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La princesa Mette-Marit de Noruega ha tenido que salvar muchos escollos en su vida 'Real', y es que su pasado buscando pareja en televisión, su relación con un traficante de drogas y sus propios coqueteos con ese tipo de sustancias no fueron algo que la sociedad noruega (y especialmente la Familia Real) aceptaran de un día para otro. Se tuvo que labrar su propia reputación para ser respetada, en primer lugar, por la familia de su marido, el príncipe heredero Haakon, y por sus conciudadanos después, y cuando parecía que su vida personal no podía darle más problemas, ahora su pasado ha vuelto a darle dolores de cabeza, primero por haber salido a la luz más detalles de su pasado con el agresor sexual Jeffrey Epstein, a lo que se ha sumado el inicio del juicio de su hijo mayor, Marius Borg, cuyas 38 acusaciones no hacen que su futuro pinte muy bien... quizá igual que el de su madre: "Mal futuro le asoma a Mette-Marit", deja claro el periodista Ángel Antonio Herrera en su columna semanal en DIEZ MINUTOS.
El experto en crónica social lo tiene claro: "La acorrala su pasado", afirma. "Resulta que se trató con Jeffrey Epstein, el delincuente sexual, y que su hijo –el de Mette-Marit, no el de Epstein– está en juicio por violencia sexual y más causas. Ella ha sido siempre una princesa un poco traspapelada, pero princesa, que ahora tiene el trono difícil, porque su vida, y la hoja de servicios, no ofrecen un retrato limpio, precisamente. Ya ha pedido perdón, pero el perdón es mera espuma", asegura.
Mientras en Noruega ya está en la calle el debate de si la monarquía es realmente el sistema que el país quiere mantener, dejando a la Familia Real con su peor crisis en décadas, la imagen de Mette-Marit ya está por los suelos: "Las encuestas le retiran la confianza para el ascenso en la monarquía noruega. A Mette-Marit se le ha permitido una existencia fuera del molde mientras esa diferencia ha resultado útil al relato. Pero el clima ha cambiado, y esa misma diferencia se ha vuelto carga, crítica, desprecio", señala Ángel Antonio, que opina contundente: "La mujer que había sido símbolo de apertura ha pasado ya a ser un símbolo de vulnerabilidad institucional. Peligroso giro".
La reputación es cada vez más difícil de mantener, porque un paso en falso supone que toda la imagen de una persona, y hasta de una institución entera con siglos de historia como es la monarquía noruega, caiga como un castillo de naipes. "Esta crisis no habla solo de ella. Habla de una época en la que la reputación es un frágil sitio, porque la culpa se contagia por proximidad de amistad o familia, y la prensa no perdona. No diré que su declive es una caída, pero casi: ningún símbolo sobrevive intacto a la sospecha permanente", reconoce con dureza Herrera.












