David Beriain vuelve a DMAX con 'Clandestino': "En Venezuela el secuestro se ha democratizado"

Una temporada más, David Beriain se juega el tipo en 'Clandestino', su espacio de reportanes en DMAX que, en esta ocasión, le ha llevado a Venezuela, Nápoles, Albania, Colombia y EE.UU., entre otros destinos.

La primera entrega es El negocio del secuestro: Venezuela.
Sí, hablamos con víctimas y con victimarios, como cuatro grupo de secuestradores, uno de ellos integrado por policías en activo, que se dedican a esto porque cobran un sueldo mensual de un euro al mes. Hay una ley en Venezuela que dice que no pueden pedir la baja del servicio ni irse a otro país bajo amenaza de traición, así que se ven abocados a delinquir para dar de comer a sus hijos, entonces no les importa ni secuestrar ni asesinar. Todos los secuestradores nos contaron que la mayor parte de los secuestros son ordenados desde dentro de las cárceles. Por eso visitamos una y fue alucinante, no es que estén controladas por los presos, es que nos han recibido armados con granadas de mano, fusiles, y mandan ellos.

¿Su nivel de violencia es equiparable al de México?
La violencia en México también es muy grande, pero no alcanza el nivel de Venezuela. En México es una violencia más teatralizada, más obscena y espectacular, y viene por parte de criminales organizados, pero en Venezuela la violencia es propia de un conflicto armado y te matan por casi cualquier cosa, incluso unas zapatillas. Es un fenómeno relativamente moderno; siempre ha habido secuestros, pero siempre con un perfil muy claro, se raptaba a gente con dinero y estaban muy planificados. Pero ahora los secuestros son exprés, el secuestro se ha democratizado, y si no les sale bien –te pueden pedir 800 ó 1000 dólares solo–, pues te matan. La criminalidad se ha polarizado, ya no quieren bolívares, por ejemplo, porque su moneda se ha devaluado mucho. Es un tipo de delito que hace que la gente se rasque el bolsillo de una manera que no haría nunca, pero al tratarse de un ser querido… El Gobierno está intentando atacar este fenómeno, pero sigue teniendo un alto impacto social. Por eso, muchos venezolanos se marchan del país, no solo por la miseria. Violencia y miseria han provocado ese éxodo tan brutal. Su solución tiene que ser estructural, pues está muy alimentado por la situación que vive el país, donde hay tanta miseria. Ya te digo que muchos policías no tienen otra manera de alimentar a sus hijos. Y luego la impunidad, hay pocas opciones de que te detengan y que pagues por ello.

Hay otro en Nápoles, La baby camorra.
Hemos ido por primera vez en Clandestino a Europa, a Nápoles, para retratar el tráfico de drogas y de armas y el negocio de la falsificación por parte de la camorra napolitana. Una ciudad como Nápoles, en la que por la mañana ves a turistas disfrutando de sus magníficas obras de arte y el sabor de sus calles, sus pizzerías y por la noche te encuentras con camorristas. La Camorra ha sufrido una transformación generacional muy fuerte, con casi niños al mando. Sus códigos se han roto por parte de estos jóvenes, que solo quieren imponer un lenguaje del terror.

¿Cómo convive la sociedad napolitana con ese fenómeno?
Hay una cultura, una especie de esquizofrenia colectiva, en una ciudad capaz de la belleza y autenticidad más increíble, con una delincuencia peligrosísima. Tiene mucho que ver la diferencia entre el norte y el sur de Italia, donde las oportunidades para los jóvenes son diferentes. Los niños crecen en barrios dominados por la Camorra y no han visto otra cosa. La palabra clave es omertá, la ley del silencio. La gente calla por miedo a las represalias y acaban conviviendo con esa doble realidad. Vimos el cambio al entrevistar a líderes históricos de la Camorra: te decían que si ellos dominaban un barrio y alguien tenía problemas para pagar una factura, pues ellos la pagaban a cambio luego de favores. Pero eso ha cambiado, y los nuevos jefes, casi adolescentes, dicen que con el miedo es suficiente para dominar un barrio. Son camorristas millennials, más obsesionados por vivir deprisa, ser famosos en las redes sociales y dejar un bonito cadáver. Han perdido sus códigos de complicidad con la sociedad.

Y de ahí a Albania, un país desconocido para muchos…
Estuvimos con la mafia albanesa, que descarga su cocaína en Italia. En Albania la mafia ha crecido mucho pese a ser un país excomunista y tiene mucho que ver con los códigos de su cultura sobre el honor y la venganza. Trafican con todo, incluso me hicieron un pasaporte falso albanés, ahora también me llamo Emmanuelle (risas).

