"Cómo aprendí a aceptar mis cicatrices y a quererme a mí misma"

Las decenas de operaciones a las que me he tenido que someter debido al Síndrome de Freeman-Sheldon que padezco me han dejado marcas visibles, pero no definen quién soy en realidad.

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Algunas personas cuentan los logros de su juventud a través de sus cicatrices, esas marcas y heridas ya cerradas causadas a las "primeras veces" –la primera vez que me caí en la guardería, el primer golpe con la bici, etc.- . Yo recuerdo mi infancia con marcas de otro tipo: las que me causó la cirugía.

Nací con el Síndrome de Freeman-Sheldon, un problema genético y desorden muscular que suele afectar a las manos, los pies y las rodillas. En 1981 y tras un par de semanas de estudio, los médicos me diagnosticaron el síndrome y tuve que pasar por mi primera intervención para unir bien los huesos de mis pies cuando solo tenía 10 años.

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Más tarde, a los 15 años, ya amasaba una buena colección de esas cicatrices quirúrgicas. Estaban las de mis caderas tras pasar meses con un corsé, las de mis manos y mis tobillos para arreglarme las articulaciones, las de mis piernas y mis rodillas, e incluso tenía algunas pequeñitas en mi muñeca porque los médicos no pudieron encontrarme una vena y tuvieron que ir probando.

También tenía la cicatriz de mi espina dorsal, sin olvidar la de mi cirugía cerebral. La más grande de todas empezaba en mi cuello y bajaba en línea continua hasta el final de mi espalda, como el río Nilo atravesando el desierto.

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Cuando eres un niño, no piensas mucho en las cicatrices ni las marcas, sean quirúrgicas o no. Yo nunca lo hice. Eran simplemente pequeñas cosas en mi piel, en mi mente de niño, siempre habían estado ahí. Pero entonces, cuando llegué a la adolescencia, sentí la diferencia entre mí misma y el resto de mis compañeros que no tenían ningún tipo de discapacidad. Era la primera vez en mi vida que me sentí realmente "diferente", e incluso en la veintena, esos sentimientos perduraban. Veía a las otras chicas con la piel suave, libre de cicatrices en manos y piernas, y me preguntaba qué tipo de vida sería esa. Para mí, parecían figuritas de porcelana mientras yo parecía Frankenstein, toda pegada a trocitos.

Verte tan horrorosa por fuera hace muy fácil que traslades esos sentimientos hacia tu interior. Normalmente es un pensamiento inconsciente, pero antes de que te des cuenta… Muy pronto empecé a ver esas cicatrices como algo feo y desagradable y algo me hizo recordar qué me hacía diferente de los demás. Porque cuando eres joven y estás intentando descubrir tu camino, cualquier sentimiento de ser diferente crees que te hace llevar la letra escarlata en la frente. Mis cicatrices eran mi letra escarlata.

¿Cómo podría escapar de ellas? "Igual si lo intento con todas mis fuerzas, puedo eliminarlas", pensaba. No quería que me importaran pero, dentro de mí, seguían creándome inseguridades.

Según fui madurando, me di cuenta de que esa voz era mi vocación de ser escritora, pero ser escritora o bloguera no me allanaba mucho el camino para olvidar mis sentimientos. Siempre he rezado para poder escribir sinceramente y compartir esa parte de mí con los lectores, pero, ¿cómo iba a poder hacerlo cuando yo misma estaba negando esa parte de mí?

Quizá era el momento de hacer caso a mi propio consejo.

Lentamente me fui quitando las gafas a través de cuyos cristales me veía a mí misma. La primera vez, empecé a verme- a verme de verdad- como quien yo era, no lo que fui. Podía mirarme al espejo tras todas esas cicatrices. Fue un momento lleno de fuerza para mí.

Al final, todo se resume en admitir como eres en realidad: necesitaba aceptarme a mí misma antes de que los demás lo hicieran. En cierto sentido, yo sabía que necesitaba conocerme para poder estar cómoda con otra persona.

Todos tenemos cicatrices, incluso aunque no las puedas ver. ¿Por qué les tenemos tanto miedo? ¿Es por qué exponen nuestra parte más vulnerable, las partes que tenemos miedo que otros conozcan?, ¿Acaso es que no queremos parecer "débiles"? Pero esas cicatrices son parte de nosotros, ¿no? Nos ayudan a hacer el puzle de quién somos y en quién nos convertiremos. Y si no podemos vivir con ellas, ¿cómo podemos esperar a que los otros lo hagan?

Mientras que en el pasado veía mis cicatrices como algo de lo que sentirme avergonzada y las escondía a toda costa, ahora las veo como un trabajo de patchwork. Ellas cuentan las historias de mi vida, las miles de veces que me han ayudado a ser la persona que hoy soy; una mujer de 34 años cuyas cicatrices no son la primera cosa que ve cuando se mira en el espejo. Me veo a mí. Y por primera vez, es un sentimiento maravilloso.

Vía: www.goodhousekeeping.com

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