La Reina de la casa

De los miembros de la Familia Real, doña Sofía es la más desconocida, pero, a la vez, la mejor valorada por los españoles, que admiran y respetan a su Soberana. Es una mujer virtuosa, culta, inteligente, humana y solidaria, facetas que combina con las de esposa, madre y abuela ejemplar.

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Doña Sofía, la primogénita de Pablo de Grecia y Federica de Hannover, nació el 2 de noviembre de 1938, en el chalet del barrio ateniense de Pschyco, cuando su tío Jorge II reinaba en Grecia. A su muerte, el 1 de abril de 1947, los padres de nuestra Reina fueron coronados. Pero hasta llegar a ese momento, la familia sufrió años de exilio y penalidades.

La invasión de Hitler unida a la guerra civil que se vivía en el país, obligó a la familia real a exiliarse, en abril de 1941. Sofía tenía dos años y medio y su hermano Constantino, nueve meses. Irene nacería en Sudáfrica.

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El primer destino de Federica y sus hijos fue Alejandría (Egipto) y, más tarde, Ciudad del Cabo (Sudáfrica). A causa de la guerra, Pablo vivía en Londres. Ya en Sudáfrica y sin apenas medios económicos, la familia iba de casa en casa. Llegaron a cambiar de domicilio hasta once veces en un año. En una de las viviendas, Federica dormía con un palo para ahuyentar a las ratas. El general Jan Christiaan Smuts, presidente del país, fue de gran ayuda para ellos. Por las noches, narraba cuentos a los príncipes en la cama.

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Aquellos relatos que a Sofía le contaban, hoy se los transmite a sus nietos, además de explicarles los cuentos de Disney, Andersen y los hermanos Grimm. A los dos mayores, Froilán y Juan, también les cuenta “historias de mi familia, pero de manera que las entiendan. Luego, si ellos están interesados, que investiguen”. Así se lo dice la Reina a Carmen Enríquez y Emilio Oliva, en su libro “Sofía”. Confiesa a estos autores que le “gusta estar con mis nietos y darles algunos caprichos, pero no demasiados. Aunque estoy de acuerdo en que hay que mimarles, no los malcrío”. A Froilán le considera “un trasto, un niño travieso, igual que era yo de pequeña, pero muy bueno”. Doña Sofía le ha enseñado a jugar al ajedrez, y hay veces “que hasta me gana”.

La Reina viaja mucho a Barcelona para ver a los hijos de los duques de Palma. De paso, aprovecha para ir al cine. Le gustan las películas de llorar y las cómicas, como “Con faldas y a lo loco”.

También, las tertulias televisivas, las series “Cuéntame” o “La Señora”; los Beatles, el flamenco o la música clásica, especialmente “La pasión según San Mateo”, que escucharon mientras el rey Pablo agonizaba.

Otra de las pasiones de la Reina es cuidar bebés. De ahí que cursara estudios de Puericultura y Psicología infantil en la escuela de enfermería Mitera.

Ya casada con don Juan Carlos –14 de mayo de 1962– y residiendo en España, “cuando no éramos nadie”, suele decir ella, quiso ejercer su profesión, pero no la dejaron porque estaba mal visto. Entonces, algunos sectores críticos a la Monarquía se referían a ella como “la Griega”.

Habla mucho con Letizia
Quizá los que ahora también han criticado la boda del Príncipe con Letizia Ortiz. A éstos, la Reina les responde diciendo: “Esa es una forma muy antigua de pensar. Es bueno que nos abramos y casarse con personas de fuera de este círculo”.

Y añade: “La princesa Letizia es muy, muy inteligente y sabe lo que tiene que hacer. Hablamos mucho y nos ayudamos mutuamente. Yo me beneficio también de sus opiniones porque ofrece un punto de vista diferente, que viene de fuera. De hecho, hablamos mucho de todo, incluidas las cuestiones prácticas, pero nunca desde el punto de vista de qué ha de hacer como esposa del Príncipe”.

Los autores de “Sofía” le preguntan sobre Jaime de Marichalar y con la misma naturalidad explica: “Le quiero igual que cuando estaba con mi hija. La separación no cambia las cosas”.

Cuando doña Sofía se instaló en España, “muy enamorada de mi marido”, insiste siempre, el franquismo trataba de que los Príncipes de España pasaran inadvertidos. Mucho han cambiado los tiempos desde entonces. Ahora, refiriéndose a la separación de los duques de Lugo, la Reina dice: “Me sorprende el acoso y la invasión de determinada prensa en sus vidas. No me enfada, porque el enfado hace daño a uno mismo y no voy a dar esa alegría a quienes no me quieren”.

Educada para reinar
Nacida y educada para llevar con dignidad la Corona, sus objetivos son estar siempre al lado de don Juan Carlos, “ni un paso delante ni detrás”, y “ser útil”.

En ambos sentidos puede darse por satisfecha porque siempre está para los buenos y los malos ratos; para llevar amor y consuelo en los momentos dramáticos, y para ocuparse, a través de la Fundación Reina Sofía, de temas sociales, sanitarios, educativos, agrícolas, medio ambientales y de la mujer. Entre otros, la Reina está muy implicada en el programa de los microcréditos destinados a mujeres; en la reinserción social de drogadictos, en los enfermos de Alzheimer, en su papel de embajadora para ayudar y consolar a los necesitados de cualquier rincón del mundo.

Infatigable, sus colaboradores cuentan que, cuando todos están como locos por irse a descansar, ella pregunta: “¿Y ahora, qué hacemos?”. Su curiosidad por conocer todo sobre dónde y con quién va a estar, obliga a sus ayudantes a enterarse hasta del número de hijos de la persona con la que se va a entrevistar.

Doña Sofía hizo un curso de Humanidades y desde hace tres décadas asiste a unos seminarios ideados por ella, que organiza el Instituto de España. Y tiene claro cuáles son sus planes de futuro: la unión familiar y seguir siendo útil.