"Lo que sufrí al ingresar a mi madre en una residencia de ancianos"

El hecho de que se sienta sola por las noches aterra a su hija.

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Janie Emaus nos cuenta en primera persona cómo vivió el ingreso de su madre en una residencia de ancianos y lo que aprendió de esa experiencia.

El año pasado mi madre cambió radicalmente. Antes era una mujer mayor, ágil e independiente,pero de pronto, se convirtió en una anciana de 89 años confundida e insegura. Fue entonces cuando empezamos a hablar sobre la posibilidad de que cambiara su casa de tres habitaciones por un pequeño apartamento en una residencia. Desde que mi padre falleció, hace ya varios años, ha estado viviendo sola sin problemas. Aunque una parte de ella reconocía que debería estar más atendida, su otra mitad se negaba a abandonar su hogar.

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Mi hermana y yo también dudábamos. Imaginarnos a nuestra madre cenando sola noche tras noche, nos dolía. Incluso podía escuchar su soledad en las pausas de nuestra conversación. Desde luego, era difícil imaginarla en un lugar que no fuera sentada en la mesa de su cocina leyendo el periódico o en una tumbona junto a la piscina de su casa.

Nos llevó muchos meses de deliberación, pero finalmente la trasladamos a un centro asistido. Su apartamento resultó ser muy coqueto y acogedor. Lo amueblamos con cosas de su antiguo hogar como el desgastado sofá del salón, colocamos objetos personales por todas partes como fotos familiares en la nevera, recuerdos de todos los viajes que hizo con mi padre, una colcha hecha a mano… Todas las tardes, unos cálidos rayos de sol atraviesan la sala principal. Es lo más parecido a un hogar que una residencia pudiera tener.

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Las primeras semanas resultaron difíciles para todos, excepto para nuestro perro. A él no le importaba dónde dormir siempre que estuviera con mi madre.

La primera noche fue realmente dura. Mientras me despedía, la mujer que me había enseñado a ser fuerte y positiva y que me dejó el primer día de colegio con la promesa de que haría amiguitas, apretó mi mano y me miró con ojos asustados.

Y allí estaba yo, haciéndole las mismas promesas. Le dije que encontraría su grupo y que haría amigos. Pero hay una pequeña o, más bien, gran diferencia. Ir al colegio es empezar una vida. Forjarse un futuro con infinitas oportunidades. Sin embargo, mudarse a una residencia de ancianos supone para una persona el comienzo del acto final.

Sí, su apartamento es cálido y acogedor. Pero fuera, en los pasillos, se respira un aire de incertidumbre. Muchos de los residentes necesitan cuidados. A veces, las sillas vacías alineadas para las actividades de la tarde, me cortan la respiración. Un ambulancia hace acto de presencia casi todos los días. Mamá dice que todos esos ancianos la hacen sentirse a ella más mayor, una anciana más. Es como si viera un futuro lejano ante sus ojos, porque cuando se mira al espejo, todavía se ve mucho más joven.

Puede que éste no sea lugar ideal o perfecto para mi madre, pero he aprendido algunas cosas importantes durante el proceso de llevar a tus padres a una residencia:

1. Debes tener paciencia. Trasladar a tus padres a un ambiente extraño no puede hacerse apresuradamente. Aprender a "amar" ese nuevo hogar lleva su tiempo.

2. No hay nada tan importante como mostrar compasión. Decir que les comprendes no es suficiente. Tienes que expresar tu amor. Lleva a tu madre su marca de chocolate favorita. A tu padre su café preferido. Ve a verlos con los niños. Las visitas nunca son demasiadas. Y no te canses de decirles lo mucho que los quieres.

3. Habrá miedo. Tú puedes estar preocupada, pero tus padres estarán aterrorizados ante esta nueva situación .

Mi madre ya está adaptada y tiene un grupo de amigas que cotillean y se ríen como colegialas. Bromean sobre un señor que se les presenta todos los días como si no se conocieran.

A día de hoy, todavía no estoy segura de si es allí donde se va a quedar definitivamente, pero estoy muy orgullosa de ella. Ha vuelto a ser la mujer alegre, amable y optimista que era y yo voy a hacer todo lo posible para que siga así durante todo el tiempo que nos quede juntas.

Vía: Woman's Day

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