En los últimos meses se ha creado una alarma social en España con el narcotráfico que hay en el Estrecho. ¿Es comparable a lo que pasa en Nápoles o Albania?
No es equiparable y no tiene nada que ver. La Camorra es violenta y mata, pero en el Estrecho, a pesar del volumen de narcotráfico, no hay tanta violencia. Hay momentos de más o menos alarma social, pero por el tema de la violencia no es equiparable. Y no es algo casual, es una especie de pacto no escrito en España, que las bandas saben que hay líneas que no deben cruzar. Si escalan el conflicto, igual sufren más persecución… El narcotráfico en el sur de España y norte de Marruecos es muy particular.

¿Qué entrega no debemos perdernos?
Todas, pero la que grabamos en EE.UU. es muy interesante. El tráfico de armas desde EE.UU. a toda América Latina, donde han muerto unos dos millones de personas entre 2000 y 2018, un auténtico genocidio. La mayoría fueron asesinados con armas de fuego, que encima, la mayoría proceden de EE.UU. Puedes comprar armas libremente, sobre todo en algunos estados, y como no existe un registro de compradores de armas, es fácil desviarlas al mercado negro: unas 2.000 cruzan la frontera cada día. Acaban en manos de narcos, maras y guerrillas, lo que influyen en la violencia en el continente. Hemos visto de todo, incluso fusiles, bazocas… EE.UU. acaba armando a toda la delincuencia de América Latina, y luego llega Donald Trump y dice que el enemigo es la Mara Salvatrucha…

¿La sociedad estadounidense es consciente de ese tráfico de armas?
En Estados Unidos con el tema de las armas ya se sabe, y el debate que hay sobre su restricción o no está orientado a tragedias locales, como esos tiroteos en discotecas o institutos. Desconocen que muchas de sus armas acaban en Latinoamérica. Se sabe, pero nadie se pone en serio a denunciarlo. No está en el debate público, y en general hay una gran tendencia al aislacionismo, sobre todo en los últimos años. Les preocupa lo suyo, no lo de fuera. Las armas es algo que polariza mucho a esa sociedad; hay estados donde las armas son una religión y el poder del lobby de las armas, con la Asociación del Rifle como líder, ha logrado que no haya un registro sabiendo qué armas tiene cada cual. Puedes comprar las que quieras siempre y cuando lo hagas para tí; pero el comprador solo te pide el nombre y unos datos para saber si tienes antecedentes. Pero no importa qué armas compres, solo importa si tienes antecedentes o no. Ese formulario se lo queda el vendedor y no pasa al Estado, entonces al no exisitir un registro nacional, es más difícil controlar el tráfico ilegal. Es algo heredado de los colonos del Oeste, está impregnado en esa cultura y las resistencias son fuertes. Si tu arma aparece en la escena de un crimen, sí te pueden pedir cuentas… Pero una vez que pasan las fronteras, esas armas están incontroladas. Es decir, que no es difícil hacer negocio con esas armas que compras. Una bala en Estados Unidos vale unos pocos céntimos, pero en Colombia puede valer tres euros. Es un debate muy vivo, pero la cultura proarmas es muy fuerte y que para un europeo nos choca mucho. El problema no es utilizar un arma, sino que el otro no tenga otra para defenderse.

¿Y de narcotráfico?
En Herederos de Pablo Escobar vemos quién controla ahora el negocio de la cocaína en Colombia; hemos acompañado a los agentes de la Operación Agamenón, en la que persiguen a un capo más personas que a Pablo Escobar en su momento. Hemos estado en la selva e incluso hemos grabado laboratorios industriales de cocaína en la selva.

Y el momento más delicado fue…
Ha habido muchos, porque es un programa delicado y no solo por la seguridad, sino también por la dificultad. Incluso estuvimos tres meses en un hotel de República Dominicana esperando que pasase algo, que no pasó. Y que en Discovery nos permitan hacer estas cosas, no tiene precio y es muy raro. Cada capítulo ha sido muy difícil de conseguir. Acceder a la cárcel de Venezuela fue muy delicado, por ejemplo, ya que lo hicimos sin el conocimiento del Gobierno venezolano. Estar con la guerrilla, cuando su campamento puede ser bombardeado, pues también es peligroso. Pero es nuestra manera de acercar a los espectadores estas realidades.

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