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Hay quien piensa que Lola Flores fue nuestra primera ‘influencer’. Allá por los años cincuenta, su peinado, maquillaje y estilo marcaban moda a la par que sus expresiones y forma de hablar se repetían por toda España. Su estilo flamenco, repleto de batas de cola, flores en el pelo y grandes pendientes, se convirtió en icono cultural del que aún hoy bebemos.
Tan pronto se volvía viral por su personalidad, tan exagerada, espontánea, intensa y auténtica, como por sus particulares gustos para el hogar. De su cabecero rosa para el dormitorio corrieron ríos de tinta, pero revisando algunas de sus fotografías, me ha resultado llamativo darme de frente con una tendencia que ha vuelto esta primavera 2026.
Tendencias que duran como las vajillas
Nuestras abuelas, de la edad de Lola, se dejaron seducir a mediados de siglo por las vajillas Duralex traídas desde Francia. Fue en esa época en la que se descubrió el vidrio templado, el material que garantizaba que vasos y platos jamás se resquebrajaran ni rompieran en el lavado. Su éxito residió en que se caracterizaban por ser irrompibles y hoy su utilidad la ha vuelto a poner en boga.
Por eso, no es raro encontrar en muchas casas platos y vasos comprados hace cuarenta o cincuenta años que siguen intactos, como si hubieran sobrevivido al tiempo sin apenas inmutarse. En España fue toda una revolución porque hasta entonces se utilizaban vajillas de loza y porcelana que después quedaron relegadas únicamente a las ocasiones especiales.
Las de Duralex aguantaban más trote y no por buenas, resultaba ser caras. Eran platos comprados por todo tipo de amas de casa y pensados para el uso diario de familias casi tan multitudinarias como los Flores. Su encanto estaba precisamente en ser prácticas, robustas y lo bastante bonitas como para estar siempre sobre la mesa. Ahora, en plena fiebre por lo vintage, lo auténtico y lo duradero, su estética vuelve a encajar con naturalidad en cocinas contemporáneas.
Su presencia constante sobre la mesa terminó convirtiéndolos en algo más que utensilios; se transformaron en un símbolo de la vida compartida, de la familiaridad y del calor del hogar que muchas generaciones recordamos con nostalgia. En esa sencillez y robustez reside también su poder: son un fragmento de nuestra historia.
Hemos encontrado en Duralex una forma de conectar con abuelas, padres y tías, con risas, charlas y comidas que definieron la manera en que varias familias españolas vivieron, crecieron y se unieron. Hoy, mientras las tendencias de diseño retro y la fiebre por lo vintage resurgen, siguen recordándonos que lo auténtico y duradero nunca pasa de moda, y que en cada cocina hay historias que merecen ser contadas. La de Lola Flores es una de ellas y, en cada sorbo o cucharada que hagamos con esta vajilla, habrá tiempo para recordarla.













