Álvaro Quintana, la joven promesa de ‘Acacias 38’: “Soy tan romántico como Antoñito”

Curtido en las tablas gracias a La Joven Compañía, el intérprete debuta en la televisión gracias al entrañable personaje que se ha convertido en uno de los más queridos por los espectadores.

 

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Llegó al mundo de la interpretación a través de la música, distingue entre actor y artista –“Intento acostarme cada siendo un artista, a veces lo consigo y otras no”, reconoce– y entró en Acacias 38 gracias al tesón de Eva Leira y Yolanda Serrano, directoras de casting de la telenovela y que estaban convencidas de que no había otro mejor para interpretar a Antoñito. Gracias a este personaje, Álvaro Quintana se ha ganado el cariño de los espectadores.

¿Cómo llegaste a la serie?
Pues me surgió una prueba con Eva Leyra y Yolanda Serrano para La peste, de Movistar +. Me dijeron que ahí no les había encajado pero a la semana siguiente me llamaron para otra prueba, luego otra… Y a las cinco semanas estaba en Acacias 38. Confiaron en mí y buscaron el proyecto que me encajara mejor.

Y entonces llegó Antoñito…
Eso es. Yo no había hecho nada de televisión y reconozco que llegué al medio un poco reticente. Viniendo del teatro, me lo imaginaba todo mucho más frío, pero no es así. He encontrado compañeros a los que miro a los ojos y veo cosas. Yo siempre diferencio entre actor y artista y aquí me he encontrado con auténticos artistas. Y este personaje me ha permitido conectar con la parte más liviana de la vida, que también es muy necesaria. ¡Ahora hasta mi abuela me llama Antoñito! 26 años ganándome la reputación de ser Álvaro para esto… (risas)

El ritmo de una diaria, ¿es tan duro como dicen?
Es complejo, ahora me he acostumbrado y ya no me dan las cuatro de la mañana estudiando. Es cuestión de organizarte para saber qué estás grabando porque puedes llegar a rodar hasta 15 secuencias al día de capítulos distintos.

Algo complicado viniendo del teatro…
Claro. En teatro hay un arco cerrado, un principio y un final. Aquí vas descubriendo al personaje día a día y te toca defender cosas que no entraban en tus planes.

¿Y cómo has preparado el personaje?
Me gusta mucho investigar sobre la época: el arte, la sociedad del momento… Pero tampoco quiero que eso me encorsete. Para mí lo importante es no juzgar al personaje. Aunque era otra época, la gente amaba, sufría, sentía, odiaba y era impredecible, como ahora.

Pero Antoñito no es nada sin Lolita (Rebeca Alemañy).
Absolutamente. Mi relación con ella es maravillosa. Ya en la primera prueba tuvimos mucha química. Escucha, mira… Y eso es algo que, aunque debería ser siempre así, no lo es. Es una gozada trabajar con ella: debatimos sobre las escenas, las comentamos…

¿Y qué tal llevas los bofetones qué te da?
¡Yo más bien los llamaría puñetazos! (Risas). Pero, casi peor que eso, han sido las cobras que me ha hecho. Seis meses intentando cortejarla y ella pasando de mí. ¡No he recibido tantas cobras en mi vida! Llegó un momento en que ya empecé a sentir minada mi moral como persona (Risas).

¿Tienes algo en común con él?
Soy romántico como él. Y soñador, mucho. En el mejor y en el peor sentido. Porque tener un objetivo más alto del convencional a veces provoca que no siempre esté en lo terrenal.

¿Y también eres caradura?
Pues, aunque a veces podría parecerlo, espero que no (risas).

¿Cómo va a evolucionar el personaje?
Solo puedo decir que continuará reformándose. Va a seguir en esa línea. La experiencia de pasar por la cárcel y estar amenazado por medio barrio le ha tocado… Eso sí, lo que tengo claro es que Antoñito no va a perder ese toque macarra porque cambie.

Si tuvieras que quedarte con una secuencia solamente…
Recuerdo con mucho cariño una que grabamos con María Pulido como directora en la que le organizaba una sorpresa a Lolita en la zona de la pérgola. Le ponía velas, flores, había un tipo tocando el violín… Me metí tanto en la historia que me dolió muchísimo que me dijera que no. Y también recuerdo que, toma tras toma, la flor iba perdiendo hojas, pero yo quería mantener siempre la misma.

