Megan Maxwell y el capítulo 20 de su relato erótico

Tras la tensa cena en casa de los padres de Víctor, Alicia da una lección al Tiranosaurio Rex​ que no olvidará.

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Mi último mes junto a Víctor me tiene en una nube.

¡Qué majo! ¡Qué mono! ¡Qué ideal!

El doctorcito ligón que vacilaba a toda mujer viviente, ha dejado claro a todos en el hospital que salimos juntos y yo es que no sé ni qué decir y menos cuando Peña, la doctora, ¡me felicitó!

Los celadores me miran alucinados…

Mis compañeras siento que me envidian…

El doctor Reverte… no sé… no sé…

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Y el Tiranosaurio Rex disimula e intenta no mirarme porque está más claro que el agua que no le gusto. Quería para su hijo otro tipo de mujer y, aunque hay momentos en los que me siento fatal por saber que no soy santo de su devoción, hay otros en los que me da igual y si no le gusto ¡que le den morcillas!

Pensando en ello estoy mientras le doy el biberón a un bebé que está en la incubadora, cuando escucho a mis espaldas.

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- Buenos días preciosa.

Sin volverme, sé que es él.

Víctor… Víctor… Víctor… Y sonriendo respondo.

- Buenos días.

Víctor camina hacia el otro lado de la incubadora y mirándome pregunta mientras sonríe.

- ¿Qué tal tu noche de chicas con tus amigas?

Sonrío. Sonríe.

La noche anterior me fui con mis compis de piso a celebrar el cumpleaños de Bea y respondo.

- Estuvo bien.

Víctor divertido mueve la cabeza y cuchichea.

- Menudo peligro tenéis las tres.

Eso me hace sonreír y tras terminar de dar el biberón al bebé, cuando estoy apuntando la cantidad que se ha tomado, Víctor murmura.

- Anoche te eché de menos.

Cuando voy a responder de pronto se abre la puerta y me callo. Todo el mundo sabe que estamos juntos, nadie es ajeno a nuestra relación, pero en el hospital intentamos ser profesionales y antes de marcharse Víctor me pregunta.

- ¿Comemos juntos?

Asiento, sonrío y sigo a lo mío.

Una hora después cuando salgo de la cafetería, veo entrar a una chica con gesto desencajado por la puerta del hospital. Se apoya en la pared, está sudando, parece dolorida y me doy cuenta de que está de parto.

Rápidamente me acerco a ella y la tranquilizo.

Me dice que se llama Romina, que ha llegado sola y tras ver que no hay un celador con una silla cerca, decido subírmela a planta yo misma. Una vez aviso en recepción de que más tarde rellenaremos papeles, nos encaminamos hacia el ascensor y cuando llega este y todo el mundo se baja, me cago en tooooo lo cagable cuando dentro de aquel se queda el padre de Víctor. El Tiranosaurio Rex.

¡Joderrrrrrrrrrr… joderrrrrrrrrrrrrrr…!

Con una sonrisa lo saludo, él simplemente mueve la cabeza y cuando las puertas del ascensor se cierran al escuchar un gemido de Romina, pregunta.

- ¿Qué le ocurre?

Sin soltar a la joven que se apoya en la pared del ascensor y respira como puede, miro a aquel e indico.

- Está de parto y creo que la cosa es inminente.

El jefazo asiente, se retira hacia un lado y yo sigo hablando a aquella mujer cuando de pronto el maldito ascensor vuelve a hacer una de las suyas y se para.

¡Mierda… mierdaaaaaaaaaa!

El Tiranosaurio Rex me mira con gesto hosco ¡vamos, ni que yo hubiera parado el ascensor! Y conteniendo las ganas que tengo de decirle cuatro cosas murmuro.

- Romina, tranquila. Tú sigue respirando.

La mujer lo hace, respira… respira… cuando mirándome dice.

- Es mi cuarto hijo.

¡¿Cuarto?!

Madre mía. Madre mía.

Me angustio. Saco mi móvil del bolsillo y le envío un whatsapp a Víctor contándole lo que ocurre. Necesito que esté prevenido y con gente esperándome en la planta cuando abran la puerta del ascensor.

Romina grita, rompe aguas y se escurre por la pared hacia el suelo.

Buenooooooooo… buenoooooooooo ¡esto va rápido!

Consciente de lo que allí va a ocurrir miro al Tiranosaurio que está bloqueado e indico.

