Megan Maxwell y el capítulo 5 de su relato erótico

Alicia se niega a reconocer que Víctor le atrae, pero el doctor es una caja de sorpresas y en esta entrega hará que le guste todavía más.​

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(Resumen del capítulo anterior: Alicia comprueba cómo es Víctor de cariñoso y atento con su abuela, pero intenta apartar esa leve atracción que siente por él. Lo que no se esperaba ese día, era quedarse encerrada en un ascensor con el atractivo doctor, hijo del jefe).

El sábado cuando acabo mi turno doble en el hospital, estoy para el arrastre.

¡Qué cansancio tengo!

Voy a llegar a casa, me voy a dar una duchita, me voy a tirar en el sofá y no voy a hacer más. Bueno sí, seguramente pedir una pizza y dormir como una ceporra hasta el domingo.

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Encantada bajo en el ascensor, cuando se para en el primer piso y entra el guaperas del doctor Molina con una botellita de agua en las manos. Lo siento apurado y mirándome pregunta.

- ¿Me puedes ayudar?

Sin dudarlo asiento y bajamos al parking. Eso me escama.

¿En qué puedo ayudarle en un parking?

Cuando salimos del ascensor, me paro y pregunto.

- ¿Dónde vamos?

Acelerado me coge de la mano como para que no me escape, camina conmigo hacia un lateral del parking y con su otra mano libre señala.

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- Vamos allí.

Al mirar, veo al fondo un perro mediano, marrón claro, tumbado de lado en el suelo y cuando voy a volver a preguntar, Víctor dice.

- Cuando me marchaba para casa la he visto. Al principio, pensé que alguien lo había atropellado, pero al acercarme he visto que estaba de parto.

Incrédula de que el animalillo haya conseguido meterse en el parking sin ser vista por los vigilantes jurado que lo custodian, me acerco hasta él y Víctor se agacha para echarle agua de la botellita en el hocico.

La pobre con la lengua fuera jadea alterada, me mira con sus ojillos asustados y, agachándome, murmuro al ver dos cachorros moverse torpemente cerca de ella.

- Tranquila bonita… tranquila.

- Algo va mal —susurra Víctor nervioso—. Desde que salió el segundo cachorro han pasado más de cuarenta minutos y…

- ¿Llevas aquí cuarenta minutos?

Víctor se mira el reloj y con un gesto serio indica.

- Más bien hora y cuarto. Cuando me acerqué había expulsado el primer cachorro, luego llegó el segundo, pero han pasado más de cuarenta minutos, ella tiene contracciones abdominales y no sale ningún cachorro. Comienzo a preocuparme.

Asiento y no sé qué decir.

¿Dónde está la bonita sonrisa de aquel y la guasa?

Incrédula observo como cuchichea palabras cariñosas a la perrita sin importarle mancharse el traje. La llama rubia, le dice mil cosas cariñosas, se desvive por una perra que no es suya y tras tranquilizarla con palabras suaves murmura.

- Intuyo que sufre distocia.

Asiento. Sé de lo que habla, cuando afirma con seriedad.

- O el cachorro presenta posición anormal para salir o es demasiado grande en relación al tamaño de la madre.

En ese instante la perra da un gemido de dolor que siento que a ambos nos encoge el alma y Víctor mirándome dice.

- Sé que no debería moverla, pero algo me dice que si no la muevo la perra se muere aquí. La llevaré a un amigo veterinario que tiene la consulta cerca ¿me ayudas?

- Por supuesto —afirmo.

Con rapidez va a su coche. Un precioso BMW azul oscuro con asientos de cuero. Veo que abre el portón trasero, saca una manta y tirándome algo dice.

-Envuelve a los cachorros en la toalla para que nos sufran hipotermia.

Con mimo envuelvo a los bebitos perrunos en la toalla, mientras veo que con delicadeza aquel coge a la perra que se revuelve y la tumba en el asiento trasero del coche.

Treinta segundos después todos estamos en el interior del BMW azul oscuro, Víctor habla por el manos libres con su amigo veterinario y este le indica que nos espera.

Preocupados por los gemidos dolorosos de la perra vamos hasta el veterinario casi sin mediar palabra.

