Embarazada después de que le quitasen a su hija adoptiva

Esta mujer perdió a su hija adoptiva pero se quedó embarazada milagrosamente.

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Creí que era pena. Los primeros meses de embarazo se me hicieron pesados, duros y opresivos y no me di cuenta de lo que realmente estaba pasando.

Los clásicos síntomas del embarazo como las náuseas, la falta de apetito, el cansancio y la falta de menstruación.. todo lo achaqué a un sentimiento de profunda pérdida.

Un día, mi marido y yo nos acercamos a un restaurante para pedir la cena después de conducir durante horas. Yo pedí mi plato favorito: una deliciosa y cremosa quesadilla de queso y aguacate nada sana. Le di un mordisco y no pude comer más, noté cómo subía la bilis y se me cerraba la garganta. Pensé "esto es lo que se siente cuando estás de luto, pierdes el gusto por la vida. Así es la pena más profunda".

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La posibilidad de estar embarazada no podía quedar más lejos de mis pensamientos. Acabábamos de pasar por un verano horroroso, en el que tuvimos que despedirnos de nuestra hija adoptiva después de cuidarla y quererla durante cinco meses y medio. Para nuestra desgracia tuvimos que ponerla de nuevo en los brazos de su padre biológico sabiendo que nunca volveríamos a verla. Y esa pérdida, esa enorme pena estaba presente en cada cosa que hacía, sentía y decía.

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En siete meses, pasé de no tener hijos a ser una candidata a madre adoptiva, ser madre y después no. Pasé a ser algo que no tenía nombre, estaba totalmente desconsolada y mi corazón no tenía espacio para considerar que una vida estaba creciendo dentro de mí. Mi mente no era capaz de procesar lo que podría significar un embarazo en ese momento, no podía manejar el conflicto de emociones que supondría.

Aunque el pensamiento del embarazo se me pasó por la cabeza y una pequeña voz me susurraba que existía esa posibilidad, la deseché por completo. Había pasado por un verano estresante, triste, como un infierno en vida. Pasamos mucho tiempo entre tribunales y enfrentándonos a la perdida de nuestra hija, con la que habíamos dormido durante meses. Encontrar un momento de intimidad no estaba en nuestro planes, y la concepción de un hijo parecía imposible.

Por esa razón pensé que todos mis síntomas eran debidos a mi profunda tristeza.

Un día, mi marido fue a recogerme después del trabajo y en cuanto me metí en el coche, le dije que tenía antojo de galletitas de jengibre, así que teníamos que ir a comprar los ingredientes para hacerlas. Me miró de soslayo desde el asiento del conductor y condujo hasta la tienda, en lugar de a casa. Me dijo medio en broma "¿Un antojo? Desde que te conozco jamás has tenido antojo de nada. ¿Seguro que no estás embarazada?".

Imagen cortesía de Jennifer Palmer

Le di un golpe en el brazo y le dije: "¿No puedo querer una galleta de vez en cuando sin que hagas conclusiones precipitadas?". Pero la idea se quedó plantada y no me la podía quitar de la cabeza. Cogí un test de embarazo en el supermercado mientras hacía la compra diciéndome a mí misma que me lo haría por la mañana. Saldría negativo, eliminaría esa ridícula idea de mi cabeza y así podríamos seguir con nuestras vidas.

Seguía creyendo que el test daría negativo hasta que vi las dos líneas rojas eliminando cualquier duda. Me quedé ahí sentada, estupefacta, con la mente en blanco hasta que un caudal de emociones me dejó sin respiración: pena, miedo, esperanza, confusión, alegría, tristeza, enfado, pérdida, amor...

Creía que era pena lo que sentía esos primeros meses de embarazo en los que no sabía que tenía una vida creciendo en mi interior. Si soy sincera, seguía pareciendo pena después de saberlo. Todo era pena, tristeza y dolor hasta que me hice la primera ecografía y vi a mi bebé. A partir de ese momento fui cambiando la incertidumbre por alegría.

Nuestra hija nació ocho meses después de que nos quitasen a la que debía ser su hermana. Aunque ella nunca podrá ocupar el lugar del bebé que perdimos y la tristeza nunca desaparecerá, ha traído luz y esperanza a nuestra vidas. Después de esos meses de pena, la tristeza fue desapareciendo y dejó espacio para otra cosa. La hemos llamado Joy (que significa Alegría en inglés) en honor al cambio, a la esperanza y a la luz que trajo a nuestras vidas.

Vía: www.goodhousekeeping.com

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