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Hay recuerdos que se dibujan sobre loza fina. Generación tras generación, el paso del tiempo recorre las historias de cada familia. En cada hogar se amplían las mesas, crecen las sillas y cada vez son más los miembros. Todos ellos están unidos por el lazo más importante y, sin embargo, no se trata de la sangre, sino de los recuerdos. Las vajillas de nuestras abuelas llevan formando parte de ellos desde hace más de un siglo.
Aunque todos asociamos a sus casas los platos y vasos Duralex y la vajilla 'buena' de La Cartuja de Sevilla, esta última no era la única que presidía las celebraciones. Existen otras marcas de vajillas que iniciaron su recorrido a finales del siglo XIX y comienzos del XX para conquistar los hogares de nuestros antepasados. Lo sorprendente es que hoy son tendencia en decoración e interiorismo.
Las vajillas de las abuelas vuelven a ser tendencia en la mesa
Pese a que ha habido unos años en los que apenas se ha escuchado hablar de ellas, la vuelta de lo vintage a la cocina ha bastado para que marcas como San Claudio o Santa Clara vuelvan a correr de boca en boca. Y no me extraña: todas ellas son el vivo ejemplo de que lo tradicional nunca se vuelve obsoleto si cuenta con una calidad atemporal, un diseño sofisticado y precios competitivos.
En el caso de Santa Clara, nacida al envés de Vigo solo unos años antes del estallido de la Guerra Civil, es la alternativa más asequible. Sus propuestas cocidas en porcelana son más arriesgadas en relación con el resto y escapan de la tradición para proponer otros estampados más innovadores. Más allá del continente, en contenido también son menos completas y, si bien son ricas en platos, fuentes y tazas, no es de las que llegan al azucarero y la bombonera.
Por el contrario, San Claudio se ciñe por completo a la herencia artesana. Sus fundadores supieron bien cómo hacer de la loza fina de mesa un negocio puntero que conquistó tierras asturianas gracias a sus técnicas innovadoras de decoración bajo esmalte. Es la única manera de conseguir que tanto el diseño como los colores queden inalterables en el tiempo y gracias a esta característica tan especial, han traspasado épocas, dinastías y fronteras. Sus diseños son clásicos sin caer en lo recargado y sus precios resultan accesibles todo tipo de familias, si bien un juego de mesa al completo requiere una inversión.
Cerramos con La Cartuja de Sevilla que, si bien es la más cara, es a nuestro juicio, la que cuenta con más posibilidades. Sus colecciones oscilan entre las cubiteras, las salseras y hasta las bandejas para pastas, además de la selección más variada de platos, vasos y tazas. No podemos perder de vista que es el primer gran horno español, precursor en los colores, las formas y decorados clásicos. Desde 1841 han puesto en marcha un estilo propio que se convierte en la principal seña de identidad de la fábrica.
Cada una de estas marcas representa, sin lugar a dudas, un pedazo de la historia de las familias españolas. La pureza de su cerámica y la uniformidad del color no entiende de tiempo ni estilo. Las tres tienen la capacidad de triunfar allá donde se sirve un guiso, un café o un pastel. La confianza es un valor que se riega en las raíces y lo que antaño fue la elección de tu abuela, hoy es tu bien más preciado.














