"Mi amor por adoptar animales casi me lleva al divorcio"

El equilibrio familiar de Marcia Kester Doyle se ve afectado por culpa de su excesivo amor por los animales.

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Me vuelvo absolutamente loca por cualquier "cosa" peluda que tenga cuatro patas. A mi marido le hubiera encantado que nuestros votos matrimoniales hubieran incluido un apéndice que indicara que no podríamos tener más de dos mascotas en casa. Pero por suerte para mí, ese es uno de los puntos que yo no hubiera sido capaz de cumplir.

Como muchos de mis amigos, nací rodeada de gatos y perros, pero mi familia también tenía un curioso repertorio de otras mascotas. Mi hermana trabajaba en un centro de aves salvajes y de vez en cuando adoptaba alguna. En casa teníamos murciélagos, búhos, ratones, buitres, gaviotas, pelícanos, conejos, patos, una iguana y varios halcones.

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Se quedaban con nosotros hasta que estaban lo suficientemente recuperados como para vivir por su cuenta, y aquellos que tenían daños o lesiones permanentes vivían en la pajarera que teníamos en el jardín. Esto era algo normal para nosotros y nuestra casa nunca hubiera sido la misma de no haber estado llena de animalitos a los que querer.

Cortesía de Marcia Doyle
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Cuando conocí a mi marido, le convencí para adoptar a dos gatitos antes de que nos casáramos. Él acabó accediendo y, quitando algunos jarrones rotos y algún que otro sofá destrozado, los mininos eran la alegría de la casa.

Cuando tuvimos a nuestro hijo, me resultó un poco más difícil convencer a mi marido de que nuestro pequeño necesitaba un perro. Me costó unas cuantas semanas, pero al poco tiempo ya éramos los dueños de un precioso labrador negro. Estoy segura de que mi marido pensó que ahí se acabaría todo. Ya había roto mi promesa de no tener más de dos animales en casa y no había necesidad de convertir nuestra casa en el arca de Noé, pero eso es exactamente lo que hice.

Cuatro hijos, dos gatos, y un perro era el balance hasta ese momento; más tarde también teníamos un acuario lleno de peces, varias tortugas, cuatro hámsters y varias ardillas que poco a poco iban colonizando nuestro jardín.

Cortesía de Marcia Doyle

Esto era tan sólo el principio de mi aventura con los animales. La gente empezó a llamar a casa preguntando si querríamos adoptar este animal o este otro. Y siendo como soy, nunca me podía negar –a pesar de las negativas de mi marido-. Me acusó de estar llevando a cabo un rescate animal en nuestra casa y estaba preocupado por el coste económico que supondrían los cuidados de todos ellos. También me prohibió acercarme a la tienda de mascotas de la ciudad, por miedo a que apareciera con una nueva familia de animales en casa.

Aunque en el fondo de mi ser sabía que él llevaba razón, eso no me paró para traer nuevos animales exóticos a casa. Además sabía que los perrillos callejeros de mi barrio no sobrevivirían sin mi ayuda y adoptarlos era lo único que me hacía feliz. Llegamos a un punto en el que tuvimos 14 animales en casa: dos ratas albinas, un erizo pigmeo, un petauro, un cerdo vietnamita, dos perros y siete chinchillas.

La noche que traje a casa un conejo que encontré en la calle, mi marido durmió en el sofá negándose a hablarme durante dos días. Mis amigos decían que había convertido mi casa en un pequeño zoo y mis hijos me recriminaban por la cantidad de tiempo que pasaba con los animales. Me llevaba horas y horas al día limpiar la casa y las jaulas de todos y cada uno de ellos, además del tiempo que pasaba cuidando de ellos y alimentándolos. Todo lo tenía organizado gracias a un horario y cada vez que me iba fuera, tenía que contratar a alguien para que viniera a mi casa a cuidar de todos ellos.

Cortesía de Marcia Doyle

No contemplaba deshacerme de ninguno de ellos, pero según aumentaban las facturas del pienso y del veterinario, sabía que mi marido me odiaría aún más si me quedaba con todos ellos. Algunos tenían que irse, así que tomé la difícil decisión de buscar casa para muchas de mis queridas mascotas.

Ahora solo tengo seis animales en casa (tres perros y tres chinchillas) y se quedarán con nosotros toda su vida. Mi marido y yo hemos encontrado por fin un equilibrio y, aunque fue muy difícil negarme a adoptar una pequeña ardilla sin hogar más, sé que tomé la decisión correcta para mi familia.

No nos sorprendió cuando National Geographic se puso en contacto con nosotros hace poco para grabar un documental de chinchillas en nuestra casa; salté de la emoción cuando pensé en compartir mi experiencia con estos adorables animalillos. Un poco menos de ilusión le hizo a mi marido, ya que desde que comenzó la grabación recibimos cientos de llamadas de gente que buscaba hogar para sus mascotas. Tuve que decir que no a todas ellas, pero si alguna me hubiera ofrecido un monísimo kinkajú, puede que hubiera roto una vez más mi voto matrimonial.

Vía Woman'sDay

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