El 2 de julio de 2011, Alberto de Mónaco y Charlene Wittstock protagonizaron una boda de cuento de hadas en el Principado. Como manda la tradición monegasca, las celebraciones se extendieron durante tres días y hubo un poco de todo: una cena de gala, dos conciertos y dos ceremonias: una civil el 1 de julio en el Salón del Trono del palacio, el mismo lugar que acogió el 'sí, quiero' de Rainiero de Mónaco y Grace Kelly, padres del novio, y, un día después, otra religiosa en el patio del palacio Grimaldi oficiada por el obispo Bernard Barsi. Fue una fiesta por todo lo alto que contó con un presupuesto de más de 45 millones de euros y de la que conocemos todos los detalles gracias a las crónicas de la época. Curiosamente, una de las grandes protagonistas del enlace fue la novia, Charlene Wittstock, pero no por sus memorables trajes de novia hechos por Giorgio Armani, sino por la tristeza y las lágrimas que recorrieron su rostro durante su enlace religioso. Según se publicó entonces, la nadadora sudafricana, que es 20 años más joven que Alberto, intentó huir de Mónaco, hasta en tres ocasiones, durante las semanas anteriores a su enlace. Según la revista francesa 'L’Express', en mayo de 2011, la joven intentó refugiarse en la embajada de Sudáfrica en Francia cuando fue a una de las pruebas de su vestido de novia; después volvió a intentar fugarse durante el Gran Premio de Mónaco y, por último, días antes de la boda reservó un billete a su país solo de ida tras enterarse de que su futuro marido tenía un tercer hijo ilegítimo, cosa que desconocía. Se contó que llegó hasta el aeropuerto de Niza, pero consiguieron que recapacitara y la esperada boda real se pudo celebrar.
Pero las crónicas de hace 15 años, destacan la tristeza de Charlene en su boda con Alberto de Mónaco. La sudafricana no pudo evitar las lágrimas en varios momentos de la ceremonia religiosa aunque esta transcurrió con normalidad. A pesar de su rostro serio, la princesa escogió uno de los looks nupciales más aplaudidos de la realeza europea. Giorgio Armani fue el elegido para diseñar su vestido de novia, un diseño sencillo y con escote Bardot, que favorecía su figura. Tenía el cuerpo entallado y la falda recta realizada con seda y con un bordado floral con más de 40.000 cristales de Swarovski. El vestido tenía una gran joya y se completaba con un velo.
La Familia Real Española fue la gran ausente en la boda de Alberto y Charlene de Mónaco hace 15 años
A la boda religiosa acudieron más de 400 invitados y algunos miembros de diferentes casas reales, aunque hubo una gran ausencia: la de la Familia Real. Y es que ni los reyes Juan Carlos y Sofía ni Felipe y Letizia, entonces Príncipes de Asturias, viajaron hasta el Principado para acompañar a Alberto y Charlene de Mónaco en su gran día. La única representación española en el enlace fue la de Luis Alfonso de Borbón y su mujer, Margarita Vargas, que acudió como heredero del trono francés. Aunque no hubo ningún miembro de la Casa Real, al enlace no faltaron otros rostros conocidos como Naomi Campbell, Gerard Butler, Roger Moore o los diseñadores Karl Lagerfeld y Roberto Cavalli.
Según recogen las crónicas de hace 15 años, fuentes de la Casa Real explicaron que el rey Juan Carlos declinó la invitación a la boda de Alberto y Charlene de Mónaco por encontrarse todavía convaleciente de una operación de rodilla. "Los príncipes de Asturias no asistirán y el rey no ha recuperado todavía la agenda después de su operación, por lo que no es probable que esté en condiciones de ir a Mónaco", señalaron entonces desde la Casa del Rey a rtve.es y también descartaron que acudiera doña Sofía. La invitación al enlace real estaba dirigida al rey Juan Carlos por ser el Jefe de Estado y, siguiendo el protocolo de manera estricta, decidieron que nadie acudiera en su lugar gestionando otra representación.
El rey Juan Carlos no acudió a la boda porque estaba convaleciente de una operación de rodilla
Don Juan Carlos, que fue operado el 3 de junio de 2011 para implantarle una prótesis en la rodilla derecha, llamó personalmente al príncipe Alberto para excusar su ausencia en su boda y el hermano de Carolina entendió perfectamente sus explicaciones. Según marca el protocolo, los invitados a una boda real deben ser del mismo rango o inmediatamente posterior al del contrayente que, en este caso, era jefe del Estado. Felipe y Letizia, entonces Príncipes de Asturias, sí acudieron al enlace de Guillermo y Kate de Inglaterra, dos meses antes acompañados por la reina Sofía, porque no era una boda de Estado ya que el que se casaba era el heredero del heredero.



















