"Te haces mayor, pero siempre serás mi princesa, mi pequeña". Con estas palabras David Bustamante felicitaba hace unos días a su hija Daniella por sus 18 años, una fecha que Paula Echevarría también celebraba públicamente con enorme emoción. La mayoría de edad marca sobre el papel la entrada de nuestros hijos en el mundo adulto, pero ¿qué ocurre realmente en casa al día siguiente de soplar esas 18 velas? ¿Debemos dejar de poner horarios? ¿Hasta dónde podemos opinar sobre sus decisiones? La psicóloga general sanitaria Leticia Martín Enjuto explica que esta nueva etapa exige también un aprendizaje para los padres: dejar progresivamente de decidir por ellos para convertirse en ese lugar al que puedan regresar cuando necesiten orientación. "El gran reto para los padres en esta etapa consiste en aprender a estar presentes sin invadir", advierte la experta.
Cumplir 18 años parece establecer una frontera muy clara: un día nuestros hijos son menores y al siguiente son legalmente adultos. Psicológicamente, sin embargo, la transición resulta mucho menos inmediata. "La mayoría de edad establece legalmente que ese hijo ya es adulto, aunque emocionalmente el proceso de convertirse en una persona plenamente autónoma requiere mucho más tiempo", explica Leticia Martín Enjuto. Y la transformación no afecta únicamente al joven. También obliga a sus padres a aprender una nueva manera de relacionarse con él. La experta explica que, junto "a la satisfacción al ver cómo su hijo crece y empieza a tomar sus propias decisiones, también hay cierta inquietud ante la posibilidad de que se equivoque o tome caminos que ellos no consideran adecuados. Después de tantos años protegiéndolo y guiándolo, aprender cuándo intervenir y cuándo dar un paso atrás puede resultar complicado".
El gran cambio de los padres: dejar de decidir por nuestros hijos
Uno de los grandes errores que cometemos es pensar que tener 18 años es ser completamente maduro. "Es importante recordar que la madurez no llega de forma automática con el cumpleaños número 18", sostiene Leticia Martín Enjuto. Gestionar las emociones, asumir responsabilidades, organizarse, tomar decisiones y aceptar sus consecuencias son capacidades que continuamos desarrollando progresivamente. Por tanto, que nuestro hijo adulto siga necesitando consejo o ayuda no significa que exista un problema. Lo que sí debe cambiar es la forma en la que se la proporcionamos.
"Uno de los cambios más importantes consiste precisamente en modificar la manera de ejercer la parentalidad. Los padres pueden pasar de decidir constantemente por sus hijos a convertirse en figuras de referencia a las que acudir cuando necesiten orientación. Escuchar, preguntar, aconsejar y ofrecer apoyo puede ser mucho más beneficioso que resolver continuamente sus problemas. Dar espacio para que aprendan también forma parte de educar", expone la experta.
La libertad de horarios es, probablemente, una de las conversaciones más habituales en cualquier familia cuando llega la mayoría de edad, sea la de la libertad, pero ser legalmente adulto no significa necesariamente ser independiente. Muchos jóvenes continúan viviendo con sus padres y dependiendo económicamente de ellos después de los 18 años. Eso obliga, según la psicóloga, a encontrar un término medio. "Tener 18 años no significa que desaparezcan todas las normas de la casa, especialmente cuando el joven continúa viviendo con sus padres", afirma. Lo que sí puede haber llegado el momento de hacer es renegociarlas. Horarios, estudios, trabajo, dinero, tareas domésticas, visitas o intimidad pueden abordarse de una manera diferente a como se hacía cuando el hijo era menor. "El objetivo no debería ser imponer un control absoluto, sino establecer unas condiciones de convivencia respetuosas para todos", expone la experta.
Dejar que nuestros hijos se equivoquen también es educar
Esta quizá sea una de las partes más difíciles. Podemos tener clarísimo que una determinada decisión va a terminar mal y sentir la tentación inmediata de impedir que nuestro hijo la tome. Sin embargo, Leticia Martín Enjuto recuerda que aconsejar y respetar son perfectamente compatibles. "Cuando un joven se equivoca, los padres pueden sentir la necesidad inmediata de intervenir para evitarle el sufrimiento, pero enfrentarse a determinadas consecuencias también forma parte de aprender", destaca. También recomienda no comparar a nuestros hijos con otros jóvenes de su edad. "Comparar constantemente a un hijo con sus amigos, hermanos o conocidos puede aumentar la presión y hacer que interprete su proceso como un fracaso cuando, en realidad, simplemente está construyendo su camino", expone la psicóloga. Y añade: "No existe una edad concreta a la que todos los jóvenes deban estudiar, trabajar, independizarse o saber exactamente qué quieren hacer con su vida".
El joven necesita libertad, pero sigue necesitando referentes. Debe asumir responsabilidades, pero también saber que puede pedir ayuda. Necesita equivocarse y, al mismo tiempo, tener la seguridad de que existe un lugar al que regresar. Y los padres tienen que aprender a ocupar ese nuevo espacio. "Cumplir 18 años no supone dejar de ser padres, sino aprender una nueva manera de serlo: su gran reto en esta etapa consiste en aprender a estar presentes sin invadir, orientar sin decidir y confiar sin dejar de acompañar", sentencia Leticia Martín Enjuto.















