Detrás de cada deportista profesional hay una historia de superación, crecimiento personal y momentos delicados que han forjado su carrera en el exigente mundo del fútbol de élite. No para todos llegan al estrellato ha sido un camino de rosas. Ya te contamos lo duro que fue para Ferrán Torres su etapa en la residencia del Valencia. "El domingo por la noche era llorar y llorar", confesaba en una íntima entrevista el joven del momento. Para Alejandro Grimaldo también fue muy difícil separarse de sus padres. Y es que, detrás de cada carrera brillante existe un punto de inflexión silencioso, alejado de los estadios abarrotados. Ese instante en el que un niño tiene que madurar a la fuerza para perseguir su sueño. En la vida de Alejandro Grimaldo, ese momento llegó en 2008, cuando apenas tenía 12 años. Ahora, después de la bienvenida al Atlético de Madrid tras su fichaje. Repasamos su infancia, como ya lo hemos hecho con algunos jugadores de la Selección como Pedri, Pedro Porro, Unai Simón o Álex Baena.

Nacido en Valencia en 1995, Grimaldo comenzó su andadura futbolística con solo cinco años en la cantera del Valencia CF, jugando como centrocampista. Su talento era evidente, pero a los doce años se presentó la oportunidad que cambiaría el rumbo de su vida: el FC Barcelona llamó a su puerta para incorporarlo a La Masia. Para cualquier chaval de su edad, la propuesta era una bendición; para su familia, una prueba de fuego emocional.

"Mis padres me lo dijeron y, de primeras, con la valentía de un niño, dije: '¡Sí, sí, vamos!'. Pero cuando llegas allí y te ves solo, es un choque fuertísimo. Echaba mucho de menos a mi familia y a mis amigos", ha confesado el joven en varias ocasiones.

"Los padres aprenden a querer a su hijo a la distancia"

Abandonar su hogar en La Pobla de Vallbona supuso instalarse en la residencia de la cantera azulgrana, separándose de sus padres y madurando a marchas forzadas a más de trescientos kilómetros de casa no solo le afectó a él, también lo hizo a su familia. Su padre, Miguel, ha relatado el coste invisible que pagan las familias en el fútbol base de élite. Mientras el niño intenta adaptarse a la exigencia de un club como el Barcelona, los padres aprenden a "querer a un hijo desde la distancia". Desaparecen esos momentos cotidianos de los que quizás, muchas veces, no somos conscientes ni valoramos lo suficiente. Las conversaciones improvisadas al volver del colegio, un desayuno en familia, cumpleaños... pequeñas momentos de complicidad familiar que desaparecen.

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Agencias / Gtres

"Con 12 años me fui de casa y se hizo muy difícil, es una experiencia que no es fácil, es complicada; eso es una realidad. Me hizo madurar y ver cosas que igual estando en tu casa o los niños que han crecido en su casa pues que no ha podido vivir con esas dificultades que es no tener a la familia cerca", declaró en una entrevista, dejando claro que el deporte de élite no está exento de sacrificios invisibles.