Silvia Abril es una de las humoristas más prolíficas de la industria, y a sus 55 años pocos palos le quedan ya por tocar, y ha hecho del gamberrismo su profesión, algo que viene de muy atrás. Y es que no se puede entender a la Silvia adulta sin conocer a la Silvia pequeña porque, como ella misma ha reconocido, cree que esto de hacer reír viene por una necesidad imperiosa de pequeña de "llamar la atención". No debe de ser fácil criarse en una casa con otras 3 hermanas, en la que, además, la pequeña tiende a ser el ojito derecho. Ella se dio cuenta de ello enseguida cuando, con dos añitos, llegó al mundo la siguiente hermana, y volvió a darse de bruces con la realidad cuando cumplió los 16, cuando llegó la cuarta y última: "Los celos son lo más chungo, porque te sientes una real mierda", admitió en una entrevista en el podcast. 'El sentido de la birra'. Ahora, con la madurez, su relación con sus hermanas es estupenda, pero la niñez y la adolescencia siempre son etapas complicadas, en las que una intenta 'ubicarse' como puede entre tanta gente mientras gestiona emociones nuevas. Pero la vida de Silvia no han sido todo risas, y prueba de ello es que también tuvo un trastorno alimenticio que, como ella dice, 'sufrió en silencio': "Tomé conciencia de la enfermedad que estaba sufriendo y que solo estaba en mis manos", explicó en otra entrevista.
La relación de Silvia Abril con sus padres: "Trabajaban muchísimo"
Silvia siempre fue una niña con una infancia feliz, y a la que no le faltó de nada. Admite que no recuerda muchas cosas de la niñez, pero sí que muchos de ellos giran en torno a la comida. "En mi casa, mi madre y mi padre trabajaban muchísimo. Mi madre se iba a las 6 de la mañana, pero antes de irse se acercaba a la panadería de Jesusa, la de mi barrio, compraba una barra de pan y nos dejaba los bocadillos preparados. Durante mi infancia he comido muy poca bollería industrial, por no decir ninguna. En la adolescencia ya entra otra batalla, pero me he criado en una casa en la que cocinaba básicamente mi abuela", contó en el podcast 'Zapato Feroz'.
"Mi madre hacía los bocadillos de por la mañana y a veces, cuando podía, hacía la cena, pero la que hacía la comida potente era mi abuela", añadía. Y gracias a ella, aprendió a comer de todo: "Mi abuela aprendió a cocinar por necesidad. Venía de Murcia, cocinaba muy vinculada a la tierra y a la climatología, y el día que llovía, por ejemplo, sabías que ese día se comían migas; probablemente con sardinas. Eran espectaculares. Los jueves siempre, lloviera o no, hacía arroz. Comíamos mucho plato de cuchara, mucha lenteja, mucha acelga con garbanzos, mucha carne estofada; era mucho de estofar la carne, el hígado con cebolla, cerebros... se comían muchas vísceras. Para mí eran un manjar, aunque es macabro si lo piensas, las cabezas de cordero abiertas por la mitad y al horno con aceite, pimienta y sal. No las he vuelto a comer, pero creo que iba unida la comida batallera, de subsistencia, de poco coste, con el arte que tenía mi abuela", recordó.
El trastorno alimenticio de Silvia Abril
Silvia siempre fue una chica de buen comer, pero alrededor de los 20 años, un poco de sobrepeso y una profesora de interpretación con muy 'mala uva' fueron el detonante de un trastorno alimenticio al que, por suerte, puso remedio en seguida. "Yo sufrí un episodio de bullying. Yo era una niña con un poco de sobrepeso, y una profesora que tenía de interpretación, ya teniendo yo 20 ó 21 años, me dijo: 'Si sigues así de gorda, nunca serás actriz'. Y ahí yo desarrollé un trastorno de la alimentación", desveló en 'Zapato feroz'. Sin embargo, la forma de su trastorno no se tradujo en anorexia o bulimia, sino todo lo contrario: "Fui comedora compulsiva. Comía hasta hartarme para castigarme. Me podía sentar en la puerta de una pastelería, y estar entrando y saliendo durante una hora engullendo dulces. Nadie lo supo jamás", afirmó.
Precisamente, su buena relación con la comida de niña le sirvió de base para darse cuenta de que lo que ocurría no estaba bien, y ella sola salió de aquella vorágine: "Yo ya vivía sola en Barcelona y nadie se enteró. Lo sufrí en silencio. Y luego yo me daba cuenta de lo mal que me sentaba, lo mal que me sentía, de que no era normal... Yo misma me puse a investigar, porque me encontraba mal, gané muchísimo más peso, me puse fatal... y encontré un grupo de terapia de comedores compulsivos. Me entregué, fui solita. Dije: 'Tengo un problema con la comida y quiero que esto se acabe', y estuve yendo meses y meses hasta que lo superé. Fue un punto de inflexión en mi vida. Tomé conciencia de la enfermedad que estaba sufriendo y que solo estaba en mis manos, que alimentarse y nutrirse era otra cosa, y ahí fue donde empezó mi interés por la comida y alimentarme bien".
La relación de Silvia Abril con sus hermanas: entre celos, rabia y peleas de infancia
Silvia es una mujer bastante discreta con su vida familiar, pero de vez en cuando no duda en hablar de su relación con Andreu Buenafuente, de sus padres o de sus hermanas, y a estas últimas las mencionó en una entrevista en el podcast 'El sentido de la birra': "Somos 4 hermanas, 4 chicas. Fui una niña celosa de mi hermana pequeña. Le he hecho de todo a la pobre. Tenemos que zanjar tantas cuentas... de la mayor no, porque la mayor es tan sensible, tan buena persona... Era como difícil hacerle nada, pero a la pequeña...", contó entre divertida y avergonzada por lo que le hizo pasar.
