"Una escapada de fin de semana salvó nuestro matrimonio (que no tenía ni sexo)"

Hasta ese viaje, ni siquiera dormíamos en la misma habitación.

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La pasión en mi matrimonio había desaparecido totalmente desde que nació nuestro primer y único hijo. Por las noches pasábamos el tiempo en habitaciones separadas y allí disfrutábamos de nuestros hobbies. A mí me gustaba quedarme en la planta superior de la casa, mientras que mi marido se quedaba en la planta baja. A veces dormíamos juntos, pero la mayor parte de las veces no era así, pues mi horario me permite acostarme tarde, mientras que el de mi marido hace que se tenga que ir a la cama temprano.

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Después de tener el bebé, necesitábamos estar solos. Necesitábamos terminar una frase sin que nos interrumpiera el bebé. Cada vez que intentábamos tener una conversación ésta acababa con algo como: ¿Qué estaba diciendo? Olvídalo. De todos modos, no era importante.

Esto me molestaba, porque hablando es como nos enamoramos. Me enamoré de mi marido por las historias que contaba. Él se enamoró de mí porque le hacía reír. Y esas cualidades se combinaban cuando hacíamos el amor de forma lujuriosa y ruidosa.

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Pero el año pasado dejamos de funcionar. Una vez que habíamos acostado al niño, estábamos exhaustos, así que cada uno se iba a su habitación y nuestra vida sexual empezó a sufrir las consecuencias.

Por eso, estas pasadas Navidades pedí un regalo. Quería una niñera y hacer una escapada con mi marido.

Y es que si nos quedábamos en casa, acabaríamos haciendo las mismas tareas estúpidas de siempre. Nos dedicaríamos a limpiar, por ejemplo y no sacaríamos tiempo para estar juntos.

El día después de Navidad no pude más y lloré como nunca.

Y entonces lo peor que podía pasar terminó pasando. No me regalaron lo que quería. El día después de Navidad me vine abajo y me pasé el día llorando. No quería el regalo para mí. Lo necesitaba para los dos.

El golpe fue tan duro que decidimos hablar con nuestras familias. Yo hablé con mi madre y mi marido habló con sus padres para ver quién se podía quedar con el niño y, después, alquilamos una cabaña en las Smoky Mountains. La cabaña me traía buenos recuerdos porque ya la habíamos alquilado durante nuestro primer año de matrimonio. Durante los últimos tres años, mientras criábamos a nuestro hijo, siempre nos habíamos referido a la cabaña como nuestro "oasis", como el recuerdo lejano de algo que nunca volveríamos a disfrutar.

La cabaña tenía todas las comodidades necesarias para aislarse de la rutina diaria. Era todo ambiente, música y relajación bajo un cielo estrellado. Dentro de la cabaña había una bañera de hidromasaje rodeada de espejos. Las parejas casadas necesitan verse a sí mismas atractivas. Ver es creer. También había una mesa de billar, pero sin el típico bar lleno de humo y de gente, donde hubiéramos tenido que esperar nuestro turno para jugar.

Jugamos y bebimos todo lo que quisimos. Mientras jugábamos, me inclinaba y mostraba mis encantos, porque, bueno, tener un hijo tiene sus ventajas, una de ellas es un buen par de tetas.

Mi marido y yo no sólo jugábamos dentro de la cabaña, también jugábamos a tener citas. Citas de verdad. En público. Nos sentábamos en los restaurantes, bebíamos, pasábamos un buen rato y era increíble porque, por lo general, nuestras experiencias en restaurantes se reducían a decirle al niño que se sentase, a pedir la cuenta y acabar con dos bolsas de comida en la mano que nos llevábamos a casa.

Estas cosas tan sencillas, normales para muchos, suponían un regalo para nosotros. Sentarme y hablar con el hombre con el que me casé, con la persona que elegí para pasar el resto de mi vida lo era todo para mí. Mis recuerdos me devolvieron a nuestra primera cita. Habían pasado 14 años desde ese momento en el que estaba sentada delante de él y no sabía qué decir. Eran los típicos nervios donde las mariposas inundan tu estómago. Me preguntaba, "¿De qué podríamos hablar?" Y, al igual que en nuestra primera cita, las palabras empezaron a surgir y la conversación, junto con el sexo desinhibido y ruidoso, duró hasta mucho después de la medianoche.

Esa noche, mientras contemplábamos las estrellas, recuperé a la persona que amo. A pesar de que el tiempo ha pasado, todavía puedo reconocer a aquel hombre. Y entonces recuerdo por qué me enamoré de él.

Necesitábamos volver a nuestra cabaña. Teníamos que ser algo más que unos simples padres, necesitábamos ser marido y mujer. Teníamos que recordar lo que se siente al ser amantes de nuevo.

Vía: Good House Keeping.