"Volví a casa de mi madre después de mi divorcio"

Lo que parecía una situación bastante deprimente, jugó un papel fundamental en la recuperación de esta mujer.

Lo más popular

Me fui a vivir con mi novio cuando solo tenía 19 años. Pasé de estar tumbada en una cama individual en el sótano de casa de mi madre, a jugar a ser la chica mayor en una cama de matrimonio de un apartamento pequeño.

"¿Estás segura de que esto es una buena idea?" me preguntaban mis amigos mientras me ayudaban con un sofá en la mudanza.

"¿Es esto lo que quieres hacer?" me preguntaba mi madre mientras me observaba despegar los posters de Van Gogh y Sarah McLachlan de la pared de mi cuarto.

Publicidad

"¡Por Dios, chicos!" les decía mientras guardaba mi álbum de recortes de New Kids on the Block en una caja de cartón. "¡Sé bien lo que hago!"

Pero, (¡sorpresa!), realmente no tenía ni idea de lo que estaba haciendo.

La historia fue como en la mayoría de las parejas jóvenes. Me casé con mi novio, nos mudamos a las afueras de Detroit, nos compramos un perro e, incluso, un robot de cocina. Hicimos el amor, tuvimos hijos y hicimos un terrible desastre de nuestras vidas.

Lo más popular

Así que quince años después de que dijera adiós a las paredes de la habitación en la que había crecido, estaba de nuevo en mi casa. Al menos durante los fines de semana.

Mi marido dejó que nuestro matrimonio sufriera una muerte lenta y dolorosa. Solo cuando vimos que estaba completamente muerto, decidimos que teníamos que hacer algo al respecto. Pero no lo arreglamos. Mi marido se mudó a la casa de su padre y yo me quedaba con los niños en casa durante la semana. Casi todos los fines de semana él volvía para estar con sus hijos porque decidimos que debían tener la mayor estabilidad posible, estando siempre en su hogar.

Esos fines de semana en los que yo tenía que irme de mi casa, mi madre me ofreció quedarme en la suya y volver al hogar de mi juventud. Fue una propuesta maravillosa y a la vez triste.

Los viernes por la noche yo guardaba mis cosas en una bolsa de viaje y me despedía con un beso de mis hijos de los que no me había separado jamás. Durante los 20 minutos de viaje hasta casa de mi madre, lloraba con las canciones más tristes de la radio mientras las cantaba con fuerza.

Al principio fue humillante tener que volver a la casa de mi madre, algo parecido a la vergüenza hacía presencia cada vez que terminaba en la casa que había abandonado hacía tantos años.

Pero esta sensación desapareció rápido, en cuanto me di cuenta de que mi madre tenía televisión por cable y una máquina de hacer capuccinos. Enseguida recordé lo maravilloso que era estar en casa. Ella cocina de maravilla y su casa huele genial, ¿he dicho ya que no había niños allí? Lo que comenzó como una situación deprimente, terminó siendo un descanso semanal, algo parecido a un hotel gratuito.

Cada semana paraba en una tienda para comprar unas cervezas, una revista y una bolsa enorme de M&M's con cacahuetes. Me ponía el pijama en cuanto llegaba a casa de mi madre y pedíamos comida china a domicilio. Dormía hasta tarde cada mañana, comía comida casera y dejaba que mi madre cuidara de mí, en un lugar que me traía recuerdos de confort, tranquilidad y amor.

Me ayudó a superar mi matrimonio cuando más lo necesitaba, me enseñó a respirar de nuevo. Cuando mi marido se compró una nueva casa, nuestro acuerdo se acabó y yo eché de menos la casa de mi madre.

Mucha gente dice: "No puedes volver a casa otra vez". Yo creo que esa gente nunca ha tenido una madre que les haya preparado una taza de café mientras leen el periódico una mañana de sábado en la que llueve a cántaros.

Así que ¿por qué no volver de vez en cuando a casa? ¡Pero que solo sea los fines de semana!

Vía Woman'sDay

More from Diez Minutos: