Desarchivamos las bodas de ayer: Fran Rivera con Eugenia, y con Lourdes
Os invitamos a las bodas que se celebraron hace 30, 40, 50…años. Cada jueves, nuestros compañeras de archivo Susana Payá y Juan Pedro Alcaráz desempolvarán y rescatarán los documentos gráficos que confirman que Diez Minutos fue testigo de esos enlaces con los que disfrutaron nuestras lectoras de ayer. Seguimos con las bodas de Francisco Rivera, comenzando por la que protagonizió en 1998 con Eugenia Martínez de Irujo y terminando por la más reciente, con Lourdes Montes. Pasen y vean.

Os invitamos a las bodas que se celebraron hace 30, 40, 50…años. Cada jueves, nuestros compañeras de archivo Susana Payá y Juan Pedro Alcaráz desempolvarán y rescatarán los documentos gráficos que confirman que Diez Minutos fue testigo de esos enlaces con los que disfrutaron nuestras lectoras de ayer. Seguimos con las bodas de Francisco Rivera, comenzando por la que protagonizió en 1998 con Eugenia Martínez de Irujo y terminando por la más reciente, con Lourdes Montes. Pasen y vean.
Estirpe torera y aristocracia, unidas

El 23 de octubre de 1998, con el enlace de su hija pequeña, Eugenia, y Francisco Rivera Odóñez, la duquesa de Alba veía cumplido su sueño de emparentar su familia con un mundo que la apasionaba, el del toreo.
Así fue la que se denominó como boda del año, en la que políticos, realeza y modelos compartieron charlas, risas y brindis por los novios.
Un vestido de aire medieval

A las 11.53 de la mañana, la novia salía del Palacio de las Dueñas con su padrino, su hermano Cayetano. La estupenda relación de la duquesa de Montoro con su hermano le llevó a pedirle que fuera su padrino
Eugenia escogió para su boda un vestido de Emanuel Ungaro de estilo medieval con un atrevido escote cuadrado. Estaba confeccionado en raso duquesa de color marfil con un galón bordado en hilo de seda con perlas ribeteando escote, hombros y costadilloso.
El uniforme de su padre y su hermano

La novia, muy sonriente, llegaba a la catedral junto a su hermano Cayetano, que vestía el uniforme de la real Ordenanza de Maestrantes que habían usado su padre y su hermano Carlos, duque de Huéscar, el día de su boda.
Como manda la tradición, la radiante novia llevaba algo prestado, la diadema de su madre, algo azul, una liga, y algo nuevo, el vestido.
El novio fue a la catedral en limusina

El novio y la madrina se trasladaron a la Catedral en una limusina con matrícula británica. Madre e hijo se sentaron detrás mientras que, en contra de lo habitual, el marido de la madrina, Ernesto Neyra, fue en el mismo coche.
Durante su recorrido hasta el templo, los novios fueron ovacionados. Él, desde la limusina, y ella, desde la calesa, no pararon de saludar con un rostro emocionado y feliz
El traje del novio

Tres minutos antes que la novia, había salido Fran del hotel Colón del brazo de su madre y madrina, Carmen Ordóñez González. Vestía chaqué, confeccionado por el sastre del Rey, Jaime Gallo: chaqueta gris marengo, corbata y chaleco en un tono más claro y pantalón de etiqueta.
Una calesa tirada por dos mulas

El pueblo sevillano se echó a la calle para vitorear a una novia que no perdió la sonrisa. Eugenia y Cayetano se trasladaron a la catedral en una calesa tirada por dos mulas engalanadas con caireles y conducida por dos cocheros con traje de corto.
La misma diadema que lució su madre en su boda

En lugar de velo, Eugenia utilizó un antiguo manto de encaje color crema, propiedad de la familia. La simplicidad del vestido destacaba la diadema, la misma que utilizó su madre el día de su boda. Además, llevaba unos pendientes de brillantes, regalo de sus compañeros de Tous. En el dedo, lucía el anillo de pedida.
Sevilla se echó a la calle

Fran y Eugenia se despertaron temprano y esperaron con nervios el momento de salir hacia la catedral. Nada les falló: les acompañó un reluciente sol y los sevillanos les brindaron su calor echándose a la calle.
Maquillaje sencillo

La novia iba maquillada muy sencilla por Fernando Torrén. El peinado, de Manió de Rígoli, era un recogido bajo del que le salía una trenza postiza. Se aclaró el pelo para la ocasión. El ramo de novia era un bouquet de flores silvestres.
A sus pies, alteza