Años después llegó otra hermana, pero le pilló en otra etapa: "Luego ya vino la cuarta, pero cuando yo ya tenía 16 años, y entonces ya hubo hostias en casa por ver quién le daba el biberón y esas cosas. Nosotras ya teníamos 18, 16 y 14 años, entonces la cuarta fue un bebé muy deseado para nosotras... aunque muy poco deseado para mi madre", apostilló. Ahora su relación con ellas es espléndida, pero creciendo juntas no lo fue tanto: "Mi hermana pequeña siempre dice que tiene 4 madres, porque, cuando fue consciente, siempre pudo recurrir a las cuatro. De hecho, vivió conmigo una época cuando ella tenía 10 años. Pero yo me pasé la infancia sufriendo celos. Los celos son lo más chungo, porque te sientes una real mierda", afirmó.
Sus inicios en el humor por los celos hacia su hermana pequeña
Esos celos que sentía por su hermana pequeña le llevaron a dos cosas: a intentar hacerle la vida imposible todo lo que pudiera, y a tratar de llamar la atención de sus padres a través del humor, algo que le funcionó tan bien que consiguió vivir de ello. "Me acuerdo de pocas cosas de mi infancia, pero sí recuerdo una serie que protagonizaba Silvia Munt que se llamaba 'La Colometa', y cuando la daban, el fin de semana, mi padre gritaba '¡Ven aquí, 'colometa', que empieza!'... y se refería a mi hermana pequeña. Yo me metía detrás de la puerta de mi habitación y lloraba esperando a que alguien me echara de menos y viniera a por mí. Cosa que nunca se producía; mi hermana y yo dormíamos juntas, pero yo iba a por ella y hasta le robaba cosas. No era nada pacífica la relación. Ahora sí, pero yo crecí sintiendo mucha rabia, llamando la atención... y fíjate que lo de la risa, hacer el payaso... creo que era por eso, por llamar la atención. Yo vi que me funcionaba y ahí me instalé", explicó en 'El sentido de la birra'.
Silvia Abril: "De las tres hermanas mayores, con las que más conviví, yo encima era un poco el patito feo"
Crecer con dos hermanas ya lo llevó mal, pero el hecho de no ser la más agraciada, según contó ella misma, fue aún peor: "De las tres hermanas mayores, con las que más conviví, yo encima era un poco el patito feo. Ellas son monísimas, y yo iba como un niño. Me decían 'parto equivocado' algunos de mi familia. Recuerdo que los fines de semana íbamos a una casa en la montaña y yo iba con mi perra, Tula; una caña; pantalón corto; pelo corto... ves fotos de mi infancia y parezco un niño. A mí me llegaron a echar de unos lavabos de chicas pensando que era un niño. Entonces tuve que 'conquistar' mucho territorio para que alguien me hiciera caso".
Los accidentes de Silvia Abril en su niñez: de su paso por el hospital a su atropello
Silvia no esconde que de pequeña era una niña muy bruta, y eso le pasó factura en varias ocasiones, y hasta con secuelas que duran hasta el día de hoy. "Tengo un dedo 'tarado', el dedo gordo de la mano izquierda, porque de pequeña, en la casa de Dosrius (donde solían pasar los fines de semana), había un balancín plegable. Y yo iba siempre al límite", empezó contando. "Me decían: 'Silvia, te vas a caer'. Pero yo iba siempre retando a todo lo que me decían, y me pegué una hostia que me quedé inconsciente. Me tuvieron que llevar al hospital. Tengo un anecdotario de pequeños accidentes que, por suerte, no me han costado la vida, pero he puesto al límite a mis padres y a todos. Cuando íbamos al pueblo, recuerdo que mi padre se iba a ver a una tía, y todos íbamos corriendo al lado del coche, con tan mala suerte que una vez me caí y me pasó el coche por encima, y mi padre dio marcha atrás y me volvió a pasar por el pie... y estas cosas, que pasan por ser una niña traviesa y que lo lleva todo al límite, me las he llevado a la adolescencia y a la adultez", admitió.
El humor le pasó factura en su colegio de monjas
Cualquiera que haya ido a un colegio de monjas, especialmente en los años 70 y 80, sabe que las hermanas no se andan con tonterías, y su rectitud era tal que a Silvia, que estudió en uno, le costó ser castigada y expulsada muchas veces por hacer reír a sus compañeros: "En el colegio, lo del humor me funcionaba superbién, pero me castigaban mucho, porque yo quería llamar la atención. Y yo iba a un colegio de monjas, entonces eso estaba prohibidísimo. Me castigaban de cara a la pared, y con el polvo de la tiza me pintaba la cara y ponía caras. Me dedicaba a hacer el moñas para llamar la atención, así que me expulsaban de la clase. Mi madre también es muy payasa, entonces, en el fondo, creo que había algo que les hacía gracia, porque las payasadas que yo hacía, eran las que hacía mi madre, y cuando se juntaba mi familia, mi madre acababa encima de la mesa bailando y cantando".
El trastorno obsesivo-compulsivo por el que Silvia Abril se quedó sin cejas de pequeña
En una de sus visitas a 'El Hormiguero', Silvia sorprendió a todos contando la anécdota de por qué hubo una temporada de su niñez en la que se quedó calva de cejas. Y es que empezó a coleccionar pelos de cejas y pestañas por culpa de un 'TOC': "Era un tic que yo tenía cuando era adolescente; me daba un placer profundo estirarme las cejas. Pasé unos años sin cejas, me las arrancaba".
















