Megan Maxwell y el capítulo 19 de su relato erótico

La cena con la familia de Víctor tiene sus cosas buenas y sus cosas malas, pero desde luego, aburrida no es.

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Uf… la fatiguita que estoy pasando durante la cena.

Estoy sentada junto a Víctor y todos son amables conmigo excepto el Tiranosaurio y la estirada de su mujer.

Está visto que no les ha hecho ni pizca de gracia que yo sea la acompañante de su hijo.

En varias ocasiones la mirada de mi jefe y la mía se cruzan y, aunque siento que tiene ganas de decirme algo, no lo hace porque sabe que hacerlo significaría discutir con su hijo, y aquí estoy manteniendo el tipo lo mejor que puedo sin salir corriendo despavorida.

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El hermano de Víctor y su mujer son encantadores. Ambos me recuerdan del día que nació su pequeñín y reímos al recordar ciertas anécdotas de aquel momento.

Una vez acabamos la cena, caminamos todos hacia un saloncito cuando una mano agarra mi codo y al volverme me encuentro con la abuela.

Con una sonrisa miro a la mujer. Ella desde que me ha visto entrar no ha parado de sonreírme y lanzarme buen rollito y mirándola cuchicheo.

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- Me encanta saber que está mejor señora.

Aquella asiente y, sentada en su silla de ruedas, me hace un gesto con la cabeza e indica.

- Ven, siéntate conmigo en el salón.

Sin dudarlo la sigo y me siento en el sillón azul.

Durante unos segundos ambas permanecemos en silencio, mientras el resto se acomoda por el salón hasta que finalmente pregunta.

- ¿Qué le has hecho a mi hijo que te mira tan serio?

Ambas miramos al Tiranosaurio Rex, que en ese instante está hablando con Víctor. No sé qué le estará diciendo, pero lo que sí sé es que a Víctor no le está gustando nada por su gesto serio y respondo.

- Hacerle… hacerle… yo no le hice nada, pero creo que está así porque soy unas de las enfermeras que trabaja en el hospital para el que su hijo y Víctor trabajan.

La mujer asiente suspira y afirma.

- Mi hijo no es mala persona, pero desde que se casó con ese papagayo —indica señalando a la Perlas—, se ha vuelto un esnob y ha olvidado ciertas cosas.

Con una sonrisa la miro. Yo no conozco a su hijo como ella lo puede conocer y cuando Víctor se acerca hasta nosotros aquella tomándole de la mano dice.

- Ni caso a lo que diga tu padre ¿entendido?

Víctor sonríe, se agacha para darle un beso a su abuela en la mejilla y añade.

- Abuela, entendido perfectamente.

Ver el buen rollo entre aquellos dos me gusta, cuando la Perlas, llega hasta nosotros, se sienta en el sillón que hay al lado de la abuela e indica.

- Marisita, creo que deberías irte a la cama a descansar.

La abuela la mira ¡Ay Marisita! y con un gesto que me hace sonreír indica.

- Creo que la que debería irse eres tú… guapita.

La Perlas mueve la cabeza. Aquella contestación no le ha gustado y mirando a Víctor cuchichea.

- Todo el santo día así. No sé qué le he hecho.

La abuela de un golpe abre un abanico que tiene sobre sus piernas y suelta.

- Casarte con mi hijo y atontarle ¿te parece poco?

- ¡Abuela! —murmura Víctor.

La Perlas al escuchar aquello se levanta ofuscada y protesta.

- Marisita, no sé qué bicho te ha picado pero últimamente estás muy impertinente.

Cuando se marcha, veo que va hasta mi jefazo, le dice algo y ambos nos miran cuando aquella murmura.

- Ese papagayo está deseando que las piche para ser la dueña y señora de mi casa, pero no pienso darle ese gusto. ¡No me pienso morir!

- ¡Abuela! —vuelve a murmura Víctor tras mirarme divertido.

Con una sonrisa miro a aquel y a su abuela. Nunca imaginé que aquella mujer fuera tan llana y cuando voy a decir algo aquella mirándome indica.

- Mi padre era tendero y mi madre costurera, y aunque me casé con un hombre con posibles, mis orígenes son humildes como lo son los tuyos. No soporto a señoritingas como el papagayo a las que solo les importa que el color de uñas les vaya con los zapatos y el vestido y te aseguro que ver a mi único hijo convertido en un esnob me saca de mis casillas.

Según termina de decir aquello el supuesto esnob se acerca a nosotros y protesta.

- Por el amor de Dios mamá. Me ha dicho Te…

- Lo que esa cara de acelga te diga… ¡no me interesa!

- ¡Mamá por favor! —gruñe.

- Abuelaaa —susurra Víctor.

Sin apenas respirar soy testigo de aquella escenita cuando mi jefe resopla y la anciana indica.

- Me voy a la cama ¡qué hartita me tienes hijo!

Víctor me hace un gesto y veo que se levanta para acompañar a su abuela, momento en el que me quedo a solas con mi jefe y este pregunta con cierta distancia.

-¿Le ha agradado la cena?

Con la mejor de mis sonrisas, lo miro y afirmo.

- Sí, señor, mucho.

La incomodidad en el ambiente es excesiva y cuando aquel me mira y suelta.

- Se lo digo a usted, como se lo he dicho a mi hijo. No me agrada la relación que tienen. Esto seguramente nos reportará problemas en el hospital y si digo esto es porque nunca me ha gustado la existencia de las relaciones personales en el trabajo.

- Papá…

Víctor que ha dejado a su abuela en la puerta, ha regresado y está detrás de él. Y cuando este se vuelve suelta.

- Te lo he dicho y repito. Mi vida la dirijo yo, no tú, ni el hospital ¿entendido?

Con gesto serio mi jefe no responde y dándose la vuelta se aleja de nosotros, momento en el que cuchicheo.

- Creo que no ha sido buena idea venir a esta cena.

- Te equivocas —responde Víctor cogiéndome por la cintura—. ¡Ha sido una idea ¡excelente!

- Pero tu padre…

- Mi padre —me corta—. En lo nuestro ni pincha ni corta, por lo tanto, tranquila, que de mi padre me ocupo yo.

Con una sonrisa lo miro, cuando este me abraza y soy consciente de cómo la Perlas y su padre nos miran.

Ufmamacitalindaquémalrollitomedaquenosmirenasí.

Continuará...

Megan Maxwell

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