Pese a los nervios de la ocasión y antes de dirigirse al altar, a Eugenia no se le olvidó hacer una reverencia a la infanta Elena.
A Fran se le iluminó la cara al ver a la novia

Al torero se le iluminaron los ojos al ver a su futura esposa, realmente guapa en el día más feliz de su vida, y esbozó una abierta sonrisa. Inmediatamente, el sacerdote José Carrillo dio la bienvenida a los contrayentes y comenzó la ceremonia.
El momento de la firma

Finalizada la ceremonia, novios y padrinos firmaron el acta matrimonial. Y antes de abandonar el altar, todos comenzaron a buscar algo entre los reclinatorios. Habían perdido la tapa de la pluma con la que estamparon sus firmas, que finalmente encontraron en el suelo.
Además, los padrinos no comulgaron.
Su último desayuno de soltero

A causa del nerviosismo, el novio estuvo moviendo el cuello constantemente, como sí le dolieran las cervicales.
Los nervios también impidieron a Francisco dormir la noche antes de su boda. A las tres de la mañana bajó a recepción para que le volvieran a planchar la camisa.
El desayuno del torero estuvo compuesto por café, infusiones y bollería. El pidió, además, pan con tomate y jamón pata negra, que compartió con sus cinco amigos íntimos. El torero estuvo alojado en la habitación 702 y pidió en recepción que nadie entrara en ella en todo el día después de salir él.
''Cuidado no se vayan a caer''

En el momento de las arras, a la duquesa de Montoro se le escuchó decir: "Cuidado no se vayan a caer".
El altar estaba presidido por una imagen de la Virgen de los Remedios, ante la que media hora después se dieron el "sí". Para la ocasión, se adornó con una greca de 35 centímetros de verdes de olor y una selección de flores como limonium, espuelas de caballero y rosas en tonos blancos y rosados. La ornamentación, obra de Mati Romero de Solís, se completaba con candelabros de velas blancas.
Una sorpresa rociera

Antes de abandonar el templo, Francisco y Eugenia fueron junto a la duquesa de Alba. Ella besó a su madre, pero al diestro
se le olvidó saludar a su suegra.
A paso ligero sobre la alfombra roja que adornaba el pasillo, iban recibiendo felicitaciones a su paso hasta que se detuvieron en la puerta de la Catedral, donde les esperaba una grata sorpresa. El grupo Los Marismeños entonó en su honor la salve rociera.
Retransmitida por televisión

El enlace entre los que fueron Duques de Montoro, al que asistieron 1400 invitados, fue retransmitido por TVE. Era la unión entre el mundo del toro y una gran familia de la aristocracia.
Fran echó en falta a sus dos abuelos, Antonio Ordóñez y Antonio Rivera, ya que ninguno pudo asistir a la boda debido a sus delicados estados de salud. Ambos, además, estaban incluidos en su lista de testigos.
Las lágrimas de Carmina

Carmina se emocionó durante varios momentos de la ceremonia. Uno de ellos fue cuando Eugenia pronunció el "sí, quiero".
A lo largo de la ceremonia, la duquesa de Montoro y su ya suegra se intercambiaron constantes miradas de complicidad.
Y llegó el beso de recién casados

La pareja dio el "sí, quiero" sin mirarse a los ojos. Estaban más atentos a las frases que tenían que pronunciar y que les iba soplando el sacerdote en voz bajita, que al momento que vivían.
Nuevamente a Fran le volvieron a traicionar los nervios en el instante de ponerse los anillos.
Y por fin llegó el beso de los recién casados.
No hubo lluvia de arroz

Terminada la canción, Francisco Rivera pidió al servido de seguridad que despejara el camino hacia el coche. No hubo entonces lluvia de arroz ni de pétalos de flores. Los protagonistas de la boda del año tenían prisa por visitar sus respectivas capillas y compartir con el pueblo sevillano su felicidad.
Los lugares más cercanos a su corazón

Los recién casados correspondían al saludo del pueblo de Sevilla sin dejar de intercambiarse miradas de complicidad y sonrisas enamoradas. Por fin, llegaron a Triana y una vez allí entraron en la capilla de los Marineros, anexa a la iglesia de Santa Ana, donde el párroco y toda la Hermandad les esperaban.
Por su parte, Eugenia reservó su preciado ramo de novia, un bouquet de flores silvestres, para ofrecérselo a la Virgen de las Angustias, de la que es camarera de honor. En pago a ese sentimental detalle, el hermano mayor de la cofradía entregó a los recién casados un cuadro con la imagen del Cristo de los Gitanos en plata repujada.


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