‘‘Ojalá cundiera el deporte de la naturalidad de Rafa Nadal’’, por Ángel Antonio Herrera

El tenista, que cumple 32 años, es un ejemplo dentro y fuera de las pistas.

Rafa Nadal
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Lo que pasa con Nadal no es que haya ganado Roland Garros, por ejemplo, sino que le ha ganado definitivamente el partido al tenis, el tío. Hay deportistas que arriman a su gremio una cátedra eterna. Y los hay que exceden, incluso, la disciplina elegida. He aquí el caso. Rafa Nadal. Y el caso, tan glorioso, cumple 32 años el 3 de junio. No sé yo si escribir que está más allá del tenis, aunque sí hay que escribirlo. Quiero decir que, por encima o por debajo de su majestad de podio, lo que asoma en Nadal es el vigor en camiseta, la pugna de vitamina del espíritu, la fe en el ahínco que ha sacado no se sabe de dónde, tras unas épocas decaídas.

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Nos ha salido campeón de todo. Se hace hincapié de mucha tertulia en la calidad humana de Rafa, y esto, con ser mucho, me parece a mí lo de menos, porque ser un gigante en un oficio no anda reñido con tener alma de canalla. No es su caso, claro, que es un dios con trato de buen vecino, y sólo gasta encumbramiento con la raqueta en la mano. Sé que en eso de subrayar su carácter de buen tipo lo que subyace es la crítica sin crítica a los futbolistas, que van de guapos de spot y hablan sin bajarse del ferrari, haya o no ferrari de por medio, que suele haberlo. Es un modelo de deportista, casi extinto, frente a otros hombres que juegan un doble deporte: el de la fama y el del balón, o al revés. Pongan ustedes el orden que quieran.

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Su distinción no es que sea, además, un buen chico, sino que su ejemplo es único. No se anda con bobadas de alterne de misses y vive desvelado sólo en lo suyo, durmiendo las horas reglamentarias. Aunque no te guste el tenis, enseguida te haces fanático de Nadal, porque lo que en él se presencia es el crecimiento de un héroe. Eso de “la calidad humana” quiero yo decirlo de otra manera: el titán va por dentro.

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La rosa: Tiene una novia silente y serena, Xisca Perelló, a la que él llama Mery. Ella evita los focos de consorte, y en la grada lleva el entusiasmo por dentro.

El látigo: Mientras otros ponen de moda un tatuaje, o unas mechas, él va y se corta el pelo en una peluquería de paso, en Nueva York, que le quedaba cerca de la cancha. Es la estrella sin tontuna. Una rareza.

D.M.

Ángel Antonio Herrera, periodista y escritor.

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