Descubre las propiedades de los germinados

Consumir alimentos predigeridos gracias al proceso de germinación tiene beneficios para la salud como facilitar la digestión.

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Cada día es más fácil encontrar germinados en los supermercados. Se trata de brotes que representan la planta en potencia, ya que son alimentos vivos. Son ricos en sustancias biológicas imprescindibles para el organismo como las enzimas, las vitaminas o los minerales.

Incluir los germinados en nuestra alimentación es muy fácil porque no hay que comerlos en grandes cantidades y casi ninguno tiene un sabor fuerte o desagradable. Se comen crudos, ya sea en ensaladas, en tostadas o con el gazpacho. Si a los niños no les gusta la verdura, incluirlos en sus platos es una buena forma de asegurarnos de que comen vegetales.

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La germinación hace que la digestión sea muy fácil y, además, permite que las personas intolerantes puedan consumir esos productos, ya que al estar predigeridos les sentarán mejor y se beneficiarán de todas sus propiedades. Esto es así porque en el proceso de germinación se desdoblan los nutrientes de la semilla.

Qué puedes germinar

Podemos hacer germinados de alfalfa, de cebada, de trigo, de arroz, de soja, de lentejas...

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• El germinado de alfalfa se considera el más concentrado, ya que tiene más nutrientes. Es un gran remineralizante y ayuda a combatir el cansancio. Contiene minerales como el calcio, el magnesio, el potasio y el hierro, y refuerza nuestro organismo. Además, limpia y tonifica los intestinos, y ayuda a digerir y asimilar proteínas, grasas e hidratos.

• El germinado de trigo tiene un sabor dulce por los azúcares que contiene. Previene infecciones y es un regenerador celular.

• El germinado de brócoli es anticancerígeno, además de antioxidante. Estimula la producción de enzimas que intervienen en la detoxificación del hígado.

• El germinado de fenogreco, que contiene fósforo y hierro, es un limpiador sanguíneo y renal.

Lo mejor es consumirlos ecológicos y lavarlos bien antes de emplatarlos.

Prepáralos en casa

Ponemos a remojo, con bastante agua, las semillas en un frasco de vidrio y lo tapamos con una tela. Dejamos reposar las semillas durante 12 horas en un lugar oscuro y cálido. Pasado este tiempo, se deshecha el agua y se enjuagan las semillas con agua tibia. Después, habrá que enjuagar y cambiar de nuevo el agua dos o tres veces diarias hasta que se vean los brotes, que suele ser al pasar tres o cinco días.