"A veces mis compañeros se meten conmigo por ser 'normal'. Es curioso, porque si le preguntaras a mi mujer o incluso a mi madre, dirían que soy lo más lejos que existe de la normalidad". Rodri Hernández acaba de fichar por el Barça y su llegada a Barcelona ha colocado bajo el foco no solo su futuro deportivo, sino también la personalidad de un futbolista que siempre ha huido del molde habitual de estrella. El centrocampista ya ha viajado a la Ciudad Condal para iniciar su nueva etapa azulgrana, después de que el club encarrilara su incorporación procedente del Manchester City.
La operación convierte a Rodri en uno de los grandes nombres del mercado y en nuevo compañero de Lamine Yamal en el Barça. El centrocampista llega después de un verano de máxima exposición, convertido en una referencia absoluta de la selección española y en un fichaje llamado a cambiar el centro del campo azulgrana. Según ha publicado AS, el Barcelona alcanzó un principio de acuerdo con el Manchester City y la intención era poder presentarlo este 18 de agosto coincidiendo con el Trofeo Joan Gamper, si no se demoraba el papeleo.
Hace solo unos días ya contamos la reflexión de Rodri sobre Lamine Yamal y la enorme diferencia entre la vida que llevaba él a su edad y la presión que soporta ahora el joven azulgrana. "Si supiera cómo vivía yo a su edad, le explotaría la cabeza". Pero Rodri no solo interesa por lo que puede aportar sobre el césped. Su fichaje ha reactivado la curiosidad por una figura que combina liderazgo, discreción y una forma muy particular de entender la fama. Frente al futbolista pendiente de las redes, los coches o la ostentación, Rodri ha construido una imagen mucho más terrenal. Aunque él mismo matiza esa etiqueta de "normal".
Rodri Hernández, el fichaje del Barça que no encaja en el molde de estrella
Rodri Hernández habló en 'The Player's Tribune' con humor de cómo sus compañeros del Manchester City se burlaban de él por su forma de vestir, por su manera de hablar inglés y también por esa imagen de chico sencillo que se ha instalado a su alrededor. "Siempre intento decirles a mis compañeros del City: 'yo no hablo inglés, hablo americano'", bromeaba al recordar que no aprendió el idioma en Manchester ni en Londres, sino en un campamento de verano en Connecticut cuando tenía 14 años.
Rodri reconoce que sus compañeros se meten con él por ser "normal", pero también deja claro que esa normalidad tiene muchos matices. "Si soy normal, probablemente sea en el sentido de que no me importan las redes sociales o las zapatillas de 400 libras", explica. De hecho, cuando habla de fútbol, la palabra que utiliza es mucho más fuerte: adicción. "Cuando se trata de fútbol, soy un adicto", reconoce. Para él, el balón no fue nunca una vía hacia los coches caros o la fama, sino una sensación que empezó a perseguir desde niño. "No decía: 'Quiero ser futbolista para tener un Ferrari'. No. Era porque lo que mis héroes hacían en el campo me hacía sentir vivo".
Esa obsesión empezó en su barrio, cuando tenía apenas cinco años. Rodri recuerda una piscina comunitaria, un jardín y unos veranos repetidos con la misma rutina: fútbol, piscina, fútbol, piscina. Volver a casa para comer y después regresar otra vez al agua y al balón. A los 10 años, si jugaba un partido y no rendía bien, podía pasarse un día entero sin hablar con sus padres. "Estaba demasiado enfadado conmigo mismo", cuenta. Esa exigencia no nació de repente cuando llegó al Manchester City ni ahora que aterriza en el Barça. Ya aparecía en su infancia, como el día en que llamó llorando a su padre porque no podía más.
El pacto de Rodri Hernández con sus padres: si quería ser futbolista debía también estudiar en la Universidad
La educación no podía quedar al margen. Rodri explica que hizo un pacto, casi sin necesidad de verbalizarlo, con sus padres. Si quería perseguir su sueño futbolístico, también tenía que ir a la universidad. Por eso, cuando se marchó de Madrid a Villarreal con 17 años, también se matriculó en la Universidad Jaume I. Primero vivió en la residencia de la cantera, pero al cumplir 18 tuvo que buscarse alojamiento. Su madre le dio una idea que marcaría aquellos años: mudarse a una residencia universitaria.
Allí, Rodri llevaba una vida que no encaja del todo con la imagen de un futbolista profesional. Tenía una habitación pequeña, una cama de madera, una mesa de madera y un portátil. "No tenía televisión ni PlayStation. Solo un portátil", recuerda. Por la mañana entrenaba con el Villarreal, por la tarde iba a clase y por la noche convivía con estudiantes que muchas veces ni siquiera sabían que jugaba al fútbol. Los viernes, mientras sus compañeros de residencia preparaban la noche, él aparecía con agua con gas, se quedaba un rato y desaparecía antes de ir al club. Cuando le preguntaban por qué nunca salía, respondía: "Bueno, juego al fútbol. Tengo entrenamiento por la mañana".
En esa residencia universitaria, Rodri también conoció a Laura, su pareja, que estudiaba Medicina. Su historia de amor es otro de los detalles que mejor explican esa vida alejada del tópico de futbolista inaccesible. Ya contamos cómo fue esa relación y por qué a Rodri no le resultó fácil conquistarla, pero en esta entrevista él deja claro que Laura fue clave para mantenerlo con los pies en el suelo. Mientras él vivía las presiones del fútbol, ella tenía las suyas propias y no estaba especialmente impresionada por un empate contra el Celta o por un mal partido. "Ella siempre mantenía mis pies en el suelo", cuenta. Su forma de tranquilizarlo era muy directa: "Calma. Es fútbol".
Esa dinámica continuó en el Manchester City. Durante años mantuvieron una relación a distancia porque ella era médica y él futbolista. Por eso, después de cada partido, ganara o perdiera, Rodri la llamaba por FaceTime. Agüero y Otamendi se reían de él porque lo hacía incluso en los momentos más delicados. Si el equipo ganaba, el ruido del vestuario tapaba la conversación. Pero si perdían, el autobús estaba en silencio y Rodri hablaba sin filtro: "Sí, hoy hemos estado un poco mal, la verdad. Sí, hemos empatado. Estoy cabreado... En fin, ¿qué tal tu día?". Sus compañeros le advertían de que Pep Guardiola y todo el mundo podían escucharle, pero a él no parecía importarle. Otro ejemplo más de la personalidad del futbolista y capitán de la selección española.


