¿Qué tal llevas que te reconozcan por la calle?
Pues es curioso porque cuando trabajaba en el teatro estaba acostumbrado a que me reconocieran en la puerta, relacionado con el trabajo claro. Y ahora, igual estoy en la playa haciendo el tonto y de repente oigo: “¡Antoñito!”. Me choca que me reconozcan fuera del trabajo. Pero lo que más me sorprende es la cantidad de público joven que nos sigue. Y todo el mundo se acerca con muchísimo cariño y respeto.

¿Y notas que, desde que estás en la serie, tienes más ofertas de trabajo?
Sí y no. Surgen más cosas porque tienes más visibilidad, pero también saben que, al estar en una diaria, es muy difícil que puedas compaginarlo con algo más.

¿Dirías que eres actor por vocación?
Pues no fue intencionado del todo. De pequeño me gustaba mucho imitar, bailar… Y me metía a fondo en todos los juegos a los que jugaba. Todos me decían: “Tú vas a ser actor”. Pero, en realidad, empecé por la música. Mi sueño era ser una estrella del rock.

Entonces cantas y tocas la guitarra…
Sí. Como no me has preguntado si lo hago bien o mal, te diré que canto y toco la guitarra (risas). Me gusta mucho. La música tiene esta cosa de que cuando actúas, te liberas porque eres tú. No hablas a través de un personaje.

¿Y cuándo apostaste de verdad por la interpretación?
Empecé a estudiar Arte Dramático porque un amigo me pidió que me apuntara con él a la Escuela Municipal de Arte Dramático de Madrid. Como por aquel entonces tenía un grupo, pues vi que había asignaturas de voz, respiración, control de cuerpo, movimiento escénico… El primer año lo compaginé con el bachillerato pero, en el segundo, me di cuenta de que no podía hacer las dos cosas y tuve que elegir.

Hasta que llegó tu fichaje por La Joven Compañía…
Sí. Y fue como una mili. Había funciones en Madrid, gira… O te convertías en espartano o te morías. Pero los que condecn la compañía saben gestionar la disciplina, cuidar las emociones… Ahora he vuelto a retomar el contacto con ellos a través de encuentros, entrenamientos, lecturas… Me gustaría mucho volver a trabajar con ellos.

Muchos actores que trabajan en ficciones diarias acaban dejándoles por el fuerte ritmo. ¿Tú te ves con fecha de caducidad en Acacias 38?
Sí. En el momento en que deje de aprender y disfrutar. Pero eso es algo que todavía no ha pasado.

¿Y te da vértigo pensarlo?
Sí, pero es lo que nos toca. Solo somos productivos cuando estamos motivados. En el momento en que vas al trabajo a fichar…

¿Estás preparado para la reacción de la audiencia cuando te marches? Porque los seguidores no perdonan…
Si llego a marcharme lo haré con la mejor intención del mundo y espero que siente lo mejor posible.

¿Eres consumidor de series?
Sí, aunque soy un poco de extremos: o no las veo o me hago un maratón. Ahora me he enganchado a La casa de papel. Suelo seguir más ficciones americanas o inglesas, pero me interesan mucho las españolas porque hablan de cosas cercanas a nosotros, me gusta ver el trabajo de los compañeros… Hay una proximidad que no existe con las extranjeras.

¿Y qué opinas de plataformas como Movistar+, Netflix, HBO…?
Que eran necesarias, aunque creo que han llegado muy tarde. Aún así, hay que agradecerlo porque significa más industria, más trabajo, mejores condiciones… ¡Ya era hora! Ahora lo que hay que hacer es invertir en ello.

¿La forma de ver televisión está cambiando?
Absolutamente, pero era necesario. La gente tiene sus horarios, sus rutinas… Y no hay por qué estar esperando a que lleguen las diez de la noche para ver la serie de los martes. Ahora puedes ver lo que quieras cuando quieras. Y luego está el tema de los cortes publicitarios. Tú pones a un chaval de diez años a ver una serie y en el primer corte de anuncios la ha dejado de ver.

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