Cristina Abad y Miguel Diosdado, se despiden de ‘Acacias 38’: “Nos vamos con muy buen sabor de boca”

Tres años después de llegar a la novela, se despiden de ella el martes 30 porque desean emprender otros proyectos. Y están felices con el romántico final de sus personajes, que les deja la puerta abierta.

 

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El 29 de noviembre el equipo de Acacias 38 dejó los estudios de Madrid para grabar en Toledo la boda de dos personajes muy queridos: María Luisa (Cristina Abad) y Víctor (Miguel Diosdado). El lugar elegido fue el Cigarral del Ángel, un magnífico espacio de cien mil metros cuadrados con jardines de origen árabe y una preciosa ermita del siglo XVII, donde los novios se juraron amor eterno.

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¡Ya era hora!

Miguel Diosdado: Lo estábamos deseando, mi personaje lleva enamorado de María Luisa desde el primer capítulo, y vamos casi por el setecientos. También ha sido un regalo para los telespectadores, que lo reclamaban.

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Cristina Abad: Era una de las escenas que quería grabar antes de irme, lo pedí. No sé hasta qué punto me escucharon (risas). Ha sido muy especial, además, creo que se lo debíamos al público, todos preguntaban por la boda.

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¿Cómo la calificaríais?

M. D.: Llena de amor de verdad porque hemos tenido química desde el casting. Estábamos nerviosos, como si fuera nuestra boda, no la de nuestros personajes. Incluso intentamos no vernos antes de llegar a la iglesia. Cristina se tiró toda la mañana en albornoz.

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C. A.: Yo realmente me sentí como una novia, todos estaban pendientes de mí, querían ver el vestido, el peinado, cómo me maquillaban… ¡Era la protagonista!

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¿Qué pasó cuando os visteis?

M. D.: Cristina estaba preciosa, parecía una princesa.

C. A.: Miguel me miró como si fuera mi novio de verdad, se quedó boquiabierto, alucinado. Fue una reacción maravillosa. Sentí hasta vergüenza, pero no quería que dejara de contemplarme porque me sentía muy guapa.

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¿Querríais celebrar una boda así en la vida real?

M. D.: No lo he pensado porque ni siquiera tengo candidata, pero claro que me encantaría reunir a la gente que quiero en un lugar idílico para declarar mi amor a alguien delante de ellos. Asistir a este tipo de eventos siempre me ha dado pereza, pero ahora incluso me entran ganas de casarme.

C. A.: Yo no lo haría por la iglesia, pero lo demás sería exactamente igual.

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¿Qué recordáis del rodaje?

M. D.: Como la grabamos una semana antes de irnos, había una carga emocional muy fuerte.

C. A.: Pasé un poco de frío porque el vestido era escotado, pero no me importó. Y agradezco al departamento de vestuario que me pidieran opinión. Además, fue divertido el viaje en coche con Antoñito (Álvaro Quintana). Parecía que íbamos en una montaña rusa, aceleraba, de pronto se paraba... ¡Nos reímos mucho!

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¿Contentos con los padrinos?

M. D.: Me encantó que Amparo Fernández (Susana) fuera mi madrina. ¡Menuda abuela he tenido!, ha sido un placer grabar con ella. Y también iba guapísima.

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Decía que sentía el síndrome del nido vacío porque hacía poco que se había ido Jordi Coll (Simón), su hijo en la ficción. La verdad es que ahora el único Séler que le queda es Liberto (Jorge Pobes). Los cuatro formamos una piña, me los llevo en el corazón.

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C. A.: Yo agradecí a Juanma Navas (Ramón), mi padre y padrino, que no mencionara nuestra marcha porque me habría puesto a llorar, soy muy sensible.

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Y abierto. ¿Volveríais?

C. A.: He dicho que cuenten conmigo cuando se produzca algún acontecimiento relevante, como la boda de mi hermano. Me haría mucha ilusión regresar para eso, quiero seguir sintiendo que en la calle Acacias está mi familia.

M. D.: Claro que me gustaría, y esa idea me parece muy buena.

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Quizá los espectadores se sientan decepcionados porque no os verán convivir como matrimonio…

M. D.: Tal vez, y lo lamento porque se lo debemos todo, pero había llegado el momento de buscar nuevos proyectos y seguir creciendo, por eso lo pedí. Esta novela me ha dado un aprendizaje personal y profesional brutal, es mi primer trabajo tan largo. Me da una pena tremenda dejar a Víctor, formará parte de mi vida siempre.

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C. A.: Yo decidí irme por lo mismo, me apetecía hacer otras cosas: cine, teatro, marcharme de España, seguir estudiando interpretación… y una ficción diaria no te lo permite. Nos vamos con buen sabor de boca porque es un desenlace feliz.

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¿Os lleváis algún objeto personal de vuestros personajes?

M. D.: Sí, la gorra y una copia del retrato que Víctor tiene con su madre en La Deliciosa. Y otra foto enmarcada de la boda.

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C. A.: ¡Mi madre la ha puesto en el salón! Yo, además, me he quedado con el anillo de casada y pedí un plato de la vajilla de la casa de los Palacios. He comido tantas veces en ellos… en los últimos tres años más que en los de mi propia casa. Y a los dos nos han regalado un álbum de todo este tiempo.

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¿Qué balance hacéis de vuestro paso por Acacias 38?

M. D.: Muy positivo, ha sido duro porque el formato de las series diarias lo es, pero los actores sabemos de esta dedicación. Y no sé si será por la edad o por La Deliciosa, pero ahora me gusta más el dulce (risas). Nos poníamos las botas con el cáterin que encargaban para grabar las celebraciones en la chocolatería. Estaba todo tan bueno… teníamos que contenernos para no acabarlo antes de terminar de grabar.

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C. A.: Soy una persona y una actriz totalmente distinta a la que llegó. He madurado, tengo más seguridad en mi misma, he aprendido muchísimo, he encontrado el amor y el desamor…

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