La reina Sofía acudió el pasado 9 de septiembre al funeral de Harald de Noruega apenas unos meses después de despedir a la princesa Irene, su hermana y una de las personas más importantes de su vida. Dos pérdidas muy distintas, que nos llevan a preguntar a una experta en este tema sobre cómo afrontar el fallecimiento de personas a las que estábamos muy unidas. La Dra. Ana Isabel Sanz, médico psiquiatra y psicoterapeuta, especializada en infancia, adolescencia y adultos, y directora del Instituto Psiquiátrico IPSIAS, destaca el apoyo familiar y la honestidad emocional para sobrellevar el duelo. "Cada nueva pérdida, antes de terminar el proceso del duelo anterior, puede reactivar heridas", nos asegura en una entrevista en la que también comparte consejos que, como psiquiatra, daría a personas que se encuentren en esa situación.
La reina Sofía asistió al funeral de un gran amigo, el rey Harald de Noruega, apenas unos meses después de haber perdido a su hermana Irene. ¿Qué ocurre emocionalmente cuando una persona vive varias pérdidas importantes en tan poco tiempo?
El tiempo de los duelos no es el mismo que el de la vida cotidiana, y eso hace que las pérdidas puedan acumularse antes de que hayamos acabado de elaborar la anterior, sobre todo cuando hemos perdido a una persona muy significativa para nosotros. Cada nueva pérdida, antes de terminar el proceso del duelo anterior, puede reavivar un proceso que todavía no está cerrado, reactivar heridas que aún no han cicatrizado y amplificar un dolor que todavía no hemos acabado de digerir. El resultado es que podemos sentirnos desbordados y agotados psíquicamente, porque esa carga acumulada puede superar unos recursos de afrontamiento que ya están tocados.
¿Es, tras el funeral de un ser querido, cuando empieza realmente la parte más difícil?
El funeral es un acto social, un ritual que además exige prestar atención a las personas que nos acompañan. Todo esto sucede cuando todavía no hemos tenido tiempo de reaccionar emocionalmente y de comprender realmente lo que implica esa pérdida. Por eso, durante el funeral podemos estar desconectados, ausentes, incluso con cierto grado de anestesia afectiva y pendientes de otras cosas. Es después, cuando nos quedamos solos, pasan los días y desaparece esa manifestación de duelo colectivo, cuando empezamos realmente a sentir la verdadera dimensión de la pérdida. Tenemos que enfrentarnos a un día a día diferente y comenzamos a echar de menos todos esos momentos que compartíamos con la persona que ya no está. Es entonces cuando sentimos más intensamente su ausencia y el vacío que deja. Aterrizamos en la realidad de la pérdida y tomamos conciencia de que esa persona no va a estar nunca más físicamente presente en nuestra vida.
"No hay una receta única para vivir el duelo", afirma la psiquiatra
Existe la idea de ser fuertes y seguir adelante. ¿Qué significa realmente "llevar bien" una pérdida?
Llevar bien una pérdida no es lo que muchas veces entendemos socialmente: no manifestar emociones negativas, mantenerse entero, hacerse el fuerte, no molestar a los demás con nuestro malestar y nuestra tristeza o incorporarse rápidamente a la rutina laboral y social. No es nada de eso. Desde el punto de vista psicológico, implica recorrer un camino de elaboración de un dolor intenso y hacerle frente de una manera sincera, honesta y lo más sana posible. Lo primero es reconocer que uno se encuentra mal, que está triste y que pueden aparecer otras emociones como rabia, ira, miedo o incluso alivio porque un proceso doloroso relacionado con la muerte de esa persona ha terminado. Hay que ser honestos con esas emociones, mirarlas de frente, no ocultarlas, al menos ante nosotros mismos, y dejarlas fluir. Lo ideal sería poder compartirlas con nuestro entorno, aunque si este muestra resistencia o rechazo ante manifestaciones como el llanto o el desahogo, al menos debemos permitirnos expresarlas en privado. Después llegará un momento en el que iremos asimilando que no hay vuelta atrás y que esa persona no va a estar nunca más. Aceptar no significa que nos guste ni resignarnos, sino integrar un hecho irreversible para poder convivir con él. El siguiente paso es reconciliarnos con quien ya no está y darle otro lugar: ya no es una persona que está físicamente a nuestro lado, sino alguien presente en nuestro mundo interno, en nuestro corazón y nuestras emociones. Y permitirnos después retomar una vida en la que esa persona ya no está físicamente, sin quedarnos paralizados ni prohibirnos hacer nuevos proyectos o sentir emociones agradables. Eso es llevar bien una pérdida.
