Si de Sevilla nos seducen las vajillas de La Cartuja y de la isla de Murano sus particulares copas, quien haya visitado Galicia no creo que haya podido olvidar tan fácilmente los míticos potes. ¿Te suenan? Su particular historia comienza allá por el siglo XVIII, cuando el marqués de Sargadelos puso en marcha su propia industria siderúrgica, especializada, eso sí, en ollas de hierro. No es una trama de 'La Promesa', pero desde luego con su aventura empresarial cambió para siempre la historia de su comunidad.
Inspiradas en los modelos importados de Burdeos, este proyecto aprovechaba los recursos de la zona —hierro, madera, agua— y la proximidad marítima para exportarlas. Debido a su éxito, enseguida surgieron otras fundiciones gallegas como la de Malingre en Orense o la de Alemparte con base en Carril, que consolidaron la producción local de potes. No había mujer gallega que no contase con el suyo propio.
El mítico pote gallego para cocinas actuales
No perdamos de vista que el triunfo del 'pote' gallego como invento encuentra sus raíces en los fogones tradicionales construidos generalmente en piedra. Nuestras cocinas han cambiado en los últimos tiempos y necesitamos nuevas ollas de hierro que conserven los beneficios de las tradicionales, pero cocinen el lacón con grelos con una pizca de modernidad y tecnología actual. En una firma como WMF está la clave.
He dado en Amazon con una de las ollas de la marca, reconocida por su compromiso con la calidad, la innovación y la funcionalidad. Fabricada en hierro fundido esmaltado, destaca por su extraordinaria capacidad para almacenar y distribuir el calor de forma uniforme, evitando puntos calientes y favoreciendo una cocción lenta y constante. Además, es compatible con todo tipo de cocinas, incluidas las de inducción, gas, vitrocerámica y eléctricas, y soporta altas temperaturas, por lo que también puede utilizarse en el horno.
Uno de sus grandes atractivos es la tapa con protuberancias de condensación. Este diseño permite retener hasta un 25 % más de humedad en el interior y redistribuir el líquido de manera uniforme sobre los alimentos, consiguiendo carnes más jugosas, verduras tiernas y salsas llenas de sabor sin necesidad de añadir grandes cantidades de caldo.
Más allá de sus prestaciones técnicas, también convence por su estética. Su silueta cónica, las líneas marcadas de la tapa y las asas ergonómicas aportan un aspecto elegante que permite llevarla directamente de los fogones a la mesa. Eso sí, cada pieza presenta pequeñas variaciones propias de su fabricación artesanal e incorpora un número de serie individual, por lo que de alguna manera cada olla es exclusiva.
Con más de 170 años de tradición, WMF continúa apostando por productos que combinan diseño, funcionalidad y durabilidad. Estamos ante una reinterpretación contemporánea del clásico pote que demuestra que las recetas de toda la vida pueden seguir cocinándose con el mismo cariño, pero aprovechando las ventajas de la tecnología actual. Este verano, el pulpo nos queda de maravilla.















