"Cómo he sobrevivido (a duras penas) a la vida de soltera después de 22 años de matrimonio"

Parece que no se me da mejor que cuando estábamos en 1980.

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Cuando era joven, nunca me imaginé cómo sería estar en la mediana edad. Y desde luego, no me imaginé que tendría citas otra vez.

Así que, cuando me quedé viuda a los 48 años, no estaba preparada. Conocí a mi marido cuando tenía unos 20 años, y mi corazón sigue teniendo esa edad. Después de su muerte y cuando al final me sentí preparada para volver a encontrar el amor, me sentí como la versión femenina de Rip van Winkle (cuento del autor Washington Irving en el que un hombre se queda dormido durante 20 años): el mundo había cambiado un montón desde la última vez que busqué un nuevo romance, pero parece que yo no.

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En mi inocencia, por supuesto, lo primero que hice después de tirarme a la piscina de las citas fue tener sexo telefónico accidental con un hombre mucho más joven. Habíamos trabajado en un proyecto juntos, y cuando terminamos, intercambiamos algunos emails de enhorabuena. En un arranque de bravuconería, me puse coqueta en uno de los emails. Hacía mucho tiempo desde que había hecho algo parecido. Para mi deleite, a él le gustó y siguió con el coqueteo.

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A lo largo del día, cada respuesta era más intensa. Lentamente, me di cuenta de que me estaba poniendo intensa con el chaval. Era un chico monísimo. Mientras nuestra correspondencia pasó de laboral a personal, me encontré pensando hacia dónde me llevaría eso.

Por desgracia, tuve que dejar las cosas en espera un par de horas, mientras mi hijo y yo íbamos a un grupo de apoyo de luto. Oh, la ironía.

Claro que aquella noche estaba un poco distraída del grupo, pero de alguna manera fui capaz de contener mi excitación hasta llegar a casa. Dejé esperando a mi amante virtual un poco más, mientras metía a mi hijo en la cama. Se complicaron las cosas: mi hijo estaba bastante nervioso esa noche y tuve que leerle dos capítulos más de su libro para que se quedase dormido.

Llegó un momento en que este chico y yo nos pusimos al teléfono. Era imposible creer que habíamos mantenido la chispa, sin mencionar la paciencia, después de tantas horas. Pero hablar de manera sexual por teléfono con un extraño es difícil para una no iniciada, y aunque era un alivio, también fue muy raro.

Pero cuando le llamé a la mañana siguiente, con un susurrante, "Hola, guapo", su sorpresa era palpable. Parece que me había hecho una idea equivocada. La última vez que lo comprobé (en los ochenta), ponerse sexy con alguien era el primer paso hacia la posibilidad de una relación. Así que mientras él se fue de viaje a otro continente, lógicamente, yo pedí cita para hacerme la cera antes de su regreso, cuando seguro que nos conoceríamos en persona.

Excepto que eso no pasó nunca. Una semana, después dos sin que llamase. Mi hermana me consoló diciendo que al menos no había sido una cita real, donde tendría que haber hecho el paseo de la vergüenza para volver a casa. Supongo que me dejé llevar demasiado pronto, por así decirlo.

Mayor, pero no más sabia

Siempre he querido estar enamorada. Mi primer novio me besó bajo el agua de una piscina cuando tenía 3 años, y pensé, "Podría quedarme aquí abajo para siempre". Ese mismo niño fue el primero al que besé con lengua, a las afueras de una casa en el bar mitzvah de su primo. Habría hecho lo que me hubiera pedido aquella noche, pero estábamos jugando a la botella, así que estaba también ocupado besando a mi amiga Missy. Era un rompecorazones, bruto, duro, popular. Supongo que siempre me han atraído hombres toscos. No me gusta que las cosas sean demasiado fáciles.

No fue sorpresa cuando me casé con un hombre que sabía que moriría antes que yo. Mi marido tenía anemia falciforme, la enfermedad que finalmente se lo llevó. Su vida fue dura e intensa, y su presencia llenó todos los aspectos de mi existencia. Cuando no pudo seguir, sentí una mezcla de pena e ira por todos los cabos sueltos que dejó. Era como si nuestros cabos sueltos, deshilachados y al aire, se encontraran completos el uno con el otro. Sin él, mi cabo no tenía donde ir.

Así que estoy intentando averiguar de nuevo la misteriosa conexión entre el sexo y el amor. Y como muchas mujeres seguras e inteligente, puedo volverme una adolescente insegura de vez en cuando. Estar con mi amante más reciente fue más o menos así: me dijo lo guapa que era, rodeándome con sus brazos, y perdí mi estabilidad mientras nos abrazábamos bajo la luz de la luna. Lloré cuando no estaba segura de si nos volveríamos a ver.

Si me hubieran dicho cuando era una adolescente que estaría experimentando el mismo tipo de obsesión y desgarro a mi edad, no estoy segura de que les hubiera creído. No sé si esa chica dentro de mí, que se cuelga enseguida y pierde el norte, desaparecerá algún día. ¿Querría que se fuera? Creo que me gusta ese sentimiento de mariposas en el estómago, aunque a veces se convierta en náuseas. Porque una vez que dejas que tu corazón se abra, no sabes qué puede pasar.

Vía: Woman's Day

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