Que Ikea celebre 30 años en España te hace pensar en lo rápido que pasa el tiempo. En realidad, este mayo cumple tres décadas desde su llegada a la península porque en las islas, el gigante sueco aterrizó unos años antes: Gran Canaria (1978), Tenerife (1981) y Mallorca (1992). Su primera tienda en la península fue en Badalona y, con motivo de una fecha tan especial, Ikea recupera algunos de sus muebles más icónicos, entre los que está el sillón Poäng, conocido en mi casa como 'el sillón de mi padre'. Aunque lo hemos intentado, nunca hemos sabido pronunciar el nombre de los muebles de Ikea. De hecho, mi madre siempre que va a alguna tienda e intenta leer la etiqueta acaba desistiendo por miedo a estar soltando un improperio en sueco. Y no es la única. Durante años circuló esa especie de leyenda urbana sobre los nombres imposibles de Ikea, aunque la propia marca desmintió esa teoría hace tiempo: su fundador, Ingvar Kamprad, tenía dislexia y, al tener problemas para recordar las referencias numéricas de los productos, decidió poner nombres a los productos inspirándose en cosas cotidianas —nombres de personas o lugares— para hacerlos más fáciles de identificar.
En mi casa no hemos necesitado aprender los nombres de los muebles porque acabamos llamándolos a nuestra manera y si el sillón Poäng, el primer mueble de Ikea que tuvimos en casa, es el 'sillón de mi padre', la estantería Billy es "la blanca" y la mesa Lack, es la de los niños. Y con eso basta. Lleva años en el mismo sitio del salón y este mes de mayo, que Ikea celebra 30 años en la España peninsular, que no hace falta saber cómo se llama un mueble para que forme parte de tu vida.
El 'sillón de mi padre' —que a mi casa llegó en 2004 cuando Ikea abrió su primer centro en Sevilla— es el sitio favorito de mis hijos cuando no está sentado el abuelo, como antes lo fue de mi hermano y mío. Es cómodo, flexible y uno de los icónicos muebles de la firma escandinava. Ese sillón siempre ha tenido algo especial y hace unos días me enteré que en Suecia se lanzó en 1992, el mismo año que aquí todos recordamos por las Olimpiadas de Barcelona o la Expo de Sevilla.
Ikea celebra 30 años en España y este sillón icónico sigue triunfando
Cuando me independicé y me tocó amueblar mi piso, no dudé ni un segundo en comprar este sillón. Por comodidad, por precio (89 euros), porque combina con todo, pero también, en buena parte, para que cuando mi padre viniese de visita se sintiese como en casa. Luego llegaron otros muebles y organizadores, como con los que he conseguido multiplicar el espacio en mi cuarto de baño. El sillón Poäng, o conocido en mi familia como 'el sillón de mi padre' es uno de esos muebles cuyo diseño no pasa de moda.
Tiene una estructura de madera curvada de abedul, ligera pero resistente y flexible (doy fé de ello que he visto como mis hijos lo han usado a modo de balancín y sigue intacto). Además, el respaldo alto recoge bien la espalda y el cuello, algo que se agradece cuando te sientas a leer o a ver la tele. Yo lo tengo en el salón pero también estuvo un tiempo en mi dormitorio: su estructura es perfecta para echarte una siesta e incluso para dormir a los bebés. Y, aunque sigo sin saber cómo se pronuncia, para mí no es el Poäng es, y será siempre, el sillón de mi padre.














