Sarah Jessica Parker (1965) sabe perfectamente lo que significa que medio mundo opine sobre cómo envejece. Cuando regresó a la piel de Carrie Bradshaw en 2021 en la serie 'And Just Like That...', la secuela de 'Sexo en Nueva York', la actriz recibió numerosas críticas por su físico y, visiblemente molesta, declaró: "Casi sentimos como si la gente no quisiera que estemos perfectamente bien en el lugar en el que estamos. Si elegimos envejecer de forma natural o si haces algo si eso te hace sentir mejor. Sé cómo me veo. ¿Qué voy a hacer al respecto? ¿Dejar de envejecer? ¿Desaparecer?". Por su parte, Meryl Streep (1949) también vive esa presión desde hace tiempo y defiende la importancia de conservar la movilidad y expresividad del rostro. Dos trayectorias diferentes que nos llevan a una misma pregunta: ¿Por qué seguimos interpretando los signos de la edad como una pérdida de belleza? Marco Romeo, cirujano plástico, estético y reconstructivo, especializado en cirugía facial y rejuvenecimiento facial, parte de una premisa clara: "Un rostro que envejece bien debe seguir siendo reconocible, seguir gesticulando y conservar una textura de piel real".
Uno de los principales planteamientos de Marco Romeo es que "durante décadas la industria de la belleza —no la medicina— ha construido un estándar único de referencia, y ese estándar está fijado en un punto muy concreto de la vida: los 20-30 años. Cualquier desviación de ese punto se lee automáticamente como 'deterioro' en vez de como "otra etapa". Y eso es un grave error: confundir belleza con juventud. "Llevo suficientes años viendo rostros de cerca, en consulta y en quirófano, para poder afirmar con seguridad que la belleza no desaparece con los años: cambia de forma", sostiene.
"Envejecer bien no es tener menos arrugas que la media", afirma el cirujano plástico
El experto considera que llevamos décadas usando la juventud como sinónimo de belleza "porque es más fácil de medir —piel tersa, cero arrugas, volúmenes altos— que algo tan complejo como la armonía, la expresividad o el carácter de un rostro". Por eso comparar a Sarah Jessica Parker con la Carrie Bradshaw de hace décadas o a Meryl Streep con sus primeras películas implica medir únicamente lo que el tiempo ha modificado, ignorando todo aquello que el rostro también ha ganado.
Para el cirujano, envejecer no significa únicamente acumular arrugas, sino un rostro que "ha perdido soporte en varias capas a la vez". Según Romeo, se producen al menos cuatro procesos simultáneos: la piel pierde colágeno, elastina y capacidad de hidratación; la grasa facial se redistribuye; el sistema muscular pierde tono y la estructura ósea también experimenta cambios progresivos. Por eso, insiste en que fijarse únicamente en la superficie resulta insuficiente. Otra de las ideas que desmonta el especialista es que "envejecer bien no es tener menos arrugas que la media". Para él, el objetivo está en otra parte: "Que los cambios ocurran de forma armónica y que el rostro siga contando la misma historia de siempre, solo que con más capítulos". Un rostro bien envejecido debería continuar siendo reconocible, expresivo y real.
"Preservar la expresividad es, para mí, tan importante como cualquier objetivo estético", dice Marco Romeo
En el caso de la actriz Meryl Streep, que fue galardonada con el premio Princesa de Asturias de las Artes 2023, su rostro ha envejecido delante de millones de espectadores sin perder aquello que constituye una de sus grandes herramientas como actriz: la capacidad de comunicar con cada gesto. Romeo considera que este aspecto resulta fundamental. "Preservar la expresividad es, para mí, tan importante como cualquier objetivo estético", sostiene. Y añade una idea especialmente relevante cuando hablamos de intérpretes: "La cara es el principal instrumento de comunicación no verbal que tenemos y buena parte de lo que llamamos 'carisma' en un rostro depende de su capacidad de moverse con matices". Streep, además, ha expresado durante años sus reservas ante intervenciones que puedan alterar esa expresividad, afirmando que cuando percibía ese tipo de cambios en otras personas, sentía que se producía una especie de interrupción en la comunicación.
Sarah Jessica Parker, por su parte, habla de las contradicciones. Por un lado, recibe comentarios por mostrar signos de edad, y por el otro, las mujeres que recurren a tratamientos estéticos suelen enfrentarse a críticas por "haberse hecho demasiado". Marco Romeo reconoce exactamente esa presión en consulta. "Es una doble exigencia contradictoria: que no se note el paso del tiempo, pero que tampoco se note que se ha hecho nada al respecto", afirma. Y la define como "una trampa imposible de ganar". La alternativa, explica, debería ser dejar de buscar la aprobación externa y centrarse en que la persona se sienta bien al mirarse.
"Para mí, rejuvenecer bien significa devolver a un rostro el aspecto que tendría si hubiera envejecido de forma óptima", asegura el experto
Romeo tampoco cree que rejuvenecer deba significar intentar recuperar la imagen de una fotografía antigua. "Para mí, rejuvenecer bien significa devolver a un rostro el aspecto que tendría si hubiera envejecido de forma óptima, no el aspecto que tenía hace quince años", explica. La diferencia parece pequeña, pero no lo es porque se trata de buscar ese equilibrio que permite conservar la identidad. Y es que hay rasgos que forman parte de nuestra identidad durante décadas. Una nariz, una mandíbula o una determinada forma de los ojos pueden no responder a proporciones consideradas perfectas y, sin embargo, ser esenciales para reconocernos. "Parte de mi trabajo es distinguir entre lo que se puede mejorar dentro de la identidad de esa cara y lo que, aunque técnicamente sea factible, la desdibujaría. No todo lo que se puede hacer conviene hacerlo", sostiene el experto.
Para el experto, "clínicamente, comparar dos fotografías de momentos distintos de la misma persona como si fueran dos versiones de la misma cara —una 'buena' y otra 'mala'— no tiene mucho sentido. Son dos estados de un mismo proceso vivo", explica. Por eso, cuando una mujer mira una fotografía de hace veinte años y piensa que entonces era guapa y ahora no, el cirujano propone cambiar la manera de observarse. Mirar qué cuenta su rostro actual, qué transmite su expresión y qué historia contienen esas líneas que antes no existían. Porque, como sentencia Romeo, "esa comparación nunca es justa. Se suele pasar por alto la definición que ha ganado en algunas zonas, la seguridad con la que ahora gesticula y el hecho de que la belleza de una fotografía fija de los 25 nunca incluiría lo que su rostro sería capaz de expresar treinta años después".















