Mi abuela siempre ha sido una aficionada del bordado pues, al fin y al cabo, le tenía las manos entretenidas mientras veía la tele. Desde pequeño la recuerdo sentada en su sillón, con una bolsa de trapo llena de hilos de colores colgada del reposabrazos y unas gafas apoyadas al borde de la nariz. Daba igual que fuese 'El secreto de Puente Viejo' o 'Amar en tiempos revueltos' lo que estuviese viendo, sus manos se movían casi por su cuenta, haciendo puntada tras puntada con una precisión que solo dan los años de práctica.
Pero no pasan en balde. Poco a poco, las manos que durante décadas fueron capaces de hacer manteles, colchas o tapetes empezaron a cansarse antes de tiempo. La vista ya no acompañaba igual y aquellos movimientos ágiles se hicieron más lentos, hasta que el bordado dejó de ocupar el mismo hueco en sus tardes. Al final, parecía un recuerdo de otra época: de esas casas en las que, si había algo sobre la mesa, en el sofá o encima de un mueble, había muchas posibilidades de que hubiese salido de las manos de mi abuela... hasta que las encontré en Maisons du Monde.
Mi abuela hacía unas servilletas bordadas iguales
Son de esas piezas que no necesitan hacer demasiado ruido para cambiar una mesa. El color crudo aporta ese punto cálido y natural que combina prácticamente con todo, mientras que el borde de encaje les da un aire romántico y ligeramente vintage. Y lo mejor es que no hace falta tener una vajilla de porcelana heredada ni organizar una cena para doce personas para utilizarlas.
Con una mesa de madera, unos platos sencillos como los de Duralex y un par de servilletas de estas ya tienes una mesa con bastante más personalidad. El set incluye 2 servilletas fabricadas en 100% algodón y son suaves al tacto, absorbentes y tienen ese aspecto de pieza cuidada que hace que una comida normal parezca un poco más especial. Porque tampoco hace falta esperar a Navidad para poner la mesa bonita. El otoño es el momento ideal para empezar.
El encaje aplicado es, probablemente, lo que más llama la atención. Tiene ese punto artesanal y delicado que recuerda a los textiles que había en las casas de nuestras abuelas, pero sin que la mesa parezca sacada directamente de otra época.
De hecho, esa es la gracia: mezclar lo antiguo con lo actual. Puedes ponerlas con una vajilla blanca, con platos de cerámica artesanal, con madera o incluso con una mesa más moderna. Las tienes en tres colores: beige, verde y terracota, tres tonos que darán un toque muy especial y nostálgico a tu mesa.
Otra cosa que agradecemos quienes no hemos heredado la paciencia infinita de nuestras abuelas es que no requieren un ritual especial. Se pueden lavar a 30 grados para mantener el algodón y el encaje en buenas condiciones. Y hay un pequeño truco para que queden especialmente bonitas: plánchalas cuando todavía estén ligeramente húmedas. El algodón se vuelve más manejable y el encaje recupera su forma sin que tengas que pelearte con la plancha durante media hora. Mi abuela probablemente lo habría hecho así sin necesidad de leer ningún consejo de decoración.













