José Sacristán (Madrid, 1937) ha dicho 'hasta aquí'. El actor y director ha decidido, a sus 88 años, que ya era momento de retirarse de la interpretación, y fue el pasado 8 de junio, durante su visita a 'La Revuelta', donde anunció que quiere jubilarse. Y lo puede hacer con la sensación del trabajo bien hecho, porque entre Goyas, Conchas de Playa, Premios Feroz y Fotogramas de Plata, está claro que la carrera de José no solo ha sido prolífica, sino también un éxito. Ahora José es una de las caras más reconocidas y reconocibles del panorama del espectáculo español, con más de 100 películas a sus espaldas (de las que ha dirigido 3) y otras tantas decenas de obras de teatro, José ha tocado todos los palos. Pero esta vida que ha tenido no era, ni siquiera, un sueño cuando era pequeño, porque en una infancia marcada por la posguerra, unos padres ausentes, el hambre y la polarización de la sociedad después de una Guerra Civil, salió adelante como pudo. "Mi madre era mi abuela, y mi padre era mi tío", comentó en una ocasión.
José Sacristán ha hablado en varias ocasiones de su dura niñez y de su adolescencia con la lucidez de quien sabe que su historia es compartida con miles de personas de su edad, porque los problemas que él enfrentó en su infancia fueron compartidos por muchos, especialmente por los del bando perdedor de la guerra. "En mi infancia había una frontera muy clara entre la pobreza y la miseria. Éramos pobres, pero no miserables. Mi abuela y mi madre hacían milagros para que el hambre no nos quitara la alegría de jugar en la calle", le contó a Mamen Mendizábal en el programa 'Palo y astilla', en el que repasó su vida y su trayectoria profesional.
La complicada relación de José Sacristán con sus padres en su infancia
Además de todo lo que le tocó vivir de pequeño entre cartillas de racionamiento y pobreza, hubo que añadir la ausencia de sus padres, Natividad y Venancio, al que conoció cuando ya tenía 6 años, pues tras la guerra estuvo preso por pertenecer al bando republicano. "La Nati, al principio, era una ausencia, porque cuando yo tuve noticia de que estaba en este mundo, en Chinchón, mi madre era mi abuela, la madre de mi madre, y mi padre era mi tío, porque mi padre estaba en la cárcel, y mi madre andaba de un sitio para otro llevándole comida, llevándole ropa, tratando de buscar recomendaciones o ayuda para poder sacarle de la cárcel; entonces, la primera noticia de mi madre es la ausencia, y la celebración de cuando llegaba. Me acuerdo de cuando íbamos a buscarla a la estación, que venía en aquel tren de Arganda, que tardaba 5 horas en llegar desde Chinchón a Madrid, y cuando 'la Nati' aparecía, 'la Nati' era el sitio donde mejor se estaba, porque además por la noche me cantaba flamenco; las canciones de cuna que yo he oído eran los fandanguillos y fandangos que me cantaba mi madre", desveló José sobre ella, a la que calificó como su gran "cómplice" cuando podían estar juntos.
José Sacristán, sobre su padre: "Era extremadamente difícil reclamar de ese hombre cualquier cosa que se pareciese a la ternura"
El actor no tuvo una gran relación con su padre, pero con los años ha sabido perdonar al darse cuenta de que la fría actitud de su padre no era ser duro porque sí, sino por todo lo que había tenido que enfrentarse en la vida, a pérdida tras pérdida, derrota tras derrota. "Frente a la complicidad de 'la Nati', estaba el adversario, el contrincante imposible de intentar vencerle, en ninguno de los aspectos, y mucho menos el moral o el físico. En absoluto. Era el contramuro perfecto para mí; era el hombre que quería hacer de mí un hombre de provecho para que no me pasara lo que le pasó a él, que fue derrotado, que fue vencido. Es un hombre acostumbrado a la pena. La pena de su madre, que muere de cáncer, y viene el médico y le da una receta, y no hay dinero para comprar ni la medicina ni los alimentos, y la madre grita de dolor que no puede más, y el padre le dice: 'cierra la puerta por lo menos, que no lo oiga'. Y muere su hermana de cáncer también. Entonces, convive con la pena, con el dolor y con la mala hostia, y luego viene una guerra, y la pierde... Hay una costumbre del dolor, hay una costumbre de la derrota, también una costumbre de tirar para adelante y vencerlo todo. Era imposible, extremadamente difícil, reclamar de ese hombre cualquier cosa que se pareciese a la ternura, porque estaba incapacitado".
El día que José Sacristán conoció a su padre en la cárcel con 6 años: "Vi a un hombre humillado por la victoria de los otros"
La red familiar de José Sacristán nunca fue débil, pero sí incompleta, y es que, aunque no le faltó familia que le criara y le cuidara, las ausencias de sus padres fueron notables. A su madre la veía poco, pero a su padre no le conoció hasta los 6 años. Hasta entonces, solo sabía de él lo que le contaban, hasta que por fin llegó el día de conocerle entre sorpresa y lágrimas de emoción. "No había amanecido todavía cuando mi madre me visitó. Yo notaba que nos íbamos a Madrid. Mi abuela lloraba, mi tía lloraba… Había una sensación de tragedia y de esperanza al mismo tiempo, que un crío de 6 años no sabe nombrar, pero siente en los huesos", le contaba el actor a Mendizábal en 'Palo y astilla'. "Recuerdo verlo allí, de pie, con una maleta de madera y una mirada que venía de muy lejos. Mi madre me dijo: Este es tu padre. Lo que vi fue a un hombre humillado por la victoria de los otros, pero que mantenía una verticalidad que me impresionó".
"Recuerdo las visitas a la cárcel de Ocaña para ver a mi padre a través de unos locutorios con doble reja. Yo era un niño que no entendía de ideologías, pero entendía perfectamente el dolor de ver a mi padre encerrado por sus ideas. Aquello me dio una medida de la libertad que no he olvidado nunca", apostilló.
José Sacristán no podía decirle a su padre que quería ser actor: "Mi padre hubiera sido un miserable"
La rectitud del padre de José marcó el resto de la vida del actor, que desde muy joven tuvo que buscarse la vida trabajando. Encontró trabajo como tornero fresador en el taller de un amigo, pero él sabía que ese no era su mundo. Estaba hecho de otra pasta, cuando ya desde pequeño jugaba a actuar en el corral de su casa de Chinchón. "Me ponía las plumas de las gallinas y jugaba a ser otro. Ser actor fue mi manera de no aceptar la realidad que me había tocado vivir, de inventarme un mundo donde no hubiera rejas ni cartillas de racionamiento".
Sin embargo, no pudo dedicarse a ello hasta bien adulto, porque sabía que su padre no lo iba a entender. "Mi padre hubiera sido un miserable si, al llegar mi madre, hubiera sido todo 'qué bonito, qué bien, hijo, que quieres ser artista'. Él hubiera sido un miserable, porque era él el que tenía la noticia de lo que estaba pasando en este país, de lo que había pasado, y que lógicamente ese era para mí un camino abocado al abismo. Ni violencia, ni mala uva, ni resistencia... simplemente era una actitud. A mí me bastaba con una mirada para darme cuenta de que yo no podía ni enfrentarlo ni ponerlo en cuestión. Simplemente, igual que él me demostraba con su comportamiento diario cómo era él, yo tenía que ver la posibilidad de, un día, poder demostrarle a mi padre que esto que a mí me pasaba tenía la legitimidad y tenía la importancia que podía tener para él el hecho de trabajar la tierra".
Precisamente sobre su padre también dio algunas pinceladas en otra entrevista en el podcast 'Por el principio', del que recalcó que tuvo que trabajar muy duro para poder salir adelante. "Hizo de todo el Venancio, de todo. Trabajó primero 12 horas en una fábrica de recauchutados, y luego en Coromina Industrial. Después iba a hacer de chico de los recados a una tienda de ultramarinos en la calle San Vicente, y luego me llevaba con él a vender en la puerta de la plaza de toros, porque en aquella tienda le regalaban los sacos y los costales […]. Otra de las cosas que hizo fue cortar leña en un almacén de leña. Y ahí estaba un gris, que se quitaba el uniforme y la gorra y cortaba leña con el rojo, en una especie de anticipo de la reconciliación nacional", desveló.


















