‘Quiero ser monja’: así son las cinco ‘novicias’ del reality más divino de Cuatro

Las jóvenes, todas veinteañeras, aseguran que han sentido la llamada de Dios y convivirán durante seis semanas en tres congregaciones diferentes para decidir si entregan su vida a la fe.

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Quiero ser monja

Si el año pasado Cuatro dio mucho de qué hablar con su reality de desnudos Adán y Eva, esta temporada tiene preparado un nuevo formato que no va a dejar indiferente a nadie. Quiero ser monja reúne a cinco jóvenes con vocación religiosa en una experiencia que les ayudará a confirmar si quieren consagrar su vida a Dios.
Basada en el formato internacional The Sisterhood: Becoming Nuns, la cadena produce en colaboración con Warner Bros un reality en el que las cinco candidatas deben pasar seis semanas cumpliendo con las normas diarias de oración y disciplina que llevan a cabo las monjas con las que conviven.
Tres han sido las congregaciones que han abierto sus puertas para que las protagonistas tomen una decisión vital para su futuro: la del Santísimo Sacramento en Granada, Santa María de Leuca en Madrid y Las Justinianas en Alicante. Allí deben realizar tres votos: obediencia, castidad y pobreza. Durante las seis semanas harán un auténtico master sobre cómo es la vida de una monja e incluso realizarán muchas de las tareas que llevan a cabo para cuidar de los demás.
En cada uno de los programas, ya grabados pero aún en proceso de edición, llevarán a cabo actividades como atender una casa cuna con más de cien niños a su cargo, entregarse al silencio en un convento de clausura o colaborar en una misión en plena selva boliviana, además de cumplir con normas como llevar siempre un hábito de novicia, despertarse a las 6 de la mañana o no poder utilizar en ningún momento el teléfono móvil, uno de los retos más difíciles para las candidatas tal y como ha podido comprobar Teleprograma.tv en un visionado que la cadena ha ofrecido a la prensa.
Las chicas son jóvenes, tienen claro que han sido elegidas por Dios, pero no saben si dedicar su vida por completo a su fe. Estas son las cinco protagonistas:
Paloma, de Almería, tiene 20 años y es estudiante de Educación Social. “Yo siento que Cristo es mi hombre. Para mí está vivo y me he enamorado de él. Esta prueba la hago por amor”, confiesa tras reconocer que cumple con el voto de la castidad porque es virgen.
Juleysi tiene 20 años y estudiante de moda. Sin duda es el caso más particular y la que peor lleva estar encerrada, a pesar de amar profundamente a Dios. “Si no está él, mi mundo se derrumba. Sentí la llamada cuando visité un convento de clausura con una amiga y comprobé que eran más libres que nosotros, a pesar de que nos íbamos a casa”. El único problema es que tiene novio, Alberto, desde hace más de tres años. “Todavía no tengo claro a quién quiero más. A los doce años quería ser monja y es una duda que debo resolver: descubrir si quiero pasar mi vida con Dios o con Alberto”.
De Barcelona llegan las hermanas Janet y Jaqui Capdevila, de 23 y 22 años respectivamente. La primera es administrativa y se considera una amante de la naturaleza. “Tengo una sensibilidad especial. Creo que ser monja es una forma de ser feliz a contracorriente”. En principio, es la que mejor se adapta a las normas y se emociona por la nueva vida que está a punto de empezar. Jaque, en cambio, no lo tiene tan claro. “Tengo ganas de empezar algo nuevo y romper con todo”, dice esta estudiante de filosofía. Preocupada por no poder llevar la ropa que quiere ni maquillarse por las mañanas, se declara una amante de la Biblia: “Me llena, es como escuchar música. Me ha enseñado a hacer todo con amor, hasta ponerme los guantes para limpiar un retrete lo hago con amor”.
Fernanda cierra el grupo. Viene de Mallorca, tiene 23 años y es auxiliar de enfermería. Sin duda es la que lo tiene todo más claro. Su madre, sin embargo, no cree que lo consiga porque la considera demasiado “libre”. “La locura de Jesús es dejarlo todo por amor. Yo quiero seguir esa locura”. Le gusta mucho salir de fiesta y ligar con chicos, algo que ya no podrá hacer a partir de ahora. “No pasa nada, el placer que dan es momentáneo. Me encantan, pero no son imprescindibles. Creo que Dios me ha elegido por ser pecadora”, explica. Y añade: “Un día en misa sentí que no hablaban de San Pedro, sino de mí. Sentía un fuego por el pecho. Hablé con sacerdotes y me dijeron que era claramente una llamada divina”.
Al final de su recorrido, tendrán que decidir si realmente su vocación es tal como para consagrar su vida al servicio de Dios. Como dice Marian, la maestra de novicias de la Congregación del Santísimo Sacramento donde pasan su primera noche en el programa, “Dios no busca gente capacitada, sino por capacitar”.

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