Durante décadas, las paredes de las casas españolas se han ido vaciando. Los cuadros minimalistas sustituyeron a las composiciones familiares, los tonos neutros se impusieron en la decoración y muchos elementos tradicionales acabaron relegados a desvanes, casas de pueblo o mercadillos de antigüedades. Entre ellos, uno de los grandes olvidados fue el plato de cerámica decorativo, una pieza que durante siglos formó parte de la identidad de miles de hogares y que hoy vuelve con fuerza gracias a una nueva generación de apasionados del interiorismo.

La tendencia no es casual. Frente a unas casas tan minimalistas que solo quedan bien en Instagram, en 2026 la decoración apuesta por recuperar la personalidad, la artesanía y los objetos con historia. Las paredes vuelven a convertirse en protagonistas, pero ya no únicamente con láminas o fotografías: los platos de cerámica pintados a mano regresan como auténticas obras de arte capaces de aportar color, textura y carácter a cualquier estancia.

He colocado un plato de cerámica en la pared y queda de maravilla

Lejos de verse como un elemento antiguo o reservado para la casa de la abuela, los decoradores los incorporan en salones, comedores, recibidores e incluso dormitorios. Colgados de forma individual o formando composiciones de diferentes tamaños, estos platos ofrecen una nueva perspectiva que rompe con la uniformidad de las paredes lisas y conecta el diseño actual con la tradición artesanal.

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La Fajalauza

Además, esta tendencia responde a un deseo cada vez más extendido de rodearse de objetos con significado. Frente a la producción masiva, crece el interés por piezas elaboradas a mano, con pequeñas imperfecciones que las hacen únicas y que cuentan una historia mucho más allá de su función decorativa. Pocas cerámicas representan mejor esa conexión entre patrimonio, artesanía y diseño que la cerámica de Fajalauza, una de las manifestaciones más emblemáticas de la tradición alfarera de Granada.

Su historia comienza tras un momento decisivo para la historia de España: la incorporación del Reino de Granada a la Corona de Castilla en 1492. Lejos de desaparecer, las técnicas cerámicas desarrolladas durante la época nazarí evolucionaron y se adaptaron al nuevo contexto político y social, dando lugar, durante el siglo XVI, a las formas y decoraciones que hoy identificamos como propias de Fajalauza.

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La Fajalauza

A diferencia de otros grandes centros cerámicos de la península, como Sevilla o Talavera, Granada conservó durante décadas una fuerte influencia técnica y estética heredada del mundo andalusí. La presencia de numerosos artesanos moriscos permitió mantener vivos conocimientos transmitidos durante generaciones, desde las técnicas de vidriado hasta el uso del esmalte blanco opacificado y determinados motivos ornamentales que siguen caracterizando estas piezas.

Los talleres supieron adaptar técnicas ancestrales a los nuevos gustos sin perder su esencia, permitiendo que, más de cinco siglos después, sigamos reconociendo los característicos tonos azul cobalto y verde cobre, las granadas, las aves y los motivos vegetales que han convertido a Fajalauza en un símbolo de la artesanía andaluza. Y hoy esa tradición continúa viva gracias a Fajalauza, cuya producción mantiene los procesos artesanales desarrollados desde el siglo XVII en el histórico barrio del Albaicín.

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La Fajalauza

Cada pieza se elabora y se pinta completamente a mano, por lo que no existen dos exactamente iguales. Esa ligera variación entre unas y otras, lejos de ser un defecto, constituye precisamente una de las señas de identidad de la auténtica artesanía. Los platos decorativos son, probablemente, una de las mejores formas de incorporar esta tradición a los hogares actuales.

El regreso de los platos de cerámica a las paredes demuestra que las tendencias no siempre consisten en inventar algo nuevo. Ten en cuenta que su estética combina especialmente bien con materiales naturales como la madera, el lino o la piedra, aunque también genera interesantes contrastes en interiores de estilo contemporáneo o minimalista. En muchas ocasiones basta con volver la vista atrás y recuperar aquello que nunca debimos abandonar.