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Antes de que a mi padre le diese por la carpintería y aprendiese a hacer sus propias creaciones con gubias, formones y paciencia, en la cocina de mi casa predominaba la porcelana. El menaje de porcelana, más bien. No hablo de platos, vasos y fuentes (que, evidentemente, siempre han sido de cerámica y porcelana) sino de todo lo que hay alrededor del acto de cocinar: cucharas, el recipiente de los cubiertos e, incluso, los morteros.
De todos los accesorios, ese mortero es el que recordaba con especial cariño. Exactamente, el mortero de loza que había en casa de mi abuela. Era el mítico mortero valenciano que ha estado presente en muchas casas españolas desde hace décadas y que, actualmente, con morteros mucho más sofisticados, ha quedado relegado a hacer salsas como el ali-oli.
Este mortero valenciano, en color amarillo y con dibujos en verde, con un brillo especial, se rompió y fue sustituido por uno de madera hecho por mi padre, así que dejé de verlo en mi casa hace mucho tiempo. De hecho, pensaba que ya no se vendían.
Mi sorpresa, sin embargo, ha sido muy grata cuando he visto que hoy en día todavía puedo conseguir el famoso mortero valenciano (también llamado mortero de Manises por el sitio donde está fabricado) que guardo con tanto cariño en mi corazón. Y que, además de para ayudarme a machar ajo y perejil, sea perfecto para decorar mi cocina pequeña de estilo retro.
El mortero de cerámica que más me recuerda a la infancia
Guarda la forma original de toda la vida y los colores míticos que le han llevado a ser uno de los elementos más reconocibles de cualquier cocina española y mantiene, además, la maza de madera, con el mismo torneado y el mismo barniz.
Lo mejor es que este mortero en clave retro (como todo lo que voy encontrando este 2026) me ha costado menos de 9 euros, está fabricado en España, y todo lo que me da a cambio le hace ser un elemento mucho más valioso. Yo, desde que me independicé, tenía en casa morteros de madera que ya se estaban agrietando porque, antes de ser míos, fueron de mi madre, así que con este estoy encantada. Sé que el único cuidado que debo tener con él es no darle demasiado fuerte cuando lo utilice, porque se puede astillar. Y que tengo que tratarlo con el mismo cuidado con el que trato a los platos y los vasos que hay en mi cocina, porque es igual de delicado.
De hecho, ahora mismo lo tengo colocado en el centro de la mesa de comer a modo de adorno cuando no tengo flores frescas en casa. Y, la verdad es que, junto al mantel icónico del mapa de España con el que también me he hecho, aporta un toque diferente y muy personal (al más puro estilo 2026). Además, es mi particular forma de rendir homenaje a las raíces de las que vengo. De hecho, mis amigas, cuando vienen a casa no paran de preguntarme por él porque, al igual que yo, lo recuerdan de su infancia. Y más de una, ya me lo ha copiado.