- Señor, esta mujer va a dar a luz aquí.

- Imposible ¡estamos en el ascensor! —protesta.

Lamadrequelopariólovistióylehizosuprimerarayaenelpelo¡peroestetíoestonto!

Joder… ya sé que estamos en el ascensor, pero un parto es algo que no se puede frenar así como así, e intentando mantener la calma afirmo.

- Tiene razón, pero el bebé está deseando vernos la cara y ante eso, poco podemos hacer.

Resopla. Piensa. Pero por mucho que resople y piense, la realidad es la que tenemos en ese instante y al ver a Romina jadear digo.

- Señor, voy a necesitar su chaqueta.

Uf… si las miradas matasen este ya me había matado allí mismo y sin moverse pregunta.

- ¿Para qué quiere mi chaqueta?

Joderrrrrrrrrrr…

Y cuando voy a contestar, Romina grita, se revuelve y como puedo la atiendo. La tumbo en el suelo, le quito rápidamente las bragas y viendo que el bebé ya ha coronado en su vagina, murmuro quitándome la bata blanca para ponerla bajo el cuerpo de aquella.

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- Mire señor, necesito algo limpio y calentito para el bebé.

Según digo aquello el Tiranosaurio asiente, cuando Romina da un alarido y yo, mirándola, indico.

- Respira… respira y empuja ¡solo cuando yo te lo diga!

El Tiranosaurio se quita su impoluta chaqueta, se coloca a mi lado y sorprendiéndome pregunta.

- ¿En qué te puedo ayudar?

Vaya…. ¡se despertó! ¡Genial!

Con una sonrisa lo miro e indico.

- Siéntese detrás de Romina. Que ella se apoye en usted.

El Tiranosaurio hace lo que le pido y una vez colocado, miro a la mujer que con gesto congestionado me mira y digo.

- Ahora… empuja ahora.

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Romina empuja… empuja… empuja…

Siempre me sorprende la fuerza descomunal de las madres cuando están dando a luz y segundos después la cabecita del bebé ya está fuera.

La mujer jadea, le duele y yo lo entiendo, cuando oigo al Tiranosaurio animar a la mujer e indicarla que lo está haciendo muy bien. Eso me tranquiliza. Su ayuda me viene bien cuando pasados unos segundos vuelvo a pedir.

- Ahora Romina. Empuja… fuerte… fuerte… fuerte…

Romina lo hace.

Hace todo lo que le pido y tras intentarlo dos veces más, el cuerpecito del bebé sale de su cuerpo a propulsión y yo lo recojo con todo mi amor.

- ¡Es una niña! —digo encantada.

Romina, el jefazo y yo sonreímos cuando de pronto el ascensor se mueve y se pone en marcha.

¡Gracias a Dios!

Segundos después, las puertas del ascensor se abren.

Allí está Víctor junto a Luisa y varios celadores con una camilla. Sin necesidad de hablar, todos saben lo que tienen que hacer y cuando se llevan a la madre y al bebé, al que aún no he cortado el cordón umbilical, Víctor nos mira a su padre y a mí y pregunta.

- ¿Estáis bien?

Asiento. Sonrío cuando su padre dice.

- Sí hijo. Estamos bien. Vamos, atiende a esa mujer y a su bebé.

Víctor me guiña un ojo, yo lo sonrío y cuando desaparecen todos de nuestra vista recojo la chaqueta del padre de aquel y entregándosela, murmuro.

- Gracias señor. Por suerte al final no nos hizo falta.

Mi jefe asiente, coge la chaqueta y tras mirarme durante unos segundos indica.

- No eras lo que yo quería para mi hijo, pero me acabo de dar cuenta que mi hijo ha sabido elegir muy bien.

Parpadeo… parpadeo. ¿He escuchado bien?

Bloqueada lo miro, cuando aquel con una sonrisa, indica.

- Espero que me disculpes por…

- Señor… —lo corto—. No se preocupe de verdad.

- Alicia ¿verdad? —asiento y él añade—. Mi nombre es Emilio. Por favor, tuteémonos.

Quemedaquemedaaaaaaaaaaaaaa.

De pronto, el teléfono móvil de aquel suena y tras atender la llamada mirándome dice.

- He de marcharme pero quiero decirte ¡bienvenida a la familia Alicia!

Mamacitalindaaaaaaquemevoyadesmayarrrrrrrrrrrrrrrr

Continuará...

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