Megan Maxwell y el capítulo 15 de su relato erótico

​Tras la accidentada cena con Yago, Alicia quiere centrarse de una vez por todas. ¿Lo conseguirá o el doctorcito volverá a poner su corazón y sentimientos "patas arriba"?

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Han pasado quince días desde el desafortunado ¡Zaparrás! que me metí en el restaurante hindú y, por suerte, el chichón ha desaparecido y la sensación de vergüenza también.

Yago regresó de su viaje pero apenas nos hemos podido ver más de tres horas seguidas y la verdad, no sé por qué pero me da igual.

El doctor Molina desde la noche del zaparrás en el restaurante hace por acercarse a mí sin incomodarme y eso me gusta y, aunque Yago es un amor y su padre me cae genial, yo en quien pienso es en el doctorcito y disfruto viendo cómo se acerca a mí de todas las maneras habidas y por haber.

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Simplemente me dejo llevar por el momento mientras me siento como Julia Roberts en la película Pretty Woman y me gusta ¡es divertido!

Víctor pone todo de su parte para hacer que me fije en él, pero en el buen sentido de la palabra. Es galante, educado, no se propasa lo más mínimo y sobre todo maneja muy bien el poder de la mirada. Un poder que solo los más osados saben manejar y que sin duda, él maneja muy, pero que muy bien.

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También me sorprende enviándome flores a casa y la noche en que me encontré un sobre con algo dentro ¡creí morir!

¿Pero qué es eso?

Una vez quedo sola en mi habitación y me siento a solas sobre mi cama con el sobre en las manos, lo abro y sacando una hojita leo.

Me dijiste que no habías visto mi película favorita, y aunque sea sin mí, quería que la vieras y disfrutaras de ella y de su excelente banda sonora. Víctor​

Encantada miro la carátula de la peli y sonrío.

Víctor y yo hablábamos mucho de cine y música y recuerdo que me habló de su película preferida. 'Love Actually'. Durante unos segundos dudo si verla o no. La curiosidad me puede, pero estoy tannnnnnnnnnnnn cansada, que me acurruco en mi cama y me quedo frita.

Al día siguiente cuando llego al hospital veo a Víctor junto a su padre. Ambos están muy serios hablando en un lateral del pasillo. Ese gesto en Víctor es nuevo y eso me inquieta y más cuando Marieta, que es radio macuto, se acerca y pregunta.

- ¿Te has enterado?

Niego. No sé qué pasa y esta añade.

- Anoche le dio un infarto a la madre del jefazo, pero está bien.

Vale. Ahora entiendo los gestos cansados de Víctor y su padre y sin querer seguir cotilleando murmuro.

- Luego hablamos.

Tras mirar a Víctor por última vez me encamino hacia el cuartito donde me cambio de ropa y una vez lo hago voy a mi planta.

Nada más llegar, me encuentro con el doctor Reverte que mirándome dice.

- Vamos. Tenemos una paciente en el quirófano tres.

Sin dudarlo, le sigo y cuando nos metemos en el ascensor pregunta.

- ¿Qué tal con mi hijo Yago?

Sonrío. Sonríe y respondo.

- Bien.

Mi respuesta no parece llenarle e insiste.

- ¿Pero bien… bien?

Oh…oh…

¿En serio me está preguntando si me lo paso bien con su hijo en la cama?

Y cuando voy a responder vuelve a insistir.

- Disculpa mi atrevimiento, pero los hijos… ya sabes…

No… la verdad es que no sé… porque no soy madre, pero sin querer hacerle un feo, le toco el brazo y cuchicheo.

- Tienes un hijo encantador y me lo paso muy bien con él.

Reverte sonríe, resopla y antes de salir del ascensor le oigo que cuchichea.

- La esperanza es lo último que se pierde.

¿Esperanza? ¿Qué esperanza?

Pero una vez llegamos al quirófano, tanto Reverte como yo, nos olvidamos de todo y con profesionalidad nos dedicamos a atender a una mujer, a la que al final le tenemos que practicar una cesárea de urgencia.

Esa tarde cuando mi turno termina me cruzo con Víctor y cuando voy a decirle algo, una compi de planta que pasa por allí dice.

- Doctor Molina ¿se va a casa?

Víctor asiente.

- Sí. Para cualquier cosa estaré allí.

Una vez se da la vuelta para seguir su camino se encuentra de bruces conmigo y aprovechando el momento pregunto.

- ¿Cómo está tu abuela?

Víctor mueve la cabeza.

- Está… que no es poco.

Ay pobre… Ay pobre…

Ahora que lo veo más de cerca soy consciente de sus ojeras, de sus ojos hinchados y de su gesto triste y sin saber por qué doy un paso adelante y lo abrazo. Lo abrazo olvidándome de donde estoy, de quien nos rodea, de quién es él y cuando siento sus manos rodeándome la cintura lo escucho decir.

- No sabes cuánto necesitaba tu abrazo.

Ayvirgencitadelamacarenaespiazaquemedaquemadaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa.

Durante unos segundos permanecemos abrazados mientras siento las miradas indiscretas de algunas compañeras, pero no sé por qué me da igual y cuando nos separamos, Víctor con gesto cansado pregunta.

- ¿Viste la película?

- No.

- ¿Por qué?

Sabedora de que voy a cometer la locura más grande del siglo sonrío y murmuro.

- Porque esperaba a verla contigo.

Víctor alucina.

¡Yo ni te cuento!

Cuando él, sin perder el tiempo pregunta.

- ¿Quieres venir a mi casa y la vemos? Tengo otra copia allí —no respondo e insiste—. Prometo palomitas, cerveza y buena compañía.

Buenooooooooo… Buenoooooooooooooooo.

Lo miro. Sus ojitos me dicen lo cansado que está y me deshago cuando añade.

- Te juro que no me propasaré lo más mínimo. Solo veremos la película.

Madremiaaaaaaaaaaaaaaquetentaciónnnnnnnnnnnnnnnnnnnmassanaaaaaaaaaaaa

¿Y ahora quién es la guapa que se resiste a semejante invitación?

Yo desde luego no y consciente de que me faltan más de cuatro tornillos, indico.

- De acuerdo. Recógeme frente a la tienda de telefonía móvil de la esquina. No quiero que nos vean marcharnos juntos en tu coche.

Víctor asiente. No dice más.

Nos separamos y cinco minutos después me recoge donde le he dicho y yo con el corazón acelerado siento que estoy haciendo lo que quería hacer, aunque la cuestión es ¿estoy haciendo lo correcto?

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