Hay personas que necesitan llorar, mientras que otras prefieren centrarse en la rutina. ¿Existe una forma correcta de vivir el duelo o cada persona es distinta?
No hay una receta única. Aunque algunas teorías clásicas puedan dar la impresión de que existe un camino que todos transitamos de la misma manera, cada vez existe más constancia de que hay una forma personal de vivir las pérdidas. Depende de cómo somos, de nuestras herencias culturales, de nuestras experiencias previas y del vínculo que tuviéramos con la persona que hemos perdido. Podríamos hablar de dos perfiles muy diferentes. Hay personas que viven un duelo más emocional, en el que el llanto es frecuente, hablan mucho de la persona querida, repasan los momentos compartidos y procesan la pérdida mediante la expresión abierta de lo que sienten. Otras tienden a protegerse en la rutina, volcarse en el trabajo y estructurar su vida de una manera práctica, mediante proyectos propios o poniendo en orden lo que ha dejado la persona que se ha ido. Rara vez se las ve llorar, aunque eso no significa que no lo hagan en privado. Cualquiera de las dos formas es respetable. De lo que se trata finalmente es de elaborar lo que se ha ido y proyectarnos hacia un futuro en el que esa persona no va a estar.
La importancia de sentirse arropado por la familia durante el duelo
Durante el funeral de Harald de Noruega, doña Sofía ha estado acompañada por su hijo, Felipe VI, y también sus sobrinos, hijos de Constantino de Grecia. ¿Qué importancia tiene sentirse arropado por la familia cuando se atraviesa un duelo?
El apoyo familiar, siempre que no llegue a ser agobiante, ayuda a llevar de otra manera la carga emocional de un duelo. Seguir sintiendo que uno tiene valor más allá de la pérdida y que siguen existiendo vínculos significativos puede ayudarnos a no abandonarnos, a no dejarnos atrapar por esa especie de muerte en vida que supone dejar de hacer cosas. Ese apoyo familiar, siempre que no sea angustioso, sobreprotector o limitante, ayuda a que la vuelta y la reconstrucción de una nueva etapa de la vida se produzcan en circunstancias más sanas y con mayores garantías.
¿Ayuda el paso del tiempo, o cómo aprendemos a integrar esa pérdida en nuestra vida?
El tiempo es una variable importante, pero no por sí misma. Si solo fuera una cuestión de tiempo, estaríamos hablando simplemente de olvidar. Y el duelo no es olvidar. El duelo es un trabajo que implica muchas cosas: sentirnos mal por algo que no nos gusta, sentir dolor por aquello que hemos perdido, recuperar las cosas valiosas de nuestra relación con quien se ha ido, echarlas de menos y, al mismo tiempo, agradecerlas. También supone enfrentarnos a nosotros mismos y comprender qué ha significado esa persona en nuestra vida. Implica hacer las paces con esa ausencia y ser capaces de seguir adelante de la mano de un recuerdo. Por tanto, es un tiempo lleno de tareas psicológicas. No importa únicamente que pase el tiempo, sino lo que hacemos con él.
Si tuvieras que dar tres consejos a cualquier persona que acaba de perder a un ser querido, ¿cuáles serían?
El primero sería: No cercenes tu dolor, permítetelo. No te juzgues y permítete vivir lo que realmente sientes. No te hagas el fuerte ni construyas una máscara para los demás. Da curso a tus emociones. El segundo: no busques recetas. Escúchate a ti mismo y respeta el ritmo que siguen tu dolor y su cicatrización. Olvídate de los consejos, de los deberes que te marcan los demás, de las opiniones e incluso de los libros de autoayuda que pretenden decirte exactamente cómo debe hacerse ese camino. Ese camino lo haces tú y a tu ritmo. Y el tercero, muy importante: mientras recuerdas a la persona que has perdido, no te olvides de ti. Tú no has muerto y tienes que cuidarte. Cuida tu sueño, tu alimentación y tu aspecto. No tienes que parecer un doliente ni castigarte en honor a la persona que ha desaparecido. El dolor lleva su propio curso y se expresa de otras maneras. Cuídate.

















