después de mí, de nosotros, eran pequeñas cosas que me habían contado sobre la mujer con la que se iba a casar que ahora me estaba escribiendo. Esto es lo que escuché: mi ex, un año después de decirme que no solo no quería estar casado conmigo, sino que no quería estar casado en absoluto, se iba a casar. Con una mujer 14 años más joven. Que estaba recién salida de la universidad. Habían estado saliendo durante 6 meses. Estaba embarazada. Bueno, nos reímos bastante de ello, todos sabíamos cómo iba a acabar aquello.

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Solo que no es como terminó. Siguen juntos. Su primera carta dio lugar a algunos mensajes hasta que nos hicimos amigas en Facebook. Ahora, tengo un medio totalmente legítimo para espiar. Podía ver alguna de la información que me había llegado, alguna sin desearla, en alguna postal de mi antigua suegra. El matrimonio había sobrevivido. Tenían dos hijos, adolescentes ahora. Un perro, un gato, un caballo y pollos, incluso. Una antigua granja, aparentemente necesitada de las reparaciones habituales. Una queja doméstica sin importancia aparecía en algún post, de vez en cuando.

Mi ex, un año después de decirme que no solo no quería estar casado conmigo, sino que no quería estar casado en absoluto, se iba a casar.​​

Inesperadamente, todas estas evidencias de la vida actual de mi ex marido me fastidiaron un poco. No porque tuviera celos, no, estoy verdadera y profundamente feliz con mi propia vida matrimonial. Tampoco porque les desease lo peor, porque no lo hacía. No hubo infidelidad. Todo fue legal. Ambos lo superamos. ¿Qué me sorprendió tanto, entonces? ¿Era lo que yo me esperaba después de todo?

Lentamente, me di cuenta. Lo que encontré tan desconcertante fue lo mucho que su vida se parecía a nuestra antigua vida. Teníamos una granja maltrecha que necesitaba reparaciones constantemente, también. No muy lejos del lugar en el que ahora vive, de hecho. Ella y yo tenemos un gusto similar en cuanto a las razas de perros. Un vistazo a un mesa de comedor y sus sillas me trajo recuerdos, de que hubo un día en que estaban en mi hogar. Aparentemente continuó haciendo el trabajo de siempre, a la perfección. Ella estaba trabajando en una publicación que una vez me otorgó un premio.

Me castigué por mi solipsismo. Pero mi naturaleza confusa no era mero narcisismo. El pequeño shock de reconocimiento que experimenté estaba forzando una confrontación de diferente naturaleza conmigo misma. Mi enfado no era con su vida per se, sino con el hecho que su actual vida decía que todo lo que yo había dicho sobre los porqués y los cómo de nuestra ruptura eran obviamente inciertos.

Mi historia fue más o menos así: nos conocimos cuando estábamos en medio de la veintena, nos enamoramos, compartimos sueños de nuestra pintoresca vida juntos. Nos dispusimos a hacer esos sueños realidad. Compramos y arreglamos una granja de 100 años en el campo. Pusimos un jardín y compramos perros y gatos. Dejé a un lado mi carrera y me uní a su negocio. Y entonces, después de ocho años juntos, me dice que no quiere esa vida nunca más. No era solo que no quisiera estar casado conmigo, él decía que no quería estar casado en absoluto. Quería estar solo. Y aún así, en poco tiempo, él ha recreado, expandido y mantenido perfectamente la vida que tanto había rechazado.

Esta historia, me di cuenta, que era importante para mí porque me permitió darme cuenta de que fue él el que me dejó a mí. Y esto es así. Él fue el que dijo las palabras, "no quiero estar casado nunca más". Yo era la que decía las palabras, "quiero que este matrimonio funcione".

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Sin embargo, también era yo la que decía cosas como, "quiero hacerme un tatuaje". "Quiero tener una motocicleta". "Voy a dar algunas clases". "Quiero pasar más tiempo escribiendo". "Quiero que pasemos más tiempo juntos". "Quiero ver más, hacer más, viajar más, dar una fiesta, ir a ver un show". "Quiero que seas diferente conmigo". Quizá él dijo las palabras que terminaron con nuestro matrimonio. Pero ver qué había hecho con su vida desde entonces me hizo avergonzarme de una verdad que había intentado evitar: fui yo la que ayudó a poner esas palabras en su boca.

Cuando me estaba divorciando, la primera de mis colegas en hacerlo, tuve una extraña sensación de consuelo de un amigo que me hizo esta observación: "mucha gente sigue junta debido a la falta de imaginación". Reconocí incluso entonces que parte de mi problema, que comenzó a ser un problema marital, era que había empezado a imaginarme una vida que quizá era más o mejor, pero muy diferente a lo que tenía. Por alguna razón, mi primer matrimonio no fue el lugar en el que pude poner esos fuertes deseos en práctica.

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Cuando empecé a salir con el hombre que ahora es mi marido, los dos dijimos que nuestro primer matrimonio no fue tan malo. Mejor que algunos. Aún así, queríamos más. Más de nuestros esposos, pero sobre todo, más de nosotros mismos y de nuestras vidas. Nunca me hice ese tatuaje y la motocicleta la dejé hace mucho tiempo, pero ahora tengo muchas de las cosas que imaginé y también muchas de las cosas que no me atreví a pedir antes. Todo este pensamiento sobre "querer más" me recordó a algo que dijo William S. Burroughs: "Me convertí en adicto porque quería más". Él se convirtió en adicto; supongo que yo me convertí en divorciada. Después de todo, "más" siempre tiene un precio.

ver qué había hecho con su vida desde entonces me hizo avergonzarme de una verdad que había intentado evitar: fui yo la que ayudó a poner esas palabras en su boca.

¿Y en qué se había convertido mi ex marido? No lo puedo saber, ni decir nada con autoridad. La fina ventana que muestran las redes sociales es que su esposa parece ser una mujer con una robusta y enérgica conexión con sus hijos y sus vecinos. Sus post revelan una autocrítica encantadora e inteligente, que el cariño la envuelve a veces, y que es picajosa con su marido. Muestra un espíritu generoso. Para empezar, me dijo que le enseñó mi ensayo, ese que le hizo escribirme, a su (y mi antiguo) marido. Me dijo que él estaba "feliz por mí".

Feliz por mí. Me pregunto si podré devolverle el favor. En los años que han pasado desde que rompimos, sinceramente no he tenido suficiente información para saber si podía o debía, estar feliz por él. ¿Y ahora? Ahora puede decir con confianza que sí, estoy feliz por él. Y también estoy feliz por ella, por los dos juntos. La felicidad encontró su propia versión del "más".

Vía: Good HouseKeeping

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