Fran Perea, un juez imponente en ‘La sonata del silencio’: “Me ha costado conseguir que me den personajes diferentes”

En teatro lleva años abordando todo tipo de roles, pero en televisión le ha costado arrancarse la etiqueta de guaperas enamoradizo. Con la serie de época de La 1 da un cambio radical que no ha pasado desapercibido para los espectadores.

Fran Perea ha sido una de las grandes sorpresas de La sonata del silencio, el exquisito drama de época de ha estrenado La 1 con un buen dato de audiencia, rozando los dos millones de espectadores. Quienes no hayan seguido su carrera en teatro no esperarían verle con tanta prestancia interpretando a Mauricio Canales, un juez sin escrúpulos que utiliza su cargo para su propio beneficio: llega a un acuerdo para sacar de la cárcel a Antonio Montejano (Daniel Grao) a cambio de que su hija, Elena (Claudia Traisac) contraiga matrimonio con él.
¡Vaya cambio de registro! ¿Es tu personaje más oscuro?
Exactamente. ¡Pero tampoco es lo peor de lo peor! Es un hombre complejo y también un reflejo de cómo se abusaba del poder a través de las instituciones. Quiero pensar que es algo que se hacía en otras épocas…

¿Qué te atrajo del proyecto?
De primeras no conocía la novela. Cuando me hablaron de ella, la devoré y me pareció una maravilla. La historia te va planteando un viaje por los personajes y la trama avanza de una manera muy dinámica, todo el tiempo te hace pensar en qué va a ocurrir después, y esa fuerza se ha conseguido trasladar a los guiones. Personalmente, para mí está muy bien porque en esta profesión me ha costado conseguir que me den personajes diferentes, y a mí lo que me gusta es cambiar. Por eso me muevo mucho en el teatro.

¿Uno se va a casa igual cuando hace un personaje simpático que con uno malo como este?
Yo suelo irme bastante tranquilo. Disfruto mucho del proceso… Pero es verdad que en esta serie he afrontado algunas secuencias con más carga que me dejaban más removido.

¿Una serie así de intensa está pensada para todos los públicos?
No es un dramón. De hecho, en el segundo capítulo estás con la sonrisilla todo el rato. Sí, está pensada para todos los públicos.

Todos coincidís en valorar como algo positivo que la trama esté cerrada y se acabe en el noveno capítulo. ¿Tú también eres partidario de conocer el final para que luego no pase como en Los Serrano o B&b?
No lo sé. Es verdad que una trama cerrada permite que tengas una idea global, pero cuando estás haciendo tele, la incertidumbre alimenta. También me entusiasma. El caso es tener la posibilidad de estar trabajando.

¿La sombra de Los Serrano es alargada?
Sí. Es verdad que esa serie pertenece a la última época de la televisión analógica. Teníamos unos índices de audiencia del 40 por ciento, por lo que es normal que la gente se siga acordando de Los Serrano. Es una serie que ha marcado una época y un estilo. No reniego para nada. Fueron tres años de mi vida muy importantes en todos los sentidos.

¿Qué has estado haciendo desde el final de la grabación de La sonata del silencio?
He estado trabajando en el teatro Luchana; yo llevo los números de mi compañía [Feelgood], como productor, y esas funciones me llevan mucho tiempo.

¿Tu sector ha salido de la crisis?
(Risas) Es un sector que ha sido muy perjudicado. Nos han castigado a nivel fiscal, y no solo eso: los primeros presupuestos que se recortaron fueron los de cultura, y también es la partida que menos se ha recuperado. Es cada vez más difícil hacer una película, una obra de teatro o una serie de televisión porque económicamente no son viables. No hay incentivos para las empresas.

¿Te sientes un poco don Quijote con el teatro?
Yo me meto en esto porque creo en ello. Cuando voy a un teatro y la gente se pone en pie, cuando ves que la gente mejora con la cultura, entonces merece la pena el esfuerzo por hacerlo posible. Ser promotor te ayuda a tener tu propio discurso y eso está muy bien porque enriqueces el discurso general. ¿Qué ha pasado con la crisis? Ha empujado a que muchas compañías cierren y el volumen de trabajado se ha quedado en menos manos, y además en una especie de embudo que tiende a que haya menos diversidad. Unifica el discurso y es una pena.

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