"Odiaba mi marca de nacimiento hasta que descubrí su significado"

Una leyenda mongola sobre las almas reconfortó a esta adolescente acomplejada. Ella misma relata cómo encontró la confianza suficiente para aceptar su marca de nacimiento e incluso sentirse orgullosa de ella.

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Como los restos de un gran moratón, mi mancha de nacimiento se extiende por mi costado izquierdo. Cuando era joven, era de un color azul muy visible, como el dibujo de un gran océano que salía en mi piel en lugar de en un mapamundi. Cuando era una niña, no era tan consciente de su presencia. No pasaba mucho tiempo mirándome en el espejo y no me preocupaba para nada el reflejo de mi espalda.

Sin embargo, en verano, las cosas cambiaban. Cuando usaba las prendas propias de la temporada, como el biquini o los tops cortos, siempre había alguien que me decía "¡Vaya! ¿Qué te ha pasado?" y "¿Te encuentras bien?". Solía asustarme tanto como la persona que me preguntaba. ¿Me había hecho alguna herida sin saberlo en día anterior? Era entonces cuando me daba cuenta de que me preguntaban por mi marca de nacimiento y, al instante, sentía vergüenza aunque también alivio.

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Mi madre me decía que no debía preocuparme. "Es única", solía decir, pero yo no lo veía así. Para mí, no había nada de especial en esa enorme marca azul que se extendía por mi espalda.

En el instituto, hacía bromas: "Un accidente montando en el skate", o quizá "Sufrí una caída fuerte esquiando" (yo no esquío). Fue fácil para mí decir que era un moratón, algo efímero que no era parte de mí. Aunque la marca se ha aclarado a lo largo de los años, sabía que esto era algo temporal. Este moratón estaría siempre en mi cuerpo y llegaría el momento que no podría explicarlos con accidente deportivos.

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Para una adolescente ya es bastante difícil desarrollar una imagen corporal positiva y sana. Mi marca de nacimiento sólo le ponía la guinda al pastel. Mantenerla escondida era mi misión, aunque significase tener que ponerme bañadores que lo cubriesen todo en la playa mientras que veía a mis amigas con sus preciosos biquinis. Cuando iba de compras con mi madre, la primera pregunta que hacía en el probador era, "¿Esto cubre mi marca?".

Me dije a mí misma que cuando cumpliera 18 años me haría un tatuaje para cubrirlo. Algunas flores, un atardecer o una noche estrellada, pero no iba a cambiar nada, porque el diseño solo camuflaría algo que me hacía sentir fea y rara. Dediqué horas a buscar métodos para quitar las marcas de nacimiento. El láser podría permitirme llevar un vestido con la espalda descubierta o un tatuaje que fuera bonito, por lo menos, había opciones.

La autora con su mancha de nacimiento.

La mancha con nombre

La investigación también supuso averiguar qué tipo de marca era la que me iba a quitar: una mancha mongólica. Al fin, el moratón, que es un una acumulación de células de la piel muy pigmentadas, tenía nombre. Vi bebés que tenían marcas como la mía, algunas mayores, algunas más pequeñas y algunas repartidas por sus cuerpos como pequeñas salpicaduras de color.

Una historia tradicional mongola atrajo mi atención. La leyenda dice que algunas almas no están tan ansiosas por volver a nacer como otras. Algunas se resisten tanto que el dios de la resurrección los fuerza a entrar en el vientre de la madre, dejando un moratón como marca en el cuerpo del bebé. Cuanto más grande sea la marca, significa que el espíritu luchó durante más tiempo, y sí, parece que yo me resistí mucho. Mi marca de nacimiento por fin tiene una historia, no obstante era sólo una fábula, pero era mucho más interesante que cualquiera de las que yo me había inventado.

Empecé a pensar en mi vida y, si tengo que creer en los mitos, por qué luché tanto para volver. Quizá el espíritu sabía que sería más fácil no volver, quedarse en el más allá, antes que enfrentarse a otra vida de incertidumbre. De cualquier manera, este espíritu se parecía a mí, determinada y cabezota hasta el final, lista para luchar cuando fuera necesario. Según la leyenda, esta marca de nacimiento era en realidad una cicatriz de guerra; un recordatorio del que estar orgullosa, en lugar de estar escondiéndolo bajo camisetas y bañadores. Como poco, era una historia que contar.

No voy a mentir, hay días en los que tengo el autoestima más baja y pienso de nuevo en la idea de hacerme un tatuaje. Pero la mayoría de las veces, aunque sólo sea un mito, estoy agradecida al dios de la reencarnación por presentar batalla hasta que cedí. Soy una luchadora, siempre lo he sido. Parece que al final, mi marca de nacimiento sí que es un moratón, uno que me recuerda que sin él, yo no estaría aquí.

Vía: www.goodhousekeeping.com

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