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Da igual que tengas el mejor colchón del mundo, las sábanas de algodón más suaves, hayas cambiado la iluminación de tu habitación por una luz roja y que hayas seguido todas las recomendaciones para un sueño reparador, como evitar pantallas tres horas antes de acostarse o no cenar comidas copiosas. Si la temperatura de tu dormitorio no es la adecuada, no vas a descansar adecuadamente, con todo lo que ello conlleva a corto y largo plazo. Muchos piensan que en invierno la temperatura idónea oscila entre los 22 y los 25 grados, pero nada más lejos de la realidad. "Se aconseja que la temperatura óptima sea de 18 a 20 grados", ha afirmado el endrocrino Cristóbal Morales en 'Vamos a ver'. Una teoría en la que coinciden otros expertos en salud. Así, el neurólogo Christopher Winter recoge en su libro, 'La solución para dormir', que un dormitorio más frío ayuda a alcanzar una temperatura corporal más cómoda que facilita un sueño más profundo.
"Hay un estudio que dice que dormir a 16 ó 17 grados, que no significa dormir a la intemperie ni con la ventana abierta, es la temperatura a la que el cuerpo duerme bien, descansa bien, los círculos circadianos se respetan y tienen un impacto beneficioso en nuestro metabolismo", explica el doctor Morales, que añade "dormir mal también puede provocar que se engorde, levemente".
Las personas que duermen mal tienen tendencia a desarrollar sobrepeso
El experto en salud, que recomienda mantener la temperatura del dormitorio entre los 18 y 20 grados, argumenta que "una temperatura elevada impide un sueño reparador" e incide en que es importante tener una buena higiene del sueño porque no dormir las horas necesarias, hacerlo deshoras, como les ocurre a las personas que trabajan por turnos, o no descansar adecuadamente "rompe los ritmos biológicos y sabemos que esas personas tienen tendencia a desarrollar sobrepeso u obesidad".
Hay estudios científicos que corroboran que dormir bien regula las dos hormonas fundamentales del apetito: la leptina, que indica al cerebro que estamos saciados, y la grelina, que estimula el apetito. Por lo que, cuando se duerme mal disminuye la leptina y aumenta la grelina. ¿Conclusión? Se tiene más hambre, sobre todo de alimentos ricos en azúcares y grasas y es fácil engordar. También aumenta el cortisol (hormona del estrés), algo que favorece el almacenamiento de grasa, sobre todo abdominal. Sin embargo, si el sueño es reparador aumenta la producción de melatonina y serotonina, que contrarrestan el cortisol.
Dormir bien no solo mejora el estrés o el sobrepeso, también evita otras enfermedades, ya que el sistema inmunitario se regenera con un buen descanso, mejorando así su respuesta frente a virus y bacterias.
Mejorar el sueño es una de las estrategias más eficaces para una salud óptima. Además de un buen colchón, seguir una rutina de horario de descanso, comer sano y hacer ejercicio, presta atención a la temperatura del dormitorio. Y recuerda: la ideal es de 18 a 20 grados.





