Unai Simón es una de las grandes apuestas de Luis de la Fuente, para la Selección Española de Fútbol que se juega este verano el Mundial de 2026, de Estados Unidos, México y Canadá. Su rol de portero hace que sean muchos los que se encomienden a sus puños y piernas para despejar los tiros más envenenados de los rivales, intentando ser el sucesor del título de 'santo' que se ganó Iker Casillas.
Unai no nació siendo el héroe tranquilo que hoy aparece bajo palos con España y el Athletic Club. Antes de convertirse en uno de los porteros más importantes del fútbol español, fue un niño de pueblo, de esos que crecen con la cuadrilla de siempre, el campo cerca y una relación muy directa con el esfuerzo. Aunque oficialmente nació en Vitoria-Gasteiz, su infancia está profundamente ligada a Murgia, en el municipio alavés de Zuia, un lugar que él siempre ha sentido como casa.
Allí empezó todo. En el fútbol base de Zuia, Unai era un niño grande, intenso y con una competitividad que ya llamaba la atención. Él mismo ha contado alguna vez que acabó en la portería casi por casualidad, entre bromas sobre si era por ser “muy grande” o “muy vago”. Pero lo cierto es que aquel puesto terminó encajando con su carácter: serio, analítico y poco dado al espectáculo gratuito.
Una infancia entre Murgia, Zamora y la portería
La historia familiar de Unai también ayuda a entender al jugador que vemos hoy. Su padre, Daniel Simón, procede de San Marcial del Vino, en Zamora, un pueblo al que el portero acudía de pequeño durante los veranos. Allí jugaba en el frontón, se tiraba al suelo sin miedo y seguía alimentando esa relación tan física con el deporte. Su madre, vinculada también al ámbito de la seguridad, fue una figura importante en su educación y en la importancia de no abandonar los estudios.
Pero el detalle que mejor define su infancia deportiva es otro: su padre grababa sus partidos. Después, Unai analizaba las jugadas, los errores y las paradas con una seriedad poco habitual para un niño. No quería solo jugar. Quería entender. Quería mejorar. Y cuando algo salía mal, lo vivía con una rabia enorme.
Un apasionado de la orientación
Uno de los rasgos más llamativos de su infancia era su pasión por la orientación, que se la inculcó su padre. Una búsqueda a través de mapas y brújulas que practicaba con su hermano, lo que les marcó la concentración, lectura del entorno y toma rápida de decisiones, rasgos muy compatibles con la personalidad que se le ve bajo palos.
La fidelidad de Unai Simón al Athletic Club
A los 11 años ya había entrenadores que veían en él algo especial. Javier Barbero, el que fue entrenador de porteros del Deportivo Alavés y tutor del curso GK UEFA B, destaca tres rasgos de aquel Unai niño: personalidad, competitividad consigo mismo y obsesión por mejorar. Según su relato, se enfadaba cuando no le salían las tareas y quería ser el mejor. También recuerda escenas en el aparcamiento de Olaranbe, junto a su padre, intentando consolarle porque salía llorando de rabia tras encajar un gol que creía evitable.
Después pasó por el Aurrera de Vitoria y, con apenas 16 años, llegó el gran salto: Athletic Club Fútbol base. Mudarse a Bilbao siendo tan joven no fue fácil. Pero ahí empezó a forjarse el portero que hoy todos conocen. Y es que, salvo una pequeña etapa en el Baskonia, Unai se mantiene fiel al club que le dio la oportunidad de dar el salto, donde continúa jugando a día de hoy.
La infancia de Unai Simón tiene barro, pueblo, familia, exigencia y una obsesión silenciosa por mejorar. Quizá por eso, cuando todo tiembla, él parece no hacerlo.