Al entrar en la clínica se llevan a la perrita y los cachorros y nos quedamos mirando a la puerta como tontos.

¿Habremos hecho lo correcto?

Instantes después sale un hombre que se presenta como Marcelo y que presupongo que es el amigo de Víctor y mirándonos indica.

- Voy a examinarla. Id a tomar algo al bar de enfrente. Prometo llamar lo antes posible.

Me muevo, pero Víctor no se mueve e indica.

- Haz todo lo necesario. Yo cargo con los gastos.

Marcelo sonríe, pone su brazo en el hombro de su amigo e indica.

- Tranquilo Víctor. Tranquilo.

Una vez salimos de la clínica veterinaria, por primera vez desde que conozco al doctorcito siento que está desconcertado y eso llama poderosamente mi atención. En silencio caminamos hacia la cafetería y tras pedir algo de beber, lo miro y pregunto.

- ¿Estás bien Víctor?

Al escucharme suspira y murmura.

- Es agradable oírte llamarme por mi nombre.

Asiento. La situación me ha hecho olvidar los formalismos cuando indica.

- Laica era mi perra. Quise que tuviera cachorros y murió estando preñada por una rara infección hace tres meses. Nada pudimos hacer por ella y los cachorros.

Vale… ahora entiendo su estado desconcertado.

- Lo siento…

Su gesto triste por la pérdida me conmueve ¡puede conmigo! Y sin saber por qué doy un paso al frente, lo rodeo con mis brazos y murmuró.

- Tranquilo. Ya verás cómo Marcelo hará todo lo posible por la perrilla.

Al sentir que rodea con sus brazos mi cintura, y posa su barbilla sobre mi hombro para refugiarse en él me alerto ¿pero qué estoy haciendo?

Así permanecemos unos segundos en los que creo que no respiro hasta que murmura.

- Gracias por tu ayuda.

Tensa como una vara estoy cuando me suelta. No me besa, no se pasa de la raya ni un milímetro y cuando voy a decir algo, él dice.

- No te voy a comer.

Oy… Oy… Oy… ¡lo que me entra!

Pero vamos a ver ¿cómo soy tan tonta?

¿Desde cuándo me asusta a mí un tío?

Acalorada y bajo la atenta mirada de aquel cojo mi bebida, le doy un trago cuando su teléfono suena.

Lo observo con detenimiento mientras escucha lo que le dicen al otro lado y cuando cuelga, murmura.

- Era Marcelo. La perrilla, con ayuda, ha conseguido expulsar al cachorrillo que estaba mal colocado y tras ese ha salido otro más y todo acabó bien. Al final han sido tres machos y una hembra.

Encantada por ello sonriío y ¡zas! Lo vuelvo a abrazar.

¿Pero qué hago otra vez!

Esta vez no siento sus manos alrededor de mi cuerpo y cuando lo suelto, paga al camarero las consumiciones y cogiéndome de las manos dice acelerado.

- Vamos. Podemos pasar a verla.

Encantada por aquello nos dirigimos a la clínica veterinaria donde todo ha tenido un final feliz. Una vez, Marcelo, le indica que la cachorrita era la que estaba mal colocada y le comenta que la perra no tiene chip identificativo, nos deja a solas con los animalillos.

Durante unos segundos veo que Víctor habla con la perrita mientras apoya su cabeza sobre la frente de aquella y ambos se miran ¡Qué momentazo más tierno y bonito!

Así están unos segundos hasta que finalmente Víctor me mira y dice.

- Duendecilla, te presento a Rubia.

- ¿Rubia?

Víctor sonríe ¡por fin sonríe!

Esa sonrisa suya me vuelve loca y al intuir lo que quiere decir pregunto.

- ¿La vas a adoptar?

Víctor asiente y gustoso indica.

- No tiene chip. No tiene dueño y creo que Rubia y sus cachorros serán muy felices en mi casa.

Encantada asiento.

Además, de buenorro, le gustan los animales.

Estoy por huir despavorida del influjo que ejerce sobre mí, cuando mirándome dice.

- Son las once de la noche ¿qué tal si me ayudas a llevarlos a casa y allí comemos algo?

Buenoooooooooo…

¡Qué hago!... ¡Qué hago!

…Continuará

Megan Maxwell Megan Maxwell