Hubertus de Hohenlohe es hijo de dos personajes emblemáticos de la jet set internacional: Alfonso de Hohenlohe e Ira de Furstenberg. De ambos ha heredado la simpatía, el don de gentes y ese toque especial que sólo tienen algunas personas.
-Hubertus ¿a qué edad llegó usted a Marbella?
-A los tres años. Mi madre había roto con mi padre y él se vino a vivir aquí para construir un pequeño motel que luego acabaría convirtiéndose en el Marbella Club, donde yo he entrado a colaborar para poner el ADN de los Hohenlohe, pero en versión moderna.
-¿Algún recuerdo de su infancia en este mítico lugar?
-Me impresionaba el comportamiento de unos personajes que podían moverse con total libertad sin sentirse observados. Gentes como Grace y Rainiero de Mónaco, Gina Lollobrigida o Audrey Hepburn, que se sentían como si estuvieran viviendo un cuento de hadas gracias al ambiente que supo crear mi padre.
-Muy diferente al que encontró en Austria, donde le enviaron a estudiar.
-Lo peor fue que la escuela donde nos metieron internos a mi hermano Christian y a mí era muy austera, muy triste. Aquello supuso un shock muy fuerte para nosotros. Yo lo superé esquiando a tope.
-¿Cómo era su padre, el príncipe Alfonso?
-Era una fuente de creatividad constante, muy divertido, simpático, un hombre que consiguió reunir en Marbella a la gente más sofisticada del mundo.
-¿Fue el Marbella Club la gran obra de su vida?
-Sin duda, pero también lo pasó mal porque le pusieron muchas pegas burocráticas y, al final, tuvo que venderlo, y eso fue muy amargo